Los autores de Fargo presentaron en Cannes Inside Llewyn Davis, una fábula sobre la escena folk de Nueva York a comienzos de los 60
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Uno de los estrenos más esperados de la edición de este año del Festival de Cine de Cannes fue, sin dudas, Inside Llewyn Davis , la nueva película de los hermanos Coen. Desató enfrentamientos entre los periodistas acreditados (desencajados después de tres o cuatro horas de espera para entrar a ver la premiere mundial) y los patovas cara de poker que, con la parsimonia de siempre, les cerraron las puertas en la cara cuando la sala se anunció "completa". La euforia tiene su razón de ser: la película es una de las favoritas en la carrera por la Palm d'Or.
La trama nos sumerge en la intimidad de Llewyn Davis (interpretado por el guatemalteco Oscar Isaac), un entrañable loser que intenta triunfar con su música folk en Greenwich Village a comienzos de los 60, justo antes de que ese barrio de Nueva York se convirtiera en el ícono cultural que es hoy y en el lugar donde explotó el genio de Bob Dylan.
Guitarra en mano y con unos escurridizos dólares en el bolsillo, Llewyn duerme de prestado en los sillones de amigos, ex amantes y desconocidos, mientras persigue el sueño de llegar a Chicago para audicionar como solista. Mira el mundo con acidez y se relaciona con los demás en un modo parasitario y tierno a la vez.
Justin Timberlake y Carey Mulligan encarnan los roles de Jim y Jean, la pareja de amigos de Davis que, junto con un simpático gato, acompañan al protagonista en una espiralada odisea de decepciones y angustias, con lúcidos toques de humor.
Con una exquisita dirección de arte con el sello de los Coen, dirección de fotografía de Bruno Delbonell (Amelie) y producción musical de T. Bone Burnett, Inside Llewyn Davis ubica al espectador en una atmósfera en la que se mezclan las expectativas y el desencanto con la suerte y la desgracia, en una radiografía del loser musical que todos llevamos dentro. Es, además, una fiel recreación de ese momento bisagra vivido por la escena cultural al finalizar la década del 50, cuando la alucinante bomba sesentosa estaba por explotar y grabar un single propio era, para los veinteañeros de Nueva York, un capricho casi obligatorio.
Por Valentina Vescovi (Desde Cannes)
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