“Abuelas”: el libro que recupera las historias de las mujeres que se animaron a romper los moldes del siglo XX
Una de ellas fue Nicou, hija de un francés que de pequeña soñó con ser actriz y dedicarse al arte; después de un matrimonio difícil y de cortar con los mandatos, vivió solo para ella
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Decía que Salvador Dalí la invitó a una cena de gala en París, que conoció a Dwight D. Eisenhower en Mar del Plata y que él mismo le concedió una medalla por su belleza. Ganó dos premios Estrella de Mar y sufrió hasta sus últimos días por amor. Norma Amanda nació en Bahía Blanca en 1934, aunque ella repetía que fue en 1937. Incluso borró la fecha de su documento y le agregó un 7 final. Todo el mundo la conocía como Nicou, una mujer extravagante como las historias que contaba, pero que en su relato reflejaba la vida de una de las tantas argentinas del siglo XX que soñaban con triunfar.
Nicou era hija de un inmigrante francés, Eliseo, quien jugaba al billar más de lo que trabajaba; y de Elba, una criolla bahiense heredera de una cochería en pleno centro de la ciudad portuaria. Gracias a su sapiencia en el tejido, fue el sostén de la familia durante décadas.

Cuando tenía nueve años, enfermó de polio, en un contexto donde el brote de esa enfermedad afectó a miles de niños argentinos y más de uno falleció. Pero Nicou fue fuerte; la natación y una buena alimentación le permitieron recuperarse, y la renguera pasaba desapercibida cuando caminaba, producto de un zapato más alto que el otro.
En 1952 su familia se mudó a Mar del Plata, una ciudad con un horizonte prometedor. La clase social alta y media vacacionaba en verano y eso traía oportunidades laborales e incluso para el amor, de ese que la entonces adolescente aspiraba a conseguir algún día.

Ella y su hermana Jolie se encontraron en un mundo nuevo, con otro tipo de gente y un entorno muy distinto al de Bahía. En ese tiempo se insistía en que los jóvenes terminaran la escuela primaria, pero la secundaria no siempre era una meta a lograr. Sin embargo, Nicou, contra todo pronóstico, terminó a los 18 años y cumplió con el propósito de tener una educación completa.
“La Perla del Atlántico” era la atracción de muchos entre diciembre y principios de marzo. La arena dorada, la alegría en las calles, las incipientes obras teatrales y los negocios que competían por atraer la mirada de los porteños que llegaban en masa para el relax.
Con 20 años y en ese entorno festivo, Nicou había sido rechazada de un noviazgo que, aunque aparentaba ir viento en popa, a final de cuentas se hundió como los lobos marinos marplatenses se perdían en el fondo del mar. El desprecio la llevó a un llanto interminable por la calle misma que Ricardo conducía con su auto elegante.
“¿Por qué una chica tan linda llora así?”, preguntó el desconocido que la seguía a paso lento. Nicou se sorprendió en lugar de asustarse y, como un relato romántico, ella le contestó con sinceridad. Pocos días después de ese encuentro volvieron a verse y surgió una relación tímida que se extendió hasta 1953, cuando se casaron.
Ricardo era contador y gerente del Hotel Provincial. Había ascendido repentinamente y su situación económica era próspera. En cada visita a la casa de Nicou, Eliseo le insinuaba una fecha de matrimonio. En aquella época, los padres no dudaban en exigir el casamiento de sus hijos; tras el estudio escolar, encontrar un pretendiente era más importante que planear una carrera. No se concebía la idea de recorrer el mundo si no era de la mano de alguien, y mejor si también había hijos.
En 1956 nació la primera hija de Nicou y Ricardo. Dos años después llegó el varón. Por fin la familia estaba constituida y, para esos tiempos, había sido con la prontitud adecuada. De esa manera y como otras tantas mujeres de clase media, Nicou se sumió en la maternidad y el trabajo doméstico. Su rutina era simple y solo dependía de criar a sus pequeños mientras Ricardo traía el dinero a casa. Pero, en lo profundo de sí misma, esa mujer que había sido extravagante de chica, añoraba su grupo de teatro, sus charlas de literatura y volver a estudiar.
En 1969 empezó la carrera de Derecho en la recientemente inaugurada Universidad de Mar del Plata y al año se convirtió en parte de la resistencia estudiantil contra las dictaduras de Juan C. Onganía, Roberto M. Levingston y Alejandro A. Lanusse. Mientras las protestas se hacían presentes en su vida y se avecinaba el retorno de Juan D. Perón a la Argentina, Nicou viajaba seguido a Buenos Aires con sus amigos de facultad. La frecuencia era tanta que decidió comprar un departamento en la capital, del cual también su esposo gozaba en intermitentes viajes solitarios.

Nicou era libre y experimentaba la brisa del jazz que rodeaba a un sector culto y snob de la sociedad porteña. Paseaba por las galerías de arte y tenía amantes. Al igual que su esposo. El matrimonio no iba más y, pese al maltrato verbal recíproco, no se separaron hasta que sus hijos ingresaron en la facultad.
A diferencia de su hermana, temía al “qué dirán” y entendía que la mujer se debía a su pareja. Aunque lo amaba, ella necesitaba seguir su camino. Por ese motivo, con el retorno de la democracia y un breve período de trabajo como abogada, empezó a dar clases de Filosofía en la Facultad de Derecho. Además, retomó el teatro. Por su parte, Ricardo hizo lo suyo y construyó una riqueza que le aseguró una cómoda jubilación hasta su muerte.
Nicou actuó en teatro. Se acopló a la temporada de verano cuando las estrellas llegaban desde Buenos Aires. Decía que el presidente de los Estados Unidos, Eisenhower, le había regalado una medalla por su belleza durante una visita de Estado. O más bien, que Salvador Dalí y su esposa la habían invitado a cenar en una reunión de gala en París.
Por sus actuaciones recibió en dos ocasiones un premio de Estrella de Mar y cumplió parte de su meta como artista bohemia. A Nicou le gustaba ser servida y tratada como una estrella de corte francés, fina, hermosa y elegante. Culta y capaz de enamorar a más de uno con sus relatos, muchos de ellos ficcionales.
En 2011, Nicou murió. Hasta sus últimos días no dejó de pensar en su esposo, Ricardo, a quien llamaba todos los días por teléfono. Sus cenizas fueron esparcidas en la parcela que su exesposo había comprado en un cementerio privado.

Esta y otras historias apasionantes que retratan un siglo épico de nuestra identidad nacional se encuentran plasmadas en el libro: Abuelas, historias íntimas de seis mujeres en la Argentina del siglo XX, de las autoras María Bjerg, Inés Pérez, Cecilia Allamandi, Cecilia Belej, Débora Garazi y Mirta Zaida Lobato.
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