Antes de sus shows en la Argentina, el cantante británico promete disco nuevo, lamenta que el legado de Nirvana se esté debilitando y reniega de la pose hipster
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Se cargó al hombro el rock duro y pelilargo en años de sintetizadores y cutis pálidos. Armó su banda cada vez que quedó sin pilas y la volvió a armar cuando sintió que tenía algo nuevo que decirle al mundo. Cumplió su sueño de juventud y encarnó a su venerado Jim Morrison en la aventura The Doors 21st Century. Y ahora, al frente del enésimo avatar de The Cult (con John Tempesta en batería, Chris Wyse en bajo y -lógicamente- Billy Duffy en guitarra), Ian Astbury vuelve a la Argentina para presentarse en el Estadio Malvinas Argentinas el 10 de mayo, en el Teatro Colegiales al día siguiente y -por primera vez- en Córdoba, Mendoza y Rosario. Con él hablamos sobre pasados de gloria, críticos desorientados, fútbol, sets con sorpresas y poses posmodernas.
¿Por qué desorientaban tanto a los críticos en los 80? Hasta les llegaron a decir que hacían "punk positivo"...
Sí, me acuerdo de eso. Los críticos ya no son tan importantes, porque es muy fácil hacerse una opinión propia, no necesitan que nadie le diga qué es bueno o qué es malo. Han dicho todo tipo de cosas sobre nosotros, pero acá estamos, todavía tocando, en un punto alto de creatividad, con relevancia y descubriendo qué significa ser una banda de rock en el siglo XXI.
The Cult se separó varias veces, y siempre volvió. ¿Qué encontrás en la banda que no encontrás en otros proyectos?
The Cult es mi criatura, así que más que separarnos, entramos en períodos de inactividad. Las veces que dejé The Cult fue porque sentía que no había nada que hacer y tenía que reunir nuevas experiencias en mi vida. Viajé, visité muchas ciudades, hice música diferente. Y la idea es, después, incorporar estas experiencias a la banda. La relación principal es con Billy, con su estilo único y con la química que tenemos. A veces intentamos cosas y no funcionan, y a veces no intentamos nada... y hacemos el gol. Nos gusta mucho el fútbol... ¿Viste que hasta los grandes jugadores fallan? Es porque tienen que intentar. Y no es fácil, no hay manual. Hay muy pocos artistas con carreras perfectas. Hay legados que parecía que vivirían para siempre y se están debilitando por malas decisiones, como los de los Sex Pistols o Nirvana. Y por el otro lado... nadie habló de Joy Division durante veinte años, y ahora son importantes por la película Control, que se los presentó a una generación entera. Lo mismo pasó con The Doors: durante diez años nadie habló de los Doors, hasta que salió la película y se usó "The End" al final de Apocalypse Now. Quizás en diez años veamos lo mismo con Guns N’ Roses.
Todo depende de las decisiones que se tomen sobre ese legado...
Claro. Hay artistas que siguen tocando sólo para pagar el alquiler, como si fuera un trabajo. Y hay pocos artistas que se guían por las ganas de crear. Ahora con The Cult estamos en el estudio, componiendo, y ya tenemos 25 canciones nuevas, todas muy fuertes. También tengo una nueva colaboración con U.N.K.L.E a punto de salir. Tengo dos películas en proceso de producción en este momento. Pero cantar en The Cult es muy especial para mí: no voy a explotar eso nunca, respeto mucho a la audiencia. El set que hacemos ahora es muy interesante porque lo cambiamos: antes tocábamos quince canciones y ahora lo ampliamos a 21. Sacamos algunas, agregamos otras... en los shows argentinos va a haber sorpresas...
¿Cómo explicás la relación tan cercana que tenés con el público local?
Creo que tiene que ver con el hecho de que The Cult haya ido a la Argentina cuando todavía el país estaba muy fresco, muy renovado, poco después de que la dictadura cayera; así conectamos con la gente de allá. La música que tocábamos estaba muy en armonía con el espíritu de la época.
Te leí diciendo que te molestaban los hipsters blanditos. ¿Es tiempo de que los hombres sean hombres?
No, creo que es importante estar en contacto con el lado femenino y la sensibilidad. Lo que digo es que, por ejemplo, en Estados Unidos hay tiendas con ropa, zapatos, libros, música y demás, en las que entrás siendo un tipo normal, un empleado bancario, y salís convertido en un tipo cool que pertenece a una determinada escena musical. Pasa que, de repente, hay tanta cantidad de gente que se dice artista, gente que dice "soy escritor", "soy pintor", "soy músico", y después ves su trabajo y es horrible, no tiene sustancia, apunta sólo a la gratificación instantánea. De eso estoy en contra: de esta cultura de gratificación instantánea que, además, no se hace cargo de nada. No podés decir "no me importa la política, yo sólo escucho música nueva oscura". No podés no tener responsabilidad por el lugar en el que vivís: el mundo está en llamas en este momento. Creo que si realmente te metés en esos entornos podés crear trabajo importante, pero no es para cualquiera. Ahora todos son cineastas, escritores… pero para eso te tenés que bajar del auto y caminar.
¿Pensás que el rock, como contracultura, está haciendo algo contra esta pauperización musical?
Yo voy a hablar por mí: lo que yo hago es vivir las experiencias y producir trabajo. Hay demasiada gente hablando y muy poca haciendo. Un montón de jeans chupines pero, al final, poca sustancia. Yo viví muchas vidas y las apliqué todas a mi música. Estoy en un momento en el que soy joven para actuar pero tengo la suficiente experiencia para darme cuenta cuando algo suena para la mierda. Cuando sos chico te subís al escenario y hacés ruido: ahora las canciones se desarrollan más, y notás que algunas veces, lo más intenso que podés hacer es quedarte quieto, que no tenés que correr por todo el escenario como si fueras un pollo decapitado todo el tiempo...
Salvo que seas Iggy Pop...
Sí, claro, sé que es un estilo, pero es como ser jugador de fútbol y tener un solo movimiento: te la van a sacar seguro. A veces tenés que parar la pelota, ponerla contra el piso y mirar alrededor: eso hace todo esto interesante.
Por Diego Mancusi
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