En su primera visita al país, los neoyorkinos liderados por Ezra Koenig se presentaron en el Centro Cultural Recoleta y dieron inicio al Personal Pop Festival; crónica y fotos
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Contras, abstenerse. Porque ya fue: la polarización extrema inmediata generada por el surgimiento de Vampire Weekend hace menos de un lustro, el cuestionamiento ante la originalidad de ese sonido híbrido, afro-pop, la duda obvia acerca de sus posibilidades de transformarse en una verdadera revelación o morir poco después de nacer como cualquier otro hype, dejan de tener sentido cuando se está cara a cara frente a este cuarteto de veinteañeros neoyorkinos. Es verdad -y todos lo dijeron a pesar de que hasta ellos mismos se indignen ante la comparación-, que su worldbeat remite de manera indefectible al Graceland de Paul Simon (si no, escuchar "Gumboots" o "I Know What I Know"), que la voz de Ezra Koenig posee una similitud insoslayable, que se nota a la legua la reminiscencia de la unión rock-sonido africano de los Talking Heads de los ochenta en su "Upper West Side Soweto" y blah, blah. Pero también es verdad que estos pibitos, que pueden generar el odio más visceral con su look de recién salidos del campus más concheto, con sus camisitas prolijas y sus caritas lampiñas o el amor más irracional por parte de las adolescentes sensibles, ya demostraron que son capaces de mezclar todas esas influencias con frescura y fluidez en sus dos discos, cagándose en la opinión de los contras de la crítica internacional especializada, no tanto y para nada. Y, bueno, ahora Contra, su segundo trabajo editado hace poco más de un año, se disputa el Grammy como Mejor álbum de música alternativa con Arcade Fire, Broken Bells, Black Keys y Band of Horses, lo que no es poca cosa.
Esa frescura basada en una yuxtaposición musical diversa pero que no, no resulta para nada forzada, fue lo que movilizó a los mil quinientos convocados (según datos oficiales) a invertir sus 250 pesos para verlos en vivo. Y fue, al mismo tiempo, la motivación y la recompensa. El Centro Cultural Recoleta como sede rockera, una rareza más allá de los festivales organizados por el Gobierno de la Ciudad, funcionó como escenario ideal y el repertorio de poco más de una hora incluyó todos los temas que tenían que estar. "Holiday" marcó el inicio de un camino que exigió ser recorrido mediante saltitos alegres y sincopados, adentrándose en el cálido corazón africano (ese que Koenig también supo penetrar con su lógica colaboración junto a The Very Best), pero también explorando otras selvas más duras mediante un ska-punk juguetón.
Arengando con sus carnavalitos cosmopolitas, su registro agudo, limpio y tierno, Ezra puso la cara, habló un poco (empezó con un "¿Qué onda?") y pidió coros cuando fue necesario pero el centro de atención tuvo cuatro focos: quedó claro que la banda es y no puede dejar de serlo sin la participación sincronizada de cada una de sus partes. Ese poliritmo exige colaboración armónica. El multi-instrumentalista Rostam Batmanglij, detrás de teclados y viola, funciona como columna vertebral de un proyecto que carecería de sentido sin la presencia de los Chris (Baio, en bajo y coros y Tomson en percusión). De hecho, el que se comió el escenario fue Baio, saltando y disparando energía a través de sus cuatro cuerdas: a falta de "Olé, olé, Vampire, Vampire" (ni lo intenten: la métrica atenta contra el canto popular) hubo "¡Chris, Chris!" por parte de la audiencia. Los más festejados, obvio: los hits "Cousins", "A-Punk", "Cape Cod Kwassa Kwassa", la irresistible "Diplomat´s Son", el medley final pre-bises con "Campus" y "Oxford Comma". Faltó "I Think Ur a Contra", pero no importó porque los contras estaban en sus casas.
Por Yamila Trautman
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