Trump, el presidente más antiestadounidense de nuestra historia
Una lógica personalista que tensiona la política global de la Casa Blanca
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NUEVA YORK.- Nunca he coqueteado con las teorías conspirativas sobre Donald Trump y Rusia. Nunca pensé que fuera un activo ruso, ni que Vladimir Putin tuviera algún tipo de palanca financiera sobre él, o cintas sexuales para chantajearlo. Siempre creí que era mucho peor: que Trump, en su corazón y en su alma, simplemente no comparte los valores de todos los demás presidentes estadounidenses desde la Segunda Guerra Mundial en lo que respecta a cuál debería ser —y debe ser— el papel de Estados Unidos en el mundo.
Siempre he creído que Trump tiene un sistema de valores completamente deformado, que no está anclado en ninguno de nuestros documentos fundacionales, sino que simplemente favorece a cualquier líder que sea fuerte, sin importar lo que haga con esa fuerza; a cualquier líder que sea rico y, por lo tanto, pueda enriquecer a Trump, sin importar lo que haga con ese dinero o cómo lo haya conseguido; y a cualquier líder que lo adule, sin importar cuán obviamente falsa sea esa adulación.
Mientras Putin, el dictador, cumpliera con esas condiciones mejor que el líder democrático de Ucrania, Trump lo trató como un amigo —al demonio los intereses y los valores estadounidenses. Putin ni siquiera tuvo que transpirar para convertir a Trump en su tonto útil.
Por todas esas razones, Trump es el presidente más antiestadounidense de nuestra historia. Era evidente desde el día en que Trump atacó al senador John McCain, un auténtico héroe de guerra y patriota estadounidense, por haber sido derribado en combate y tomado prisionero.
¿Qué clase de estadounidense denunciaría a McCain, que estuvo cautivo durante más de cinco años en un campo de prisioneros de Vietnam del Norte después de rechazar una liberación anticipada, sabiendo que eso sería usado como propaganda? Ningún estadounidense que yo conozca.

Los peores impulsos antiestadounidenses de Trump y su pereza intelectual estuvieron contenidos en su primer mandato en la Casa Blanca por un grupo de asesores serios. Esta vez, no hay nadie que los contenga. Se ha rodeado de aduladores. Así que ahora Trump está, básicamente, gobernando nuestro país como gobernó sus empresas: como un show de un solo hombre, libre para cerrar acuerdos terribles.
Ese estilo de gestión llevó a seis presentaciones de quiebra de sus compañías. Lamentablemente, hoy todos somos sus accionistas, y temo que nos vaya a llevar a la quiebra como nación —moralmente seguro, y quizá algún día también en lo financiero y lo político.

El comportamiento de Trump se ha vuelto tan imprudente, tan ensimismado, tan obviamente contrario a los intereses estadounidenses —tal como incluso los republicanos los definieron durante mucho tiempo, ni hablar de los demócratas— que la pregunta debe hacerse: ¿Estados Unidos está siendo gobernado ahora por un rey loco?
¿Qué presidente estadounidense escribiría el texto que Trump le escribió el domingo al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Store, afirmando que una de las razones por las que impulsa adquirir Groenlandia es que no recibió el Premio Nobel de la Paz?
Escribió: “Teniendo en cuenta que su país decidió no otorgarme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras MÁS, ya no siento la obligación de pensar únicamente en la Paz, aunque siempre será predominante, pero ahora puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos de América”.

Lean esas palabras lentamente. No gritan “Estados Unidos primero”. Gritan “Yo primero”. Gritan: “Yo, Donald Trump, estoy listo para apoderarme de Groenlandia, al precio de romper la alianza de la OTAN de casi 77 años, porque el Comité Nobel no me dio SU premio de paz el año pasado” —ignorando el hecho de que el gobierno noruego no controla la entrega de ese premio.
Sería una cosa que Trump dijera que está listo para romper la OTAN por una cuestión de principio geopolítico que afecte la seguridad del pueblo estadounidense. No puedo imaginar cuál sería, pero al menos podría imaginar esa posibilidad.
Lo que me resulta inimaginable es un presidente estadounidense tan obsesionado con ganar un Premio Nobel de la Paz para alimentar su ego y superar a su predecesor —además de igualar a Barack Obama, que ganó el premio en 2009— que estaría dispuesto a destruir toda la alianza de la OTAN y el sistema comercial con Europa porque no lo recibió.
Estoy tratando de imaginar una escena en la que Trump dictó esa nota a un asistente, sin vergüenza, y esa persona la envió a los noruegos —presumiblemente sin que nadie en la jerarquía de la Casa Blanca lo detuviera, sin que nadie dijera: “Señor Presidente, ¿usted está loco? No puede poner su ambición personal por un Nobel por encima de toda la alianza atlántica”.
Pero Trump puede hacerlo, porque evidentemente asigna poco o ningún valor a la sangre, el dinero y la energía que generaciones de soldados, diplomáticos y presidentes estadounidenses antes que él sacrificaron para construir esa asociación duradera con nuestros socios europeos.

Déjenme decirlo en términos que Trump debería entender: si Estados Unidos fuera una empresa, uno diría que una generación de trabajadores, ejecutivos e inversores estadounidenses construyó la corporación más exitosa, rentable e influyente de la historia del mundo: la alianza Atlántica/OTAN forjada de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial.
Con una inversión relativamente pequeña en la Europa de posguerra, conocida como el Plan Marshall, creamos un socio comercial saludable que ayudó a que tanto Estados Unidos como Europa fueran más ricos que nunca; ayudamos a transformar a Europa de un continente conocido por guerras nacionalistas, étnicas y religiosas en el mayor centro de mercados libres, personas libres y Estado de derecho del mundo —dándonos un poderoso compañero democrático para ayudar a estabilizar el mundo y contener a Rusia durante los últimos tres cuartos de siglo.
Es cierto que Europa enfrenta desafíos intimidantes, desde la migración descontrolada hasta la sobrerregulación y el ascenso de partidos de extrema derecha. Y sí, muchas veces responde con indecisión. Y sí, existen preocupaciones de seguridad legítimas en el Ártico. Pero generaciones de estadistas y presidentes estadounidenses entendieron la importancia primordial del pacto entre Estados Unidos y Europa y nunca siquiera contemplarían sacrificarlo por quién tiene la soberanía sobre Groenlandia.
Es tan evidente que solo un narcisista patológico, que insiste en poner su nombre en todo —desde el Kennedy Center de otra persona hasta el Premio Nobel de la Paz de otra persona— arriesgaría todo lo anterior para apoderarse de Groenlandia, especialmente si se considera que ya tenemos derecho a operar bases en Groenlandia y a estacionar allí tropas avanzadas y misiles. También tenemos derecho a invertir en la extracción de sus minerales.
Si, en efecto, Estados Unidos fuera una empresa, el directorio habría respondido a un comportamiento como el de Trump anunciando una “intervención” con el director ejecutivo.
Lamentablemente, el directorio de Estados Unidos, el Congreso liderado por los republicanos, se ha auto-neutralizado por completo. Y ahora nosotros, el pueblo, los accionistas, estamos a punto de quedar atrapados con la cuenta.
Mientras tanto, los competidores de America Inc. simplemente no pueden creer su suerte. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, tanto Rusia como China entendieron la gran cosa que Trump no entiende: la ventaja competitiva de Estados Unidos.
Mientras Rusia y China solo tenían vasallos a los que podían ordenar y presionar para que se unieran a ellos en cualquier competencia geopolítica o geoeconómica con Estados Unidos, Estados Unidos tenía un arma secreta escondida a plena vista: aliados que compartían nuestros valores y estaban dispuestos a hacer cosas difíciles, como enviar a sus soldados a pelear y morir en nuestras guerras en Irak y Afganistán. Uno de ellos era Dinamarca, que tiene soberanía sobre Groenlandia.
Rusia y China soñaban con que algún día pasara algo que hiciera que Estados Unidos perdiera a sus aliados y que la OTAN se fracturara. Sin aliados económicos, Estados Unidos nunca podría ser tan influyente en negociaciones comerciales con China, y sin el poder militar estadounidense, a la OTAN le costaría mucho impedir que Rusia recuperara partes de Europa Central y del Este que dejó de controlar tras la caída del Muro de Berlín.
Y entonces, un día, sus sueños se hicieron realidad. El pueblo estadounidense eligió a un hombre que, diga lo que diga, nos está llevando a un futuro no de “Estados Unidos primero”, sino de “Estados Unidos solo” y “Yo primero”.
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