“Tenía que darle de comer a mi familia”: el drama de los chicos que dejan la escuela para trabajar y “pensar como adultos”
Lucas había cumplido 14 años cuando abandonó el colegio para atender una verdulería 12 horas por día; como él, casi la mitad de los adolescentes de los barrios populares empiezan a trabajar a esa edad o antes; lo revela un informe de CIAS y Fundar
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Lucas Paredes tenía 14 años y pidió que le pagaran por día. Lo propuso apenas consiguió un trabajo informal en una verdulería que se instala en ferias que recorren los barrios porteños.
En aquel momento, Lucas vivía con su mamá y sus hermanos de 8 años y 17 años en Villa Soldati. Su papá se había ido de la casa y no aportaba dinero. Su mamá, que estaba embarazada y no conseguía trabajo, cobraba una asignación que le alcanzaba solo para asegurarle la comida del más chico. Como cena, los más grandes tomaban té. Cuando se acababa, se hacían una chocolatada con agua y cacao.
Lucas empezó a trabajar de 5 de la mañana a 5 de la tarde. 12 horas. Se levantaba a las 4 y tomaba un colectivo o dos para llegar hasta donde estuviera el puesto de la verdulería.
Muy delgado y de contextura pequeña, cargaba cajones de frutas y verduras que pesaban más que él. Cuando terminaba, salía con el tiempo justo para entrar a la escuela nocturna, donde cursaba segundo año de la secundaria.
Recuerda que por esa época le había empezado a doler todo el cuerpo. Terminaba tan cansado de trabajar que se quedaba dormido en clase.
Pero lo que ganaba no era suficiente. Por eso sumó un trabajo por la noche, de delivery por Palermo. Dejó de estudiar.
“Compraba alitas de pollo y polenta. Teníamos que sobrevivir, no podíamos pasar más hambre”, recuerda con dolor Lucas, que hoy tiene 25 años y cuenta su historia a LA NACION.
La necesidad de trabajar se impone en muchos adolescentes como Lucas. De hecho, el 43%, es decir casi la mitad de los chicos que crecen en villas y barrios populares del AMBA trabajó por primera vez antes de los 15 años.
Las cifras surgen de un estudio del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) y Fundar, difundido en exclusiva por LA NACION. Las revelaciones provienen de una encuesta hecha a jóvenes que hoy tienen entre 16 y 24 años.
Las consecuencias del trabajo temprano son graves. En los barrios populares el 42% de los jóvenes dejó la escuela. Cuando se indaga sobre las razones, la necesidad de trabajar explica el 33% de los abandonos.
“La mayoría de los chicos que dejan el colegio empiezan a trabajar a los 14 años o menos. Lo hacen para ayudar en los hogares, que en cuatro de cada 10 casos son monoparentales y en su mayoría el jefe de hogar es una madre sola, que generalmente no tiene trabajo”, explica Daniel Hernández, uno de los investigadores del estudio.
“Siempre quise volver a estudiar”
Antes de dejar la escuela, Lucas había repetido primer año en una técnica a la que iba. Dice que en su casa se le hacía difícil estudiar porque sus amigos lo buscaban para ir a jugar a la pelota, para estar en la esquina.
“Me puse las pilas al año siguiente y me fue muy bien. Me quedaba un rato más en el buffet del cole para terminar la tarea y repasaba para alguna prueba”, cuenta.
Pero su rendimiento bajó de nuevo cuando sus padres se separaron. “Me angustié mucho y me empezó a ir mal. Cuando empecé a trabajar, me cambié a la nocturna y me esforzaba, pero estaba muy cansado. Después dejé”, explica. En ese camino, Lucas, que tenía solo 15 años, se sentía muy solo.
A los 16, un amigo lo recomendó para ser ayudante de albañil en una obra. Dejó los trabajos anteriores y comenzó a cobrar un poco mejor. “Los más grandes me veían tan chico que me decían que retomara el colegio. Yo les decía que tenía que darle de comer a mi familia. Tenía que pensar como un adulto”, cuenta.
Con el nacimiento de su hermanita, en su casa ya eran cinco. Al poco tiempo, su madre consiguió trabajos en casas de familia y su hermano mayor hacía algunas changas en el barrio. Eso, dice Lucas, ayudó mucho, pero él sintió que tenía que seguir trabajando.
Le dolía el cuerpo todo el tiempo y empezó a toser sangre. “Un médico me dijo que era por aspirar el polvo de las obras, el cemento, la cal. Eso entra en los pulmones. Por eso ahora uso una máscara”, explica.
Cuando lo contrataron en una obra, esta vez en blanco, se dio cuenta de los beneficios de tener una cobertura social, al menos temporal. Entonces volvió a tratar de estudiar. Gracias a un compañero de trabajo, se anotó en una escuela nocturna. Pero la dejó al poco tiempo porque no le reconocían las materias que ya tenía cursadas.
Después llegó la pandemia de coronavirus y todo se complicó más. Nadie podía salir de la casa y su abuelo paterno, a quien acudían a veces cuando el hambre era insoportable, se ofreció a ser el sostén económico. Era camionero y tenía un permiso especial para salir. Lucas cuenta que en ese momento se sintió cuidado y tranquilo.
Un día se enfermó de covid. Dice que por el estado de sus pulmones, a pesar de su edad, casi se muere. En esa época tuvo tiempo para pensar que estaba malgastando su salud y su juventud en trabajos mal pagos. Quería estar tranquilo, tener una cobertura médica.

“Por primera vez, me imaginé quién quería ser en 10 años”. Se propuso volver a estudiar para tener un trabajo mejor, porque “hasta para barrer piden un analítico”.
“La problemática de estos chicos tiene un impacto grave en su presente y futuro porque solo consiguen trabajos insalubres e informales”, analiza Hernández y sigue: “Esto revela un problema estructural que atraviesa varios gobiernos. Hay una desinversión progresiva en los chicos y las chicas de los barrios populares y se nota”.
Cuando la red, en parte, funciona
Son más de las seis de la tarde de un lunes oscuro y lluvioso. Lucas se apura a cruzar una esquina céntrica del barrio de Parque Patricios para llegar a clase. Este año pudo retomar de manera formal la secundaria en el Bachillerato Raymundo Gleyzer, que es parte de una red de centros educativos de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (Utep), que dan títulos oficiales para adultos de bajos recursos.
Al entrar al edificio lo saludan los profesores y compañeros. Antes de la clase, explica a este medio que le costó anotarse porque con 25 años tenía vergüenza de retomar algo que había dejado a los 14. No me creía capaz, dice. “Acá entienden que estás trabajando si llegás tarde alguna vez o faltás. Están siempre atentos a que entiendas y preguntes. Me siento cómodo y confiando en mí”, dice.
Su plan es obtener su título y su sueño más próximo es convertirse en chofer de colectivo en la empresa donde trabaja su padre, con quien ya curó heridas y hoy se lleva muy bien.
Entender la realidad de los jóvenes que vuelven a estudiar es clave, dice Natalia Corral, referente de ese centro al que llaman Bachi y que se replica en otras dos sedes: Bajo Flores y La Boca. “Como Lucas, muchos chicos de 17 o 18 vienen después de haber dejado el colegio porque tenían que trabajar, cuidar hermanos o que tuvieron experiencias educativas en donde se sintieron excluidos y que nada les servía”, explica.
“Necesitan referentes que los vayan guiando y acá los tienen. Pueden recuperar clases, son escuchados y son parte de la construcción de su trayectoria educativa”, asegura Corral. Cada curso tiene en promedio 30 alumnos y el nivel de egreso es alto, el año pasado, 31 jóvenes obtuvieron su título.
Lucas se sienta en su banco y explica que es duro tener que trabajar de chico, que para él fue inevitable. Luego abre su mochila y de una bolsa de plástico, entre la ropa de trabajo, una máscara y las herramientas, saca un par de biromes de colores y un cuaderno.
Tiene la letra clara y prolija. “Todos deberíamos tener oportunidades. Yo le digo a mi hermano menor que ni piense en dejar el colegio, que se imagine qué quiere para él en 10 años. Estudiar te asegura un mejor trabajo, con suerte uno en blanco. Y eso es lo que quiero para mí”.
Más información
Los Bachilleratos Populares para jóvenes y adultos de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP) ofrecen títulos oficiales y tienen tres sedes: Parque Patricios, Bajo Flores y La Boca. Son gratuitos y dan varios servicios a la comunidad, como apoyo escolar en todos los niveles.
- Si querés saber más sobre ellos o colaborar, hacé clic aquí.
- Si te querés comunicar con ellos, podés escribirles a bachipp@gmail.com
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