Mientras cocinaban Infame, el disco que los llevaría a otro nivel, un desconfiado Dárgelos salmodiaba su visión particular de las cosas y se preparaba para el rush de su vida; recordá la entrevista histórica publicada en noviembre de 2003
1 minuto de lectura'
Jessico ya había hecho su trabajo en términos de popularidad. "Los calientes" llegaría a jingle para vender cerveza por TV; "Soy rock" le daría nombre a una revista; y Babasónicos había conquistado, al fin, el mundo. O un mundo: el del rock esteta y no chabón. El paso siguiente, cualquiera fuera, iba a ser muy mirado, muy escuchado, pero los integrantes de Babasónicos no parecían estar bajo presión en el momento de recibir a Rolling Stone. O en todo caso, enfrentaban la eventual presión como ya quisiéramos todos enfrentarla: recostados en sofás, fumando, bebiendo, a media luz, sin el menor apuro, con mucha calma. Coqueteaban distraídamente sobre el trampolín de la alta exposición, con un reluciente aplomo propio de seis reyes Midas que convertían todo lo que tocaban (y componían, y grababan) en oro. O en todo caso, en algo más acorde con la imaginería de la banda: en un reluciente strass, toraba pero atractivísimo para sus fans de Buenos Aires, Nueva York o Singapur, así como también para la prensa, que ya llevaba al menos tres discos legitimando esa extraña, babasónica manera de hacer rock. Después de un seguimiento por conciertos grandes, conciertos chicos, fiestas privadas, bares de Palermo y galpones de Temperley, fui invitado por Babasónicos a compartir escuchas preliminares de lo que sería Infame en los estudios Panda, en el barrio de Floresta, allí donde la presencia de All Boys tiñe todo –mi corazón también– de blanco y negro. La brocha gorda de aquellas canciones nuevas me convidaría otros colores que también residen en mis aurículas y ventrículos: los del multicolor estampado búlgaro de la psicodelia.
La banda estaba en su pico creativo (metáfora orográfica inevitablemente ingrata, pues sugiere que todo lo que vino después fue cuesta abajo, que todo tiempo futuro fue peor). Retírese, entonces, lo de pico creativo: la banda estaba en su pico de popularidad, o –como dirían en "Sin mi diablo"– "en el pico de su pedo". Y, sumida en las instancias de mezclado, barrido y limpieza del nuevo álbum, aceptaba su momento con irresponsable serenidad.
Pronto noté que la calma babasónica, aunque generalizada, no era unánime: Adrián Dárgelos se mostraba casi hostil, inquieto, fastidiado. Levantaba la voz cuando la charla tenía testigos y no ocultaba sus ganas de que la entrevista terminara cuanto antes. Distintos habían sido los ánimos en las charlas con los otros: Diego Rodríguez se mostraba cordial y hospitalario; Diego Tuñón, cerebral y medido; Mariano Roger, analítico y grave; el inolvidable Gabo Mannelli, frontal y sencillo; Panza Castellanos, silencioso y escrutador, cual Lando Calrissian infiltrado en la guarida de Jabba the Hutt.
A pesar de su postura de indomable, Dárgelos parecía aceptarse como condenado, como sometido de mala gana al ejercicio de ser entrevistado. Algo me había advertido al respecto el manager de la banda, en las jornadas que fueron la previa de la entrevista, cuando empezamos a vernos en los shows, acerca del rechazo protocolar del cantante hacia el llamado jangueo, castellanización a las piñas de hanging up, esa suerte de convivencia entre el periodista y el entrevistado que trasciende a la entrevista formal y que aporta las miradas de backstage. "No quieren jangueo, no quieren que la entrevista implique que los veas yendo al supermercado a comprar un sachet de leche", había sido la disuasoria figura usada.
Acaso eso explicaba el fastidio de Dárgelos cuando me advertía en los estudios Panda escuchando, conversando, mirando o marcando algún ritmo con el mentón. El iba y venía, subía y bajaba, e intuyo que si no resoplaba cada vez que nos cruzábamos era sólo por educación. No puede alegarse que a la hora de la entrevista formal lo pusiera contra las cuerdas: no convertí mis preguntas en agudos estiletes malintencionados, ni mucho menos. No se copaba demasiado, y listo.
Se calmó un poco, por fin, cuando escuchamos juntos Infame. Sí, la sagrada trinidad de la música, la calma y la fiera. Fue en un salón inmenso, oscuro, casi vacío, apenas poblado por una computadora, dos parlantes y tres sillitas, todo bien lejos de las paredes. Se sentó, me senté y nadie se atrevió a ocupar la tercera silla, lo que acaso permitía recordarme que no estábamos solos: las canciones infames, calentitas, vírgenes, aún sin aditivos de mastering, eran el tercer (y principal) sujeto allí presente.
Recuerdo el principista entusiasmo rockero de Dárgelos con "Once", una canción con título más toponímico que numérico, que hablaba del "funeral del rock" y transcurría en una plaza porteña que por entonces no olía a sangre –aún no habían ocurrido los desastres de República Cromañón y del Ferrocarril Sarmiento– sino al crisol de grasas y de bardos multiculturales sobre el que también escribirían Ramiro Agulla, Carlos Baccetti y Leonel D’Agostino en la serie de TV Mosca & Smith.
Hablamos mucho sobre palabras. Sobre las palabras de Infame. Dárgelos acotaba y añadía. Así como un pintor elige una paleta de colores, lo que ya constituye toda una decisión artística, me llamaba la atención la selección de palabras a la que recurría la voz babasónica en sus letras: la doble acepción –fierrera y discotequera– de "pistero", la alegoría de "estertor", la alusión a la pérdida de humedad corporal que exuda "el vapor de nuestro amor", la ampulosa conjugación que adopta el verbo "acurrucar" en imperativa primera persona del plural.
Infame aún no tenía, al momento de la entrevista, su título definido; ni siquiera el arte de tapa de Alejandro Ros, que cita irónicamente el logo de Fama. Dárgelos sopesaba el posible nombre en voz alta y me instó con energía a enunciar con qué asociaba yo la palabra "infame". Mis referencias resultaron –fue lo que me salió espontáneamente, ahora lo veo– demasiado bibliotequeras: que la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges, que la Década Infame de la historia argentina... En cambio, mientras Babasónicos alcanzaba por entonces las mieles de la fama y era por primera vez tapa de Rolling Stone, Dárgelos veía en Infame lo opuesto de la fama, su antídoto, su archirrival.
Diez años más tarde, precisamente Infama se llama el trash-show televisivo conducido por un ex VJ de Much Music, Santiago del Moro, en el que desfilan putitas, playboys, sátiros, Yolis, locos, falsarios, yeguas y mersas medievales. Nobleza obliga: tenía razón Babasónicos.
Por Javier Aguirre – Foto de David Sisso y Fernando Gutiérrez
Leé la entrevista publicada en noviembre de 2003
Mirá más del especial 15 años
Calamaro regresa con gloria | Fito Páez con y sin casete | RS 15 años: Charly pide ayuda a los gritos
- 1
Adiós al maestro de música: a los 85 años, murió José van Dam
2Rating: cuánto midió el debut de Beto Casella en América
3MasterChef Celebrity: el comentario y el gesto que confirman un viejo rumor sobre Ian Lucas y el Chino Leunis
4Matteo Bocelli: cómo prepara su debut en la Argentina, por qué canta en español y el consejo de su padre famoso






