Catalina Briski: su nueva vida en una isla del Tigre, la relación con su padre y el proyecto que la unió a Vera Spinetta
La joven actriz y bailarina habló con LA NACION sobre su nuevo proyecto artístico y cómo vive ser “la hija de”
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Son recién las ocho de la mañana, pero Catalina Briski está despierta desde hace rato: le preparó el desayuno a su hija Jacinta y “la embarcó”, ya que desde hace un tiempo vive en una isla en el Tigre. “Todavía no me considero isleña”, aclara. La hija de Norman Briski y de la actriz Laura Melillo se hizo un camino en el mundo artístico más allá de su papá, aunque cuenta con el privilegio de tener sus consejos.

Actualmente dirige y protagoniza la obra Antes Muerta, con Vera Spinetta, su amiga desde la adolescencia. Contrario a lo que podría creerse, ellas no se conocieron a través de sus padres aunque cree que el hecho de vivir en una familia de artistas y ser ambas “la hija de...” las unió. En diálogo con LA NACIÓN, habló de su relación con su padre y lo definió como “un abuelo amoroso”, de la vida en Tigre y la maternidad.

—¿Cómo surgió la idea de Antes muerta?
—Derivó de un proyecto pedagógico de danza y teatro que hago que consiste en improvisar yendo de un cuerpo vivo a uno muerto desconociendo las formas de moverse y que el estudiante arme un camino nuevo y se me ocurrió hacerlo desde un lugar más artificial, como puede ser un maniquí. Fue alucinante y pensé que en algún momento debería llevarlo al escenario.
—¿Ya te conocías con Vera Spinetta?
—Desde muy chicas, quería probar con alguien más actoral, no tanto de la danza y que podamos estar en un tono más absurdo, estos dos maniquíes que cobran vida y fracasan en su intento de ser humanos, en lo de pertenecer al mundo, aprender, fracasar y llegar al punto de que no tienen historia, no tienen mamá. Es una premisa muy simple, pero que habla de la vida y ahí se llena de capas y complejidades.
—Desde lo físico, ¿es exigido?
—Sí, la quietud es difícil y siempre están descaderados los maniquíes. Hicimos la gráfica con ocho capas de crema, un maquillaje que tardó una hora en hacerse y que te tensa la piel, una preparación que nos dio la experiencia de lo que era.
—¿Con Vera se conocían a través de sus padres?
—No. Íbamos a colegios vecinos y tipo a los 15 años nos acercamos, justo cuando uno se replantea qué nos pasa con ser hijas de... no sé si estaba hablado así, pero se dio. Para los demás es la rareza, pero para nosotras era ser hijas de personas que cuestionaron al mundo, no desde lo cholulo. Nunca habíamos trabajado juntas y nos tentamos mucho.
—¿Cómo es la respuesta del público?
—Nos está yendo bien, pero es muy justo todo, siento que en otro contexto tal vez llenaríamos. Es frustrante porque no hubo economía a la hora de producir o de hacer el vestuario; hemos dejado todo. Hay que darle larga vida a las cosas para que toquen mejores escenarios.
Un camino propio

—Venís de familia de artistas, pero al principio esquivaste un poco la actuación, ¿no? ¿Te definís como bailarina?
—Hice una curva que pudo haber tenido que ver con reconocerse fuera de la familia. Mi mamá también es actriz (Laura Melillo) y disfruté mucho la infancia en camarines, en el Cervantes cuando ella era titiritera de Cara de Barro y en el Caliban (el teatro de su padre), pero quise armar mi camino buscando una identidad. Me fui a Francia y tomé clases de danza y teatro, allá era una chica argentina y cuando me reconocieron y aplaudieron era por mi trabajo. A veces cuesta aplaudir al “hijo de...”. Hay una mirada de desconfianza o suposición: “llegó la hija de Norman”. Para mí la daza y el teatro están siempre unidos.
—¿Tu papá sigue tu carrera?
—Sí, él los jueves tiene un seminario, pero va a tratar de venir, ha estado en ensayos, tenemos una relación muy tierna. Estoy agradecida porque tengo 36 años, están vivos los dos y son abuelos amorosos. Siempre que viene hay devoluciones y entiende mi lenguaje, está desde un rol muy generoso. Son charlas muy lindas y es un privilegio porque es alguien con 60 años en escena.
—¿Cómo era cuando vos eras chica y cómo es hoy con tu hija de dos años?
—Es como un poeta y ahora que soy mamá pienso en muchos juegos que hice con él y ahora se sienta a jugar con mi hija. Él tiene una capacidad de juego y curiosidad increíble. Me acuerdo de que me gustaban las sirenas y él nos diseñaba colas, muy de acompañar los deseos y de incentivar el entusiasmo. Cuando sos mamá te cambia la cabeza.

—Son muchos hermanos, ¿todos siguieron los pasos de tu papá?
—Mi hermana Olinda es veterinaria y trabaja en el Conicet; Gastón (hijo de Norman) es diseñador, él me llevó a ver Cats y me obsesioné, tengo otra hermana, Lola que es hija de mi mamá a la que le llevo once años y le gusta el sonido y el cine, y las mellizas de mi papá, Galatea y Sibelina de diez años, con ellas no nos vemos tanto porque estoy medio lejos y la maternidad me demanda, hemos compartido vacaciones y fue hermoso. Son un amor.
Mudanza y maternidad
—Estás viviendo en una isla en Tigre, ¿es un cambio de vida importante?
—Sí, voy mucho a la ciudad, pero decidí criar cerca del verde. Viví en Villa Crespo, Paternal, Recoleta, Flores... Después de la pandemia me agarró medio una crisis y esto de vivir tan amontonados, contagiarnos, ver la ciudad vacía. Empecé a viajar al litoral, hubo mucho río en mi infancia y me reencontré con un viejo amor y empecé a hacer vida de mitad de semana trabajar allá y mitad acá. Después apareció la maternidad, yo siempre quise ser mamá...
—Muchos cambios en pocos años.
—Sí, lo sigo elaborando porque fueron muchas cosas. Yo no me asumo isleña, pero es verdad que para esta etapa de Jacinta y como está el mundo, reafirmo esto de tener una casa con río y mirar el horizonte. Aunque la logística es un bardo, no hay que idealizar, mi cuerpo está mucho más implicado, camino con Jachi a upa, hay barro... Pero es lo que quiero y hay algo del consumo en la ciudad que no me gusta. Es una balanza constante en la que estoy de un lado y del otro, todo el tiempo. Estamos hablando y estoy mirando el reflejo de los árboles en el río, lo reafirmo porque uno se acostumbra. Voy a Monserrat y se me empieza a fruncir el ceño.
—¿Cómo te cambió la maternidad?
—Es todo doble: te destruye y te llena de amor, te regala una conexión con la vida de la forma más pura que se puede, me siento enamorada y no puedo creer cómo se puede amar tanto a alguien: desde lo sensible y el abrazo y su olor hasta verla cómo observa el mundo y arma frases. Es fascinante y agotador. También hay mucha soledad porque la gente no está teniendo hijos, mi entorno eligió no maternar y paternar, entonces hay muchos espacios en los que no sentí paridad.
—En ese sentido también debe estar bueno compartir maternidad con tu compañera de elenco.
—Sí, muy necesario. Sus hijos han venido y lo disfrutan.
—Tu hija es muy chiquita todavía, pero ¿le gusta lo artístico?
—En mayo cumple tres. Es chica, pero le encanta bailar. Nació mirando todo igual, su padre es carpintero y ella quiere arreglar todo.

—¿Cómo sigue el año?
—Todos los jueves de abril con Antes muerta en el Iclán, estamos viendo de hacerla en otros lugares, hay teatros, pero aún no está nada cerrado. Estoy dando clases de danza en el Caliban y hago trabajos de gestión cultural acompañando proyectos artísticos, pero mi idea es mover la obra. La verdad es que no hay trabajo, es muy autogestivo todo.
Para agendar
Antes Muerta se puede ver todos los jueves de abril, a las 21, en el teatro Planta Inclán (Inclán 2661).
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