Bernardo Stamateas: “Celar no es amar, sino controlar”
El psicólogo se adentró en las actitudes que toman los miembros de una pareja; cómo darse cuenta que la relación se volvió “tóxica”
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Muchas veces, en una relación, ya sea de pareja, familiar o de amistad, confundimos ciertas actitudes con amor, pero en realidad no lo es. Te comparto algunas de estas actitudes típicas del amor tóxico:
- La dependencia emocional
Depender de alguien es una carencia. Y el amor no nace de la carencia. Cuando uno siente que “necesita” del otro para vivir, no hay libertad, porque hay dependencia. Y se produce lo que se conoce como codependencia. “No puedo estar sin él o sin ella” es fusión (no hay identidad separada) con la otra persona que, en el fondo, esconde el miedo a perder.
- Los celos
Hay personas que creen que, si su pareja, familiar o amistad las cela, es porque las ama. Pero los celos tienen su origen también en el miedo a la pérdida. Celar no es amar, sino controlar. Aquel que cela controla dónde va, qué hace y hasta qué habla el otro. Pero eso, de ninguna manera es amor sano.

- El control
“Hago esto porque me importás y quiero cuidarte”… No es protección amorosa, es control. Una persona controladora pretende manejar las decisiones, las emociones y las acciones del otro. Esto ocurre porque, en su interior, siente una gran angustia que la conduce a interrogar, investigar, retrucar, etc. El control nace del miedo al abandono y toca la libertad de quien lo sufre.
- El sacrificio por el otro
Hay gente que siempre cede y se sacrifica por la pareja, por los hijos, por los padres, por los amigos. Pero el que vive sacrificado, en el fondo, es un “limosnero de afecto”. Está pidiendo cariño: “Mirá cómo me agoto por vos… ¡dame cariño!”. Eso tampoco es amor que nutre.
- La intensidad emocional
Algunas relaciones son volcánicas, y las personas involucradas creen que aman mucho. No obstante, en un vínculo con intensidad permanente, por lo general, no hay amor sano.
- La idealización
En toda relación de pareja hay cierta idealización: forma parte del enamoramiento, especialmente, al inicio. Sin embargo, cuando esa mirada se vuelve excesiva, deja de ser amor y empieza a revelar otra cosa: el miedo a no ser cuidados. Muchas veces idealizamos porque proyectamos en el otro aquello que sentimos que nos falta. Pero poner a alguien por encima del resto de los seres humanos no es amar; es perder de vista su humanidad, y también la propia.

- El rescate del otro
Muchas personas caen en lo que podría llamarse el “síndrome del salvador”: la creencia de que, con suficiente amor, podrán cambiar a alguien que arrastra múltiples dificultades. Sin embargo, la realidad es otra: nadie puede salvar ni sanar la vida de otro. Cada persona es responsable de su propio proceso. Y, aunque ayudar puede hacernos sentir valiosos, quitarle a alguien su responsabilidad personal no es amor, sino una forma sutil de interferir en su crecimiento.
¿Cómo podemos cultivar el amor sano?
Principalmente, teniendo muy en claro que nunca formamos pareja o mantenemos una relación afectiva para ser felices. Uno ya es feliz por su cuenta tal y como es; y comparte esa felicidad con otros que, a su vez, también son felices.
El amor sano implica libertad emocional, confianza estable, previsibilidad, respeto de acuerdos, comunicación abierta y directa, límites claros, responsabilidad y crecimiento mutuo.
¡No te conformes con menos!
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