Una súplica al señor San Martín por una deuda por el juego
Si tuviéramos la posibilidad de viajar en el tiempo hasta 1816 y observar desde las alturas la ciudad de Mendoza y sus alrededores, creeríamos estar viendo un hormiguero. Por la gran densidad de personas, pero sobre todo, por sus movimientos, constantes y coordinados. Es que allí se gestaba un gran ejército, una cofradía de héroes dispuestos a enfrentar todo tipo de obstáculos, tras el gran objetivo de la libertad de los pueblos. Al frente de todas esas almas estaba el general José de San Martín.
En aquel hormiguero cada individuo debía hacer su trabajo. San Martín era un enérgico promotor del orden y la disciplina, ya que consideraba que así se salvaban vidas. Pero un joven oficial equivocó el camino. Se lo comisionó para llevar una suma de dinero al campamento del Plumerillo. Ese importe se usaría para pagar una parte de los sueldos a una compañía, tanto a los soldados como a los oficiales. Antes de ir al campamento, aprovechó a visitar a un camarada que se encontraba en la ciudad reponiéndose de una enfermedad. En la casa del convaleciente, en una concurrida mesa, un grupo jugaba al monte. El joven oficial no pudo resistir la tentación y se sumó al juego que era la perdición de los apostadores.
Nunca pensó en exponer el dinero de los soldados, pero sí la pequeña parte que le correspondía a él. Tenía deudas con el sastre, el zapatero, la lavandera y el cigarrero. Tal vez, un par de manos le permitirían mejorar su capital y saldar las deudas. Pero no. Perdió una, dos, tres veces. Con absurda esperanza, comenzó a jugar con el dinero ajeno, que fue evaporándose. Ya era de noche cuando salió de la casa con la bolsa vacía. Consternado, acudió a la casa de un par de amigos para pedirles auxilio económico. Pero no tenían con qué ayudarlo. Entonces, decidió ir al campamento de Plumerillo a entrevistarse con San Martín.
Frente a su superior, aclaró: "No vengo a buscar al general, sino al ciudadano José de San Martín". De inmediato le contó su grave error y le pidió abandonar el glorioso ejército para convertirse en peón o sirviente del general, hasta poder cubrir con su trabajo cada peso que había perdido. San Martín tomó unas onzas de oro, se las entregó y le advirtió: "Si alguna vez el general San Martín llega a saber que usted ha revelado algo de lo ocurrido, en el acto lo manda fusilar".
Este episodio fue narrado por Gerónimo Espejo, oficial del Ejército Libertador. Según dijo, lo escuchó de labios del propio San Martín, durante una comida en Lima. Sin embargo, el nivel de detalle que brindó Espejo al evocarlo, nos hace preguntar —ya que él, con 15 años, servía en el Ejército— si no habrá sido el protagonista. Tal vez, hizo Espejo un relato de sí mismo.
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