Mimí Ardú: “Crecí en una casa con mucha violencia y mi escuela fue la vida”
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Cuando una maestra del colegio de monjas de Sunchales, provincia de Santa Fe, le pidió que organizara los sketchs de la fiesta de fin de año, Mimí Ardú no soñaba con ser actriz. Tampoco pensó que podía serlo cuando Carlos Gandolfo la eligió para hacer Lo que mata es la humedad, en teatro, pero la actriz le salía de forma natural tanto la comedia como el drama. Años después dedujo por qué: “Crecí en una casa con mucha violencia y mi escuela fue la vida”.
Nació en Córdoba y se crió en Sunchales, donde estudió música porque su madre quería que fuera concertista de piano: a los 15 años se recibió de profesora y le regaló el diploma. A los 20 años debutó en teatro con la obra Érase una vez en Buenos Aires, a la que le siguieron muchas más. Hizo decenas de películas pero El bonaerense, de Pablo Trapero, en 2002, fue un quiebre un su carrera y le abrió otro abanico de oportunidades. En televisión llamó la atención en las producciones Antonella, Cara bonita, Chiquititas, De corazón, Mujeres asesinas, Dulce amor, Somos familia, entre otras.

En este período de pausa por la pandemia por el coronavirus, Ardú dice no haber sufrido tanto el encierro, excepto porque extrañó ver a sus amigos que son su familia de la vida. Se entretuvo en los quehaceres hogareños: “Soy obsesiva de la limpieza, limpio sobre lo limpio, como el personaje que hice en Campanas en la noche (Telefe), que vivía con un trapo en la mano. Me gustan los productos de limpieza y descubrí muchas cosas caseras, por ejemplo el bicarbonato de sodio sirve para todo, desde limpiar bronces hasta exfoliarse la cara y las manos. En otra época investigué mucho los tratamientos de belleza caseros y me los hago: exfoliarse con azúcar da un resultado maravilloso en todo el cuerpo”. Y retoma la charla sobre su experiencia en pandemia: “Vivo sola en mi departamento de Balvanera hace muchos años y tengo un poder de adaptación muy fuerte. Mi mamá falleció en 2017 y a partir de entonces aparté de mi vida a personas que no me hacían bien y evalué cosas que tienen que ver con el amor y las que no. El tema de la violencia siempre fue recurrente en mi vida y a veces llegás a cierto maltrato y no te das cuenta que tiene las raíces en otro lado, que las dejás pasar y perdonás. El rencor me ayuda a darme cuenta cuándo no me gustan ciertas situaciones o personalidades. Sé lo que quiero para mi vida e hice un Feng Shui espiritual, por decirlo de una manera”, le detalla la actriz a LA NACION y suma: “Y me definí, definitivamente, como agnóstica”.
-¿Por qué se dieron esos cambios a partir de la muerte de tu mamá?
-Fue algo determinante y además tuve que donar, regalar y tirar cosas y hacer esa limpieza fue maravilloso porque también te ayuda internamente a despojarte, a despagarte de cosas que no son necesarias. Empecé una nueva vida liberada de personas, situaciones y maltrato. Fue muy sanador descubrir en mí a una mujer que no sabía que estaba y en la pandemia reafirmé esto que hice, y me di cuenta que hay lugares a los que no quiero volver. Puse a prueba mi fortaleza porque es duro estar sola. Por otra parte, tengo una vida austera y cuando trabajo, ahorro. Además soy jubilada y no me compro joyas, no tengo auto, vivo en un departamento chico, con expensas bajas. Siempre digo que no voy a ser la más rica del cementerio porque mi ambición es estar bien y ser feliz con lo que hago. No puedo vivir enroscada a un terapeuta. Hace poco me di el alta y no me arrepiento.
-Decís que vivís sola hace mucho tiempo, ¿te gustaría tener un compañero de vida?
-Mi pareja falleció cuando yo tenía 33 años en México (Miguel Marín era jugador de fútbol) y fue la única persona con la que conviví, durante dos años y medio. Me entusiasmé con otras parejas, pero el amor es de a dos y no se dio esa unión. Antes de Miguel tuve una pareja que era mexicano y a ambos los acompañé en sus sueños. Cuando los logros profesionales me tocaron a mí, no me acompañó nadie y me di cuenta de que le había entregado mucho tiempo a la ilusión de ser ama de casa, mamá, tener mi pareja y mi hogar. Todo eso se fue con la muerte de Miguel. Ya tengo 65 años y no me llevo mal con mi soledad ni con lo que soy como profesional. Estoy con la gente que quiero y tengo proyectos hermosos. Estoy donde quiero estar y la vida me sigue premiando con personajes hermosos.
-¿Cuáles son esos proyectos?
-Voy a hacer una película con Mariano Martínez que se llama Humo bajo el agua, de Fabio Junco y Julio Midú, con quienes hice Hojas verdes de otoño y Hermanitos del fin del mundo. Es un desafío porque es un personaje lejano a mi imagen y tengo que caracterizarme. También con ellos tengo un proyecto para protagonizar una película que se llama Desconocida y es la historia de una mujer de pueblo que trabaja en un taller. Estamos esperando el apoyo del INCAA.
-Hiciste novelas, teatro, cine. La película El bonaerense fue un quiebre en tu carrera, ¿sentís que te revaloraron a partir de ese momento?
-Todo lo que hice fue desde la actriz. Empecé a actuar y a hacer diferentes personajes porque me eligió mi maestra de primaria del colegio de monjas de Sunchales. Preparé varios personajes para la fiesta de fin de año y como mis compañeros no me daban el pie, yo decía la letra de todos. Era algo improvisado por mí, copiando sketchs de La tuerca. Siempre le dije a mi maestra que ella tenía la culpa de todo porque yo no estudiaba ni quería ser actriz, pero se ve que ella vio cosas en mí. No tuve demasiada conciencia. No había estudiado teatro y cuando hice la obra Lo que mata es la humedad le pedí a Carlos Gandolfo que me tomara como alumna. Carlos siempre me preguntaba si no había estudiado o hecho algún curso y me sorprendía la pregunta aunque con el tiempo me fui dando cuenta el por qué.
-Pudiste haber quedado encasillada en personajes de bomba sexy, pero te corriste de ese lugar.
- ¡Qué ibas a hacer en la década de los ’80! Te llamaban para eso, pero para mí todo pasó más que nada por lo lúdico. No sabía que tenía una actriz adentro que pudo salir a partir de los sketchs que hice en el patio de la escuela de monjas y la parte dramática la mamé en mi casa con la relación tan violenta que tenían mis padres. Mi madre se quiso suicidar cuando yo tenía 8 años y la ambulancia llegó a tiempo para hacerle un lavaje de estómago [Mimí hace silencio durante unos segundos y retoma la charla, emocionada]. Tenía cuatro años y me levantaba de madrugada por los gritos de las discusiones y ellos estaban con un revólver y yo en el medio, separándolos. Soy una sobreviviente y por eso tengo un tema tan fuerte con la violencia, que siempre empieza con las palabras. Tengo otro recuerdo de mis 4 añitos, en una plaza en Santa Fe. Mis padres estaban discutiendo y yo era el trofeo de guerra, y en una de esas idas y venidas de empujones y tironeos, mi papá me levantó de los pelos. Muchas veces mi mamá me dijo que no podía acordarme de eso, pero me acuerdo. Todas esas vivencias te van quedando y por eso soy tan sensible y tengo que protegerme. No puedo caer en pozos depresivos como los que he tenido. Cuando quedé viuda, volví al país y a los dos meses me llamaron para hacer Antonella. Hacíamos 30 puntos de rating y yo vivía a antidepresivos e iba al psiquiatra cuatro veces a la semana. Me despertaba todos los días, veía que Miguel no estaba a mi lado y me quería matar. Fue muy duro. Tomaba pastillas para dormir y en esa época fumaba dos paquetes de cigarrillos por día.
-Todas vivencias muy duras...
- Sí. En estos días tuve que hacerme unos estudios médicos y saltó algo que me sucedió hace muchos años y de lo que no quiero dar detalles ni ser específica, pero tuvo que ver con un médico que me atendió a los 18 años. En mi última terapia surgió ese abuso que en ese momento yo no entendí, pero que me marcó bastante. Es algo que estoy logrando superar. ¡A cuántas mujeres les pasa lo mismo o mandan a sus hijas solas al médico confiando! Hay cosas que no dije en su momento por vergüenza. No llegó a ningún extremo pero, evidentemente, ese médico habrá seguido haciendo cosas porque un día vi en un noticiero que lo llevaron preso. Mirá cómo se arrastran las cosas a lo largo de los años y no las contás en su momento, por vergüenza, por dolor. A mis 12 años, un día mi mamá me dijo que los hombres son como los burros, toman agua y patean el balde. Me quiso decir que nunca nadie me iba a querer y fue lo que le pasó a ella, que nunca la quisieron.
-Sos una resiliente.
-El arte es sanador. Todo lo que me pasó desde el día que nací es el capital que tengo como actriz. Esa fue mi escuela, la vida. Y mi gran maestro que me ayudó a sacar todo eso. Carlos Gandolfo fue como un padre para mí. Mi papá falleció cuando yo tenía 18 años y a Carlos lo conocí unos años después y me ayudó en todo, me dijo que tenía que hacer terapia, me llevó a su terapeuta que me recomendó a otro. Fue mi guía y me cuido espiritual y profesionalmente. Además, conocer a su mujer (Dora Baret) y a sus hijos me dio una contención y una seguridad increíbles.
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