Al mando de sus High Flying Birds, el alma máter de Oasis presentó su proyecto solista en Buenos Aires en el marco del Personal Pop Festival; crónica y fotos
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Si en una hipotética división de bienes post separación de Oasis, Liam Gallagher recibió a sus compañeros de banda a modo de bien material, a su hermano mayor le tocó algo menos tangible pero de un valor simbólico mucho más fuerte: el núcleo compositivo de la banda de Manchester, su nervio creativo. Y mientras Beady Eye busca a los tumbos cómo seguir atizando un fuego que da sus últimos chispazos, Noel Gallagher apela a lo que mejor le sale: el noble oficio de escribir canciones de irreprochable raigambre británica. Pop en el sentido más concreto del término: la medida justa de la canción popular inglesa, en la senda transitada por los Beatles, Ray Davies, Pete Townshend y Paul Weller.
Esta flamante etapa solista encuentra al alma máter de la banda inglesa de rock más convocante de los últimos quince años en un estado un tanto más sereno, como si fuera un paso obvio hacia la madurez al pasar la barrera de los 40. Secundado por una banda prolija y sólida, Gallagher ya no apuesta por el cimbronazo distorsionado, sino por una propuesta que, aun cuando recorre el repertorio de Oasis, lo hace por algunas de sus páginas más pacíficas. Tal vez por eso mismo, la elección de un predio al aire libre para esta edición del Personal Pop Festival (un GEBA a medio llenar) no pareció la opción más acertada. Si la noche anterior en el Orfeo el intimismo estuvo a la orden de canciones como "Talk Tonight" y "Whatever", en Palermo el público tuvo que hacer esfuerzos para alcanzar la fragilidad de una versión acústica de "Supersonic" esquivando el ruido de los trenes del Mitre que pasan a escasos metros del campo. Y mientras en un estadio a puertas cerradas en Córdoba alcanzó un sonido diáfano y nítido, la situación en Buenos Aires se tradujo a un audio pastoso, que poco pareció importarle a un público efusivo que convirtió su set en un karaoke a cielo abierto.
Si bien Gallagher reconoce su pasado y no tiene problemas en hacer concesiones con él, el énfasis del show estuvo puesto en el debut homónimo de sus High Flying Birds, con nueve de sus diez canciones incrustadas en la lista en el mismo orden en el que figuran en el disco. Los aires épicos de "Everybody’s on the Run" y "(I Wanna Live in a Dream in My) Record Machine" conviven con la balada a corazón abierto de "If I Had a Gun…", el pulso madchesteriano de "AKA… What a Life!" y los guiños / homenajes a The Kinks de "The Death of You and Me" y "Soldier Boys and Jesus Freaks".
Más pensado para un público conocedor de todos los recovecos posibles de su carrera (gran parte de los temas de Oasis que tocó fueron lados B o bien distaron de ser cortes de difusión), el show apeló por momentos a la complacencia del ala más extrema de sus seguidores con la incorporación de dos rarezas (la beatleoide "The Good Rebel" y el medio tempo floydeano de "Let the Lord Shine a Light on Me") y un inédito ("Freaky Teeth"). Ajeno a los pedidos por parte de los presentes (tras escucharlos cantar "Live Forever", echó por tierra sus esperanzas con un socarrón "Igual no la voy a tocar, así que perdieron su tiempo"), Gallagher recurrió a un cierre con himnos de dimensión de estadio. A poco más de hora y media del comienzo, la adhesión masiva a garganta pelada en "Little By Little" y "Don’t Look Back in Anger" revalidó no sólo el vínculo empático de su público, sino también la certeza de que le sobran las credenciales para reclamar su membresía al Club De Grandes Compositores Británicos, un derecho que para muchos le debería ser negado por la desmesura de su ego. Por suerte para él, las canciones hablan por sí solas.
Por Joaquín Vismara
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