Las claves del estoicismo para dejar ir vínculos y versiones de vos que ya no van
Expertos analizan la mirada estoica sobre el desapego, la aceptación y cómo aprender a soltar lo que no se puede controlar para hallar la paz mental
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“No sufrimos por las cosas, sino por la idea que tenemos de ellas“. La frase, atribuida a Epicteto, atraviesa siglos y hoy vuelve a tener sentido en una época marcada por vínculos frágiles, expectativas altas y cambios constantes. Desde el estoicismo, una de las corrientes filosóficas más antiguas y a la vez más actuales, el sufrimiento no nace tanto de lo que ocurre, sino de cómo interpretamos lo que ocurre. Y ahí aparece una palabra incómoda, pero necesaria: soltar.
Soltar no es abandonar ni resignarse. Tampoco es “hacer como si no doliera”. En la mirada estoica, soltar implica distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no, y dejar de gastar energía emocional en aquello que escapa a nuestro control. Personas, situaciones, versiones propias: todo puede convertirse en objeto de apego.
Gran parte del malestar cotidiano no tiene que ver con hechos concretos, sino con la distancia entre lo que esperábamos y lo que finalmente pasó. Esperábamos que alguien se quedara, que un vínculo funcionara, que una etapa fuera distinta. El estoicismo plantea que el apego excesivo a esas expectativas es una fuente directa de sufrimiento.

No es la pérdida en sí lo que duele, sino la idea de “esto no debería haber sido así”. Cuando nos aferramos a una versión ideal —de una persona, de una relación o incluso de nosotros mismos—, cada cambio se vive como una amenaza. Soltar, en este sentido, es aceptar que la realidad no tiene la obligación de coincidir con nuestros planes.
Hay vínculos que terminan sin despedida, relaciones que cambian de forma, personas que ya no están —por decisión, por distancia o por la vida misma—. El estoicismo no niega el dolor de esas pérdidas, pero invita a no convertirlas en un padecimiento perpetuo.
Aceptar que nadie nos pertenece y que todo vínculo es, en esencia, transitorio, no vuelve a las relaciones más frías, sino más honestas. Permite querer sin poseer y agradecer sin exigir permanencias imposibles. Soltar personas no es dejar de quererlas: es dejar de reclamarles que sigan ocupando un lugar que ya no pueden o no quieren ocupar.

Otra de las claves estoicas es entrenar la mente para esperar menos del afuera y trabajar más sobre la propia respuesta emocional. No se trata de bajar la vara por miedo a frustrarse, sino de comprender que la serenidad no depende de que todo salga como queremos. Cuando la expectativa gobierna, cualquier contratiempo se vive como un fracaso. Cuando se suelta, lo que aparece es una mayor capacidad de adaptación. El foco deja de estar en controlar el resultado y pasa a estar en cómo atravesamos el proceso.
Tal vez uno de los apegos más difíciles de soltar sea el que tenemos con nuestra propia identidad. La idea de quién “deberíamos ser”, de lo que pensábamos que íbamos a lograr a cierta edad, de cómo creíamos que iba a ser nuestra vida. El estoicismo propone una revisión constante del yo, sin culpa ni nostalgia. Aceptar que cambiamos, que no todo salió como imaginábamos y que eso no nos invalida. Soltar versiones antiguas de nosotros mismos es una forma profunda de alivio emocional.

En tiempos donde se valora la intensidad, el control y la permanencia, el estoicismo ofrece una contracara potente: la tranquilidad que surge de aceptar. No desde la pasividad, sino desde la lucidez. Soltar no borra el dolor, pero evita que se cronifique. Tal vez por eso esta filosofía sigue siendo tan leída: porque en medio del ruido, recuerda algo esencial. No siempre podemos elegir lo que pasa, pero sí podemos revisar la idea que tenemos sobre eso que pasa. Y ahí, muchas veces, empieza el verdadero descanso emocional.
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