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La idea de hacer la producción en el Palacio Barolo nació del propio Joaquín Furriel (44), un fanático de la arquitectura. Y no es para menos. La majestuosidad de este tesoro porteño de principios de siglo XX –cuyo diseño está inspirado en la Divina Comedia– enseguida invita a las fotos. Y apenas llega, Joaquín se saca una selfie. "Se la voy a mandar a Sebastián Schindel. El documental que él hizo sobre este palacio, El rascacielos latino, me volvió loco", dice el actor en referencia al cineasta que lo dirigió en sus últimas películas, El patrón, radiografía de un crimen y El hijo. "Barolo es un edificio que conceptualmente me parece fantástico. Como este, hay cientos de construcciones maravillosas en Buenos Aires. Sólo hay que mirar para arriba para descubrirlas. Tal vez suene tonto, pero a veces hago el ejercicio de moverme en la ciudad como si la viera por primera vez, como cuando viajo a otro lugar", dice el protagonista de la serie de HBO El jardín de bronce.
Simpático y cordial, Joaquín mide sus palabras y cuida su mundo interior. Así como prefiere no hablar de su ex, Eva De Dominici (24), de quien se separó en junio de 2018 tras dos años y medio de relación, también elige preservar a su hija Eloísa (11), fruto de su relación con Paola Krum.
Nadie conoce la cara de mi hija y eso es un mérito de la madre y mío. Quiero que ella sea ella, no la hija de Furriel

–En El jardín de bronce, tu personaje vive el secuestro y rescate de su hija, y en esta segunda temporada, intenta recomponer su relación con ella. ¿Cómo fue transitar esta historia?
–Siempre trato de no trabajar de manera autorreferencial, no me conecto con mi "yo" como padre. Tengo un ejercicio del drama en el plano ficcional en el que economizo la energía que tengo y eso hace que cuando salgo, logro desconectarme por completo. Cuando corto de trabajar, corto.
–¿Qué nos podrías decir de tu relación con tu hija Eloísa?
–Estoy pensando qué contesto…Hablar de ella, que para mí es tan íntimo, me parece frívolo. Tampoco suelo comunicar mucho sobre esta parte de mi vida. Puedo decirte que lo que más me importa –y por suerte, su madre piensa lo mismo– es preservar su intimidad. El hecho que seamos actores no significa que nuestra vida tenga que estar expuesta. En general no invito a mi hija a mi mundo.
–¿Qué significa eso?
–No hablo de ella ni publico fotos con ella en Instagram. No critico a quien lo hace, sólo que yo no me siento cómodo en esa postura. La experiencia de la paternidad es algo tan personal que cuando lo veo en el ámbito mediático, me choca. Nadie conoce la cara de mi hija y eso es un mérito mío y de la madre. Quiero que ella sea ella, no la hija de Furriel. A Eloísa le pagamos la ropa que usa, no tenemos la obligación de vestirla con una marca determinada por canje. No nos nace, no nos gusta. Es como la religión. Nosotros no la bautizamos, pero a partir de ahora, que tiene una edad que puedo explicarle qué son las religiones, puede tomar una decisión al respecto. De algún modo, no quise hacer lo que mis padres hicieron conmigo. A mí me bautizaron, me dieron la primera comunión, fui monaguillo y de repente en la adolescencia, me pregunté él porqué de todo eso.
–Era el legado de tu familia…
–Sí, pero también un chico puede heredar la fama, la popularidad o como quieras llamarla. Los chicos que son famosos por su familia, de repente llegan a la adolescencia y ocupan el lugar en que lo pusieron el padre o la madre… Creo que es muy ingrato para el que no puede elegir. No importa si el actor tiene hijos lindos, me importa que sea buen actor. Por eso te digo, sólo se trata de elecciones. No hay nada al azar. Si a mí alguien me dice que está harto de que lo sigan los paparazzi, le digo: "Mirá, si te siguen es porque hiciste todo para que te sigan". A mí no me siguen y si me agarran en definitiva no tengo problema. No es que tengo un perfil bajo, para mí es una cuestión de ética profesional.
–¿Cuál es tu mayor miedo?
–El mismo de siempre y el más grande, la sensación de finitud. A veces creo que hacemos muchas cosas para no pensar en esas cuestiones que de verdad nos provocan angustia y miedo. También es cierto que después de haber sufrido un ACV hace cuatro años, ese miedo se me disipó cuando me di cuenta de que todo es más efímero y todo puede suceder en cualquier momento. Hay que estar agradecido con el presente y con lo que a uno le toca vivir.
–¿Qué otra enseñanza te dejó el ACV?
–La vulnerabilidad. Después del accidente decidí dejar de armarme estructuras y empezar a mostrarme más como soy. Antes, si yo estaba con cierto grado de angustia, no lo compartía con nadie, no existía esa posibilidad para mí. Ahora cuento mucho más las cosas que me pasan, lo que pienso.

–¿Estás enamorado?
–Estoy solo, tranquilo. Disfrutando de los momentos de soledad.
–¿Creés en el amor para toda la vida?
–No sé en qué momento de la historia el amor se transformó en un lugar en el que estar con alguien significa estar para toda la vida. Como si de repente todos fuésemos como el cóndor, que tiene una sola pareja hasta el día de su muerte. Yo no creo en esa construcción del amor para toda la vida. En mi caso, creo que el amor se renueva de modo permanente, en eso soy mucho más taxativo. Yo fui un chico nacido en el seno de una familia de clase media, criado como un machito alfa de barrio y de repente me saqué todos esos mandatos de encima.

Estilismo: Romina Giangreco para agencia RFG Stylecoaching. Peinado y maquillaje: Emmanuel Godoy. Agradecimientos: La Dolfina, Los Blanco, Herencia, Grimoldi, Armani, Bowen, Palacio Barolo y Salón 1923
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