En un rincón de las sierras cordobesas, con bandas locales e internacionales, La Renga celebró con el Festival de la Huella Invisible sus primeros veinte años. Al final, hubo una extensa zapada en homenaje a Pappo. Crónica y galería de fotos.
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"Pero estaremos juntos hasta el amanecer…", cantaba Gustavo "Chizzo" Nápoli a las cuatro de la madrugada del domingo 25, en la zapada que cerró el Festival de la Huella Invisible, organizado por La Renga en el Aeródromo de Punilla, en Córdobal, para celebrar su vigésimo aniversario. Y ese fragmento de "El tren de las 16", de Pappo’s Blues, auguraba algo más que la noche de pasión que promete la canción. Parecía, también, el augurio de la continuidad ad eternum de la jam rocanrolera que el Tete, bajista del grupo de Mataderos, pretendía extender, al menos, hasta que el sol asomara entre las sierras. Sin embargo, la inminencia de la tormenta le puso un fin abrupto a la maratón rockera que había empezado a las seis de la tarde del día anterior.
Con una escenografía natural imponente, el Festival de la Huella Invisible convocó a unas veinte mil personas (cifra oficial, algunos medios locales aseguraban que la convocatoria se elevaba a treinta y cinco mil), que coparon la localidad cordobesa de Santa María de Punilla (a cinco kilómetros de Cosquín) y también zonas aledañas, y que provocaron el colapso del tráfico de la zona. Es que el aluvión renguero coincidió con el festival folclórico de Cosquín, que el sábado celebraba su segunda luna y el clásico desfile de gauchos a caballo.
Ya desde el mediodía, grupos de fanáticos llegados de todo el país (y en algunos casos desde el extranjero) compartían "la previa": asado, guitarreada y otros elixires rocanroleros, a la vera del río. Incluso Uva Chinche, un grupo de Sarandí, armó equipos y le puso música a la espera. Entre puestos de choripán, fernet al paso y merchandising, decenas de banderas le ponían color al rutilante marco natural.
Era la primera vez que el Aeródromo de Punilla se utilizaba para un festival de rock. Rodeado por las sierras, el predio está dentro de una colonia que incluye un hospital neuropsiquiátrico (una causalidad que se condice con el imaginario que el grupo de Mataderos revisita en sus canciones) y un viejo leprosario abandonado. Entre puestos de merchandising oficial de la cadena Locuras, venta de bebidas y hamburguesas y una kermese con toro mecánico incluído, se destacaba la carpa de la U.M.I. (Unión de Músicos Independientes) que distribuía la revista Unísono, difundía las últimas novedades con respecto a la Ley Nacional de la Música ( www.musicosconvocados.com ) y la lucha por la expropiación de la fábrica de cerámicas Zanón ( www.obrerosdezanon.com.ar ). Como es habitual, ningún tipo de sponsor contaminaba la escenografía montada en los tres escenarios donde transcurrió la velada.
Con el Tete movedizo y disfrutando de cada uno de los shows al costado del escenario, Lovorne, el grupo de Luciano Napolitano, abrió el festival, todavía al rayo del sol, pasadas las seis de la tarde. El legendario Edelmiro Molinari le puso color (humano) a su presentación, que comenzó con un tema de Pappo ("Adónde está la libertad") y que incluyó un set de bombos legüeros (además del benemérito baterista Sebastián Peyceré, se destacó la presencia del ex Divididos Jorge Araujo). Con una sincronicación asombrosa, se sucedieron los cambios de escenario, Mad aportó su cuota de rock pesado y algunas versiones de AC/DC; Koma, desde España, mezcló riffs potentes con un tango que hablaba de hachís y que incluyó una cita de "No llores por mí, Argentina"; los Violadores ofrecieron su set de música ardorosa para gente revoltosa, con "Represión" y "Violadores de la ley" a la cabeza y con una versión de "Clandestino", de Manu Chao, entre el reggae original y el punk seminal del grupo de Pil Trafa, que en el crepúsculo encontró una iluminación (natural) colosal.
"Korneta no se murió, Korneta no se murió, está tocando con Pappo, la puta madre que lo parió", cantaba el pueblo rengo, y esa fue la recepción para Los Gardelitos, que en el escenario central mostraron una veta más bien pop, con un sonido que por momentos recuerda a los Abuelos de la Nada y otros grupos de los tempranos 80. Eli Suarez, con elegancia arrabalera, se muestra afianzado la posición de frontman que heredó luego de la desaparición de su padre, Korneta.
Cada vez más compenetrado con el público argentino (hicieron el blues "Víctimas inocentes de Cromañón"), El Tri llegó desde las tierras del tequila a la República del Fernet para adherir a la celebración del grupo que les abrió las puertas de acá, cuando incluyó un cover de "Triste canción de amor" en A dónde me lleva la vida (1994). Alex Lora desplegó su carisma habitual, conmovido por la respuesta del público y, también, por el marco del festival.
Casi sin demoras, La Renga salió a escena y desplegó un show que incluyo cuatro pantallas (dos en cada uno de los escenarios secundarios) y otras dos, de leds, que rodeaban el escenario principal. En consonancia con la efeméride, Chizzo, Tete, Tanque y Manu Varela, volvieron a transitar ese caminito al costado del mundo que comenzaron a trazar hace 20 años y que se solidifica en un repertorio de himnos que se cantan con devoción: los ojos cerrados mirando al cielo y las venas hinchadas de tanto rock & roll. "Si la montaña no viene a nosotros, nosotros venimos para acá". La frase del Chizzo no sólo funciona como humorada. Parecen, más bien, las palabras de un líder que les ha hecho conocer a sus peregrinos algunos de los rincones más hermosos del país.
Como si fueran cuadros dentro de cuadros, La Renga terminó su maratón de dos horas y media de hard rock, dentro de la mega-maratón rocanrolera de la Huella Invisible, pero el Chizzo anunció un "after-hour" (sic). Viticus fue el grupo encargado de detener la diáspora, y al rato se sumó el Chizzo, bajo de Fernet en mano, sólo como cantante. A las tres y media de la mañana comenzó la anunciada zapada, un extenso homenaje a Pappo, por donde desfilaron músicos de todas las bandas (Luciano Napolitano, de Lovorne; Eduardo Chico y Carlos Valerio, de El Tri, entre otros), Raúl "Locura" Dilelio (mítico guitarrista de los comienzos de La Renga) y el empresario cordobés José Palazzo en el bajo. Chizzo asumió con seriedad su rol de cantante, con reminiscencias de Pappo (claro está), pero consagrado al papel de un interpertador, entre Joe Cocker y el Polaco Goyeneche, especialmente en "El viejo", con la inyección soulera de la sección de vientos de Manu y Leo. Y aunque los augurios de tormenta le pusieron un fin acaso abrupto a una zapada que pretendía perpetuarse hasta el amanecer, La Renga comenzó a celebrar con su propio Woodstock en las sierras de Córdoba y con los mismos de siempre, sus primeros veinte años.
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