No quiero hablar más de mi dolor: una metáfora para pensar y animarse a pedir ayuda
En ocasiones, es necesario buscar consejos de un profesional para enfrentar lo que nos causa molestia, aunque todos contamos con la fuerza interior necesaria para combatirlo
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Hoy quiero compartirte un principio muy importante.
Te invito a imaginar un paisaje invernal. Está nevando y, en el interior de una casa, hay un hombre que está sentado, leyendo muy cómodamente en el living, junto al fuego. Sin duda, está feliz en ese espacio acogedor. Sin embargo, afuera está nevando. Salir de su hogar, obviamente, significaría tomar contacto con el malestar del frío. ¿Qué mejor que quedarse en casa, entonces, abrigado e ignorando la tormenta que arrecia en el exterior?

Pero, supongamos que la cantidad de nieve que cae continúa en aumento, al punto de obstaculizar la salida de la casa. En este caso, su lugar de comodidad acabaría convirtiéndose en su propia cárcel. ¿Qué debería hacer esta persona si eso sucediera? Abrigarse bien, salir con la pala, echar sal y limpiar el camino hasta que este quede totalmente libre de nieve.
¿A qué me refiero con esta metáfora? Cuando tenemos problemas, podemos evitarlos, evadirlos y refugiarnos cómodamente mirando hacia otro lugar que nos procure bienestar. O bien, podemos tomar la pala y la sal, y enfrentarlos.

Es mucho mejor pasar frío, angustiarse, sentirse mal por un tiempo y lograr limpiar el camino; antes que evitar la situación o ignorarla y luego quedar encerrados, atrapados, en nuestro propio resentimiento.
A veces, tendremos que buscar ayuda para enfrentar aquello que nos causa dolor y molestia, tal vez desde hace ya un tiempo. Sin embargo, todos contamos con la fuerza interior necesaria como para, continuando con la metáfora, atrevernos a salir al frío y ponernos a trabajar hasta que el camino quede totalmente despejado. La incomodidad de hoy significa el disfrute del mañana.
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