Para Trump, la misión a la Luna es un pasaje a objetivos más grandes y a cimentar su propio legado
Ningún presidente desde la era Apolo ha presionado tanto como Trump para regresar a la Luna
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WASHINGTON.– A mediados de enero, cuando sonó el teléfono de su oficina, Jared Isaacman apenas había cumplido un mes como administrador general de la NASA.
“Jared, lo quería chequear con vos”, le dijo el presidente Trump del otro lado del teléfono, según el relato de Isaacman de aquella conversación. “¿Estamos haciendo algo en Marte durante la ventana temporal hasta el 2028? ¿Qué te parecería un cohete nuclear?”.

La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio de Estados Unidos (NASA), la agencia a cargo de Isaacman, está a punto de lograr uno de los hitos espaciales más trascendentales de la era moderna: el lanzamiento de Artemis II, una misión que llevará a sus astronautas más lejos del planeta Tierra que cualquier otro ser humano en la historia mientras orbitan su satélite natural, la Luna.
Sin embargo, la pregunta del presidente no apuntaba a eso, sino a lo que vendría después.
Trump está por cumplir 80 años y creció en la época del programa Apolo, una era de astronautas que viajaban a otro mundo y hacían volar la imaginación de quienes se quedaban en éste. Trump, sin embargo, quiere superar los logros del Apolo 11 y sus predecesores. ¡Una base lunar! ¡Un cohete nuclear! ¡Un viaje a Marte! Da lo mismo, siempre y cuando sea enorme y comience antes de que deje su cargo, en enero de 2029.
El hombre que estampa su nombre en edificios públicos y sueña con añadir su rostro al Monte Rushmore quiere hacer historia impulsando la exploración espacial hasta nuevas alturas, literal y figuradamente.
Ningún presidente desde los días de gloria de la NASA, durante los gobiernos de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, ha presionado tanto a la agencia espacial norteamericana como Donald Trump.
El próximo lanzamiento de la misión Artemis II será el primer paso en la aventura: según lo previsto, este mismo miércoles cuatro astronautas despegarán hacia la Luna.
Y Trump no piensa perdérselo y si todo sale bien estará presente en el despegue, para celebrar ese hito para Estados Unidos y, espera, también para su propio legado.
Isaacman dice que la motivación del presidente responde a una constelación de razones de seguridad nacional, intereses comerciales, de recursos y tecnológicos, así como a su instinto innato para los grandes emprendimientos.

“El presidente sabe lo importante que es lanzarse a proyectos audaces y ambiciosos, y lo hace en todas las áreas tecnológicas importantes”, apunta Isaacman. “Así que cuando me habla de volver a la Luna, no habla de repetir el éxito del programa Apolo. Va más allá, dice: ¿Y si construimos una base lunar? ¿Cómo sería la economía lunar? No vamos a conformarnos con plantar nuestra bandera”.
De hecho, según Isaacman, Trump dejó en claro que los humanos tienen que poder quedarse en la Luna. “Lo escuché decir mil veces: ‘Asegúrense de que cuando lleguemos allá no sea por un programa tan breve como el Apolo’,” agrega Isaacman. “Me dijo concretamente: “Más vale que esta vez hagamos algo más que recoger piedras”.
Liz Huston, vocera de la Casa Blanca, declaró que el presidente está “consolidando los transformadores logros” de su primer mandato. “Gracias a la política de ‘Estados Unidos primero’ del presidente Trump, Estados Unidos liderará a la humanidad hacia el espacio y entrará en una nueva era de logros revolucionarios en tecnología y exploración del espacial”.

Antes de llegar a la presidencia Trump no era precisamente un aficionado al espacio. No se lo conoce por hablar con entusiasmo o nostalgia sobre el alunizaje de Neil Armstrong y Buzz Aldrin en 1969, cuando tenía 23 años.
En 2015, cuando un niño de 10 años le preguntó sobre la exploración del espacio durante un acto de campaña en New Hampshire, el entonces candidato se mostró indiferente. “En este momento hay problemas más importantes, ¿se entiende?”, le dijo. “Hay que bachear las rutas”.
En el camino, sin embargo, se fue convenciendo de que bachear las rutas no era exactamente lo mismo que alcanzar las estrellas. Apenas unas semanas antes de las elecciones de 2016, los representantes de su campaña prometieron “una nueva visión” para el programa espacial norteamericano.
“Durante la campaña, percibió los vínculos entre la exploración del espacio y su gran visión de ‘Hacer que Estados Unidos sea grande otra vez’,” apunta Scott Pace, director del Instituto de Política Espacial de la Universidad George Washington, quien se desempeñó como secretario ejecutivo del Consejo Espacial Nacional, agencia que Trump reabrió en 2017, durante su primer mandato.
El presidente John F. Kennedy se fijó la meta de llegar a la Luna no por amor a la exploración espacial, sino para competir con los soviéticos. Una vez que los norteamericanos ganaron la carrera espacial, la opinión pública y los presidentes perdieron mayormente su interés por el espacio.
Richard Nixon canceló los últimos tres intentos de la misión Apolo para llegar a la Luna y destinó recursos a la construcción de un funcional transbordador espacial. Luego Ronald Reagan impulsó el desarrollo de una estación espacial tripulada permanente, que Bill Clinton transformó en un emprendimiento conjunto con los rusos. George H.W. Bush y George W. Bush se propusieron volver a la Luna y luego ir a Marte, pero ninguno lo logró. Y Barack Obama quería hacer aterrizar astronautas en un asteroide, idea que no prosperó.
Trump, sin embargo, empezó a ver el espacio como un lugar donde dejar su huella. Para el 50 aniversario del histórico vuelo del Apolo 11, invitó a Aldrin a la Casa Blanca, y en 2019, durante su discurso sobre el Estado de la Unión, sentó a Aldrin en la tribuna del Congreso. También viajó personalmente a Florida en 2020 para presenciar el lanzamiento de SpaceX, cuando la empresa de Elon Musk ayudó a restablecer los envíos de astronautas de la NASA a la Estación Espacial Internacional desde territorio norteamericano.

Habrá que ver si el interés de Trump por la misión Artemis II se sostiene. La fecha de lanzamiento se fue posponiendo muchas veces, y Trump nunca hizo ni dijo nada para llamar la atención sobre el futuro de la misión espacial. Y aunque en febrero los cuatro astronautas de Artemis II estuvieron presentes en las tribunas del Congreso durante su discurso sobre el Estado de la Unión, Trump no les dio ningún reconocimiento ni mencionó su viaje.
Para la NASA, todo lo que viene después de Artemis II está rodeado de incertidumbre. Y para mantener el interés del mundo en la exploración espacial, el actual compromiso del presidente norteamericano podría ser crucial.
“Los vuelos espaciales son desafíos técnicos tan complejos que es imprescindible que la Casa Blanca y el presidente actúen como voceros del programa”, señala Harrison H. Schmitt, uno de los dos últimos hombres que pisó la Luna como parte de la misión Apolo 17 de 1972, y uno de los cuatro únicos “caminantes lunares” que siguen vivos. “De eso no hay ninguna duda”.
Traducción de Jaime Arrambide
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