En su quinta visita, el líder de Stone Temple Pilots llegó por primera vez en plan solista
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En su quinta visita al país, tras sus shows con Velvet Revolver en 2007 y su regreso con Stone Temple Pilots en 2008, 2010 y 2011, la presentación de Scott Weiland en Groove, inesperada y extrañamente poco promocionada en las semanas previas, no podía dejar de estar marcada por la caótica jornada porteña, entre una nube tóxica y una tormenta que generó tantos trastornos en las calles de la ciudad.
Nada hacía suponer que a las 21 horas el tránsito ya era una excusa para llegar tarde al escenario, y por supuesto no era lo que el público ofuscado citó cuando comenzó a clamar por la presencia de Weiland. Alguna que otra mención al turbulento pasado que lo precede, mientras varios ya empezaban a sentarse para esperar durante las casi dos horas de demora.
Casi sin inmutarse, Weiland asomó su espigada figura con anteojos de sol y en plan de oficinista que regresa de un after hour: pantalón de vestir, zapatos acharolados y un chaleco, en ese clásico uniforme que volvió a repetir, megáfono en mano, después de su paso por la Argentina con Stone Temple Pilots.
Unos minutos más de espera, con la certeza que ya se encontraba detrás del escenario, Weiland desplegó todo su repertorio conocido: ese bailoteo chamánico por el escenario, mientras jugaba con su Theremin y se paseaba entre los miembros de la banda, tras un jam introductorio que continuó con "Crackerman", inicio de un recorrido a través de algunos de los éxitos de sus bandas y su breve carrera solista.
Weiland pudo desplegar ante el público la sinceridad que sólo se concede a esos amigos impuntuales a los que uno les perdona hasta la más molesta de las esperas. "No soy un fanático del soccer", dijo sin tener la necesidad de elaborar alguna disculpa, tomando una camiseta del seleccionado argentino que le arrojaron desde el público. Así, el show siguió con "Tumble in the Rough", como para sacudir un poco la modorra y el hastío inicial en un Groove caluroso.
Por supuesto, como cada artista que pasa por el país, no pudo con la clásica arenga futbolera, que acompañó en coro junto al público, mientras se puso (sólo por un tema) la camiseta encima de esa camisa completamente transpirada que llevó durante toda su presentación.
Después de la medianoche, el cierre estuvo de la mano de "Barbarella", uno de los temas de 12 Bar Blues, ese primer álbum solista que lanzó en 1998. "Vasoline" y "Unglued" serían los bises necesarios tras hora y media de show. Para fortuna de muchos y lamentos de otros, en su quinta visita por tercer año consecutivo (también llegó en 2008 con STP, y en 2007, con Velvet Revolver) no despidió este 2012 con algunos de sus villancicos. Aunque hubiera sido el cierre perfecto para una jornada apocalíptica.
Por Guillermo Tomoyose
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