Papelón en vivo: el día que el arquero de la selección fue a explicar una goleada, lo atacaron de todos lados e irrumpió un viejo conocido para salvarlo
El día quedó en el inconsciente popular: luego de la derrota por 5 a 0 ante Colombia, Goycochea quiso defender su actuación pero Sanfilippo se lo comió crudo; hasta que apareció Bilardo
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El país todavía no lo había procesado. El 5 de septiembre de 1993, en el Estadio Monumental, la Selección de Colombia había hecho algo que hasta ese momento parecía imposible: desarmar a la Selección Argentina en su propia casa. Cinco goles. Cero respuestas. Un frío silencio que bajó desde las tribunas y quedó flotando en el país.
No era solo una derrota rumbo a Copa Mundial de la FIFA 1994. Era una herida en la identidad. Días después, esa herida se presentó frente a cámara. El estudio de Tiempo Nuevo, en Telefe, tenía ese clima raro de las noches donde se sabe que algo puede desbordarse. Técnicos en silencio. Productores atentos. Y en el centro, Sergio Goycochea. El arquero que había sido héroe en el Mundial de Italia 90 atajando penales que llevaron al equipo a la final contra Alemania, estaba ahí, quieto, contenido, con la mirada firme pero el cuerpo tenso. Como que intuía lo que venía.

Bernardo Neustadt abrió el programa con tono grave: “La Argentina necesita explicaciones”. Las imágenes del 0-5 volvieron a pasar. Cada gol parecía más lento que el anterior. Más inevitable. Más doloroso. Cuando regresaron al piso, la primera pregunta fue directa:
—Goycochea, ¿qué pasó esa tarde?
El arquero eligió la sobriedad:
—Nos superaron. No hay mucho más que decir.
Pero en esa mesa había alguien que no creía en las respuestas cortas.
José Francisco Sanfilippo –ex futbolista- se acomodó, lo miró fijo y entró sin rodeos:
—Sí, hay más para decir.
Silencio.
—Porque no fue solo el equipo.
Goycochea sostuvo la mirada.
—Es un deporte colectivo.
Sanfilippo negó. La tensión apareció de golpe.
—¿Qué querés decir?, preguntó Goyco.
—Que en el arco se decide. Y vos… dudaste.
—No coincido.
—Te comiste todos los amagues, pibe, disparó Sanfilippo.
La frase cayó como un golpe seco.
Neustadt giró levemente, incómodo.
—José…
—No, Bernardo, dejame terminar, insistió. Porque esto hay que decirlo.
Goycochea estaba molesto, apretaba los labios y acumulaba bronca.
—Son jugadas muy rápidas…, alcanzó a decir.
—No. Son decisiones, lo cortó Sanfilippo. Y las tomaste mal. Si tengo que hacer mi análisis personal yo diría que el equipo jugó desconcentrado totalmente, como que los jugadores no estaban en el partido. Si Colombia ganó 5 a 0, no solo ganó porque es un equipo de monstruos, de grandes jugadores, sino porque Argentina lo ayudó. Yo sin que se enoje el amigo, del cual he hablado siempre bien, tengo que decirle que usted recibió cuatro goles en los dos partidos contra Colombia en el mismo lugar. Y usted se comió todos los amagues en este partido, como en otros fue un fenómeno.

En el estudio, otro arquero legendario como Hugo Gatti intentaba defender a Goyco, lo mismo que el Beto Alonso. El respetado Adolfo Pedernera, la periodista Eglis Giovanelli y el jugador Carlos Enrique observaban azorados. Ana Laura, la esposa de Sergio Goycochea, que estaba presente fuera de cámara, se alejó y lloraba a un costado del estudio.
Una irrupción en vivo: el hombre que nadie esperaba entró de repente
Mientras transcurría el programa, de repente irrumpió nada menos que Carlos Bilardo en escena, el DT Campeón del Mundo en México de 1986 y subcampeón en Italia 90. Neustadt, sorprendido, lo presentó como pudo, y Bilardo no se calló:
-No estoy de acuerdo con Sanfilippo, qué le tiene que dar consejos. Quién es quién es para darle consejos.
-Yo fui un goleador que vos no fuiste. Tengo condiciones suficientes para saber cómo enfrentar un arquero.
-Yo sé lo que dicen los amigos de Sanfilippo. No tiene que venir acá a sacar defectos. Que vaya y se los diga a Basile (Alfio, DT del seleccionado), no acá. Esto tienen que arreglarlo ellos, los jugadores, y no acá, tienen que clasificar, porque si no se van a tener que disfrazar de árabes e irse. Estoy nervioso porque no puedo escuchar una cosa así. Hay que ayudar en este momento a la selección, no criticarla. Hay que tener cuidado con lo que se dice. Yo nunca me pongo contento cuando el rival juega bien como dijo Gatti. Que juegue bien contra otro, no contra mí. Y a Goyco no se lo puede atacar. No se puede a las 48 horas del partido, matarlo. Por eso, Goyco, vos te tenés que parar y te tenés que ir de esta mesa...

El programa ya no era un programa. Era una escena. Una descarga. Goycochea se enderezó y lanzó observando fijo y con furia a Sanfilippo: “Yo no me escondo”. Sanfilippo también lo miró. Intentó contestarle a Bilardo: “Cómo va a venir a desautorizarme, yo fui más grande que él setenta mil veces”.
La tensión creció. El programa seguía. Apareció otro jugador, Jorge Borelli, que había jugado ese partido junto al arquero, pidió salir por teléfono y dijo que no conocía a Sanfilippo, pero que solo hablaba “porque le gusta figurar”. “A Goyco lo quiero apoyar en todo sentido. Hay cosas que yo no soporto escuchar acá en mi casa. Me imagino él. Estoy nervioso porque no puedo escuchar una cosa así”, expresó con dolor.
Ya nada volvió a su lugar. La sorpresa era general. El 0-5 había sido una derrota histórica. Pero esa noche, en ese estudio, se jugó otro partido. Frente a millones, el fútbol argentino mostró algo más profundo que una goleada: mostró que cuando se rompe el equilibrio con ciertas cosas que se dicen y se repiten, ya no hay análisis frío. Solo hay falso protagonismo en algunos, choque, enfrentamiento y rabia acumulada.
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