Tras la partida de Cordera, la banda consolidó su nueva versión con cinco fechas en el país del norte
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El Distrito Federal hace que los porteños sintamos algo parecido a la humildad. Sus ocho millones de habitantes, avenidas de hasta cuatro carriles, autopistas que se enciman y aviones que cruzan cual colectivos de línea hablan de que la masividad pasa por acá.
Algo de esa escala seduce a Bersuit, en plena gira de descongelamiento tras la partida de Gustavo Cordera. México es el país que mejor trata a la banda de La Quiaca para arriba, y por eso programó un raid de cinco fechas que arrancó en Cuernavaca y siguió anoche en El Plaza, una venue más alta que ancha, algo así como un tercio de Obras con tres veces más acústica. Está en Condesa, un distrito recoleto con bares de alta gama y chicos que vinieron a ver qué onda esto sin Cordera. Los del marketing callejero ya lo entendieron: hay pulseritas albicelestes, camisetas de la Selección que tienen el "BV" donde suele decir "AFA" y remeras de un Pelado que ya no es el Pelado, sino un despistado Homero bersuitero.
Las 1.500 personas que llenan El Plaza están bien representadas en un par de defensores de la causa. Cristopher tiene 20 años y los sigue desde hace cinco porque son una banda "legendaria, muy pegadera, que aunque no esté el Pelado sigue siendo Bersuit". De hecho, algunos temas nuevos ("La serpiente", "La revuelta") los hace sentir más cerca, por el aire a folklore mexicano. Laura tiene 23 y cuenta que tuvo que correr para tomar el metro… y llegar cinco horas antes. Ana hizo una bandera que dice "Yo quiero Subirá bailar" y se queja de que los de seguridad la discriminaron "por grandota" cuando quiso trepar al escenario de "La petisita culona".
Bersuit lleva casi 30 shows en México, donde vendió 37 mil copias de Libertinaje, el disco de la proyección continental. Cosechó una base de seguidores que, al menos acá, no se amedrentó ante la salida de Cordera. Al momento de la llegada en una van que sortea con heroísmo el tránsito suicida, el vocalista Dani Suárez exhibe su alegría cinética, Juan Subirá valora la participación de Vicentico y Calamaro en La revuelta, el disco que rompió con un silencio de cinco años, y Carlitos Martín pela viveza criolla ante las cámaras de la tele argentina. Se encuentran con el Cóndor Sbarbatti, que ya se ocupó de la primera prueba de sonido con los técnicos. La prueba formal se hace con los temas nuevos. Cuando la luz de los focos rojos se mezcla con la melodía delicada de "Así es" (¿potencial crossover latino?) se enciende el primer momento de magia en la noche. Plomos y sonidistas se acercan para el momento de comunión.
Antes de escena, y con los pijamas puestos, la Bersuit se baja media botella de whisky etiqueta negra, un par de cervezas, algún Red Bull y está lista para el ruedo. Suben ocho músicos: el septeto sin Cordera y sin Tito Verenzuela, que se bajó de la gira por problemas personales. En la víspera de su cumpleaños, este show es para él. Lo reemplazan Martín Pomares (tercera guitarra habitual) y Nano Campoliete (acústicas y coros).
La salida es una apuesta: el show de dos horas y 26 temas arranca con "Cambiar el alma". Prueba inicial superada: más de la mitad del público salta y canta toda la letra. Habrá seis temas más del disco nuevo, aunque todos estallan con la local "Va por Chapultepec" y la historia del loser que se encuentra con una chava después de revolear lazos y boleadoras. "Negra murguera" es otro punto alto, con toda la estancia cantando con Subirá. Otra conexión local, "Perro amor explota", también activa el gen común y el pogo importado. "Un pacto" y "Esperando el impacto" reavivan la nostalgia pos Cordera, pero la banda se hace cargo y actualiza el legado.
En la "La petisita culona" se arenga por la subida de 6,7,8 ídems, y las chicas bailan felices alrededor de los hombres de pijama. Una hace trompita, la otra se fotografía en el baile con los cantantes. Ana está feliz: fue su debut escénico. "La argentinidad al palo" incendia la guitarra de Oski Righi y muestra a los mexicanos (con camisetas de River, de Boca y de Messi) clamando por nuestros vicios.
Antes de los bises, la seguidilla indestructible: "Yo tomo", "Se viene" y "La bolsa", con Dani, Cóndor y Carlos dejando la última gota de sudor sobre los platillos. Mientras suena "Mi caramelo", el baterista confiesa al costado que venían resistiendo a tocarla, pero el público lo pedía. Ahí está Dani cantándolo, y prepara todo para la última explosión. Con "Sr. Cobranza", el "¡todos narcos!" se potencia en boca del público local. Bailan hasta los de las mesitas y los plasmas del super pullman.
Al menos hasta el 2 de junio, cuando midan fuerzas con el pasado en Luna Park, este fue uno de los grandes shows de los 70 que llevan en la nueva etapa. Pepe Céspedes cuenta que cuando no está en esta tierra, que conoce desde hace 12 años, extraña todo: la comida, la gente, los colores. No importa que toquen en el peor tugurio o en el Palacio de los Deportes ante decenas de miles. Al final, la foto siempre les sale linda. "Es un lugar bárbaro", dice el bajista. "Ojalá estuviera más cerca".
Por Pablo Corso
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