Rusia se acerca al abismo: el sombrío panorama que enfrenta tras cuatro años de guerra
El crecimiento de los últimos años demostró ser un espejismo de una economía de guerra subsidiada; la población paga la factura con impuestos más altos
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PARÍS.– Más de cuatro años después del inicio de la “operación militar especial” en Ucrania, que debía llevar a los tanques del Kremlin a Kiev en tres días, Rusia parece acercarse inexorablemente al abismo. En el frente, el Ejército se encuentra estancado, el desgaste humano es catastrófico, las arcas del Estado están vacías, mientras Vladimir Putin hace que sus ciudadanos paguen directamente la sangrienta factura, asfixiados por la represión y el aumento de los impuestos.
Durante mucho tiempo, la economía rusa pareció desafiar los pronósticos de las Casandras occidentales. A pesar de las sanciones masivas, el Kremlin exhibió tasas de crecimiento elogiadas como prueba de la supuesta resiliencia de Moscú. Pero las apariencias engañan: ese crecimiento inicial no fue más que un espejismo en una economía de guerra masivamente subsidiada que ahora se está agotando.
Cuatro años y dos meses después del inicio del conflicto, la situación ha dado un vuelco radical. Una inflación galopante, tipos de interés exorbitantes del 16 %, una escasez de mano de obra crítica y una caída vertiginosa de los ingresos del sector energético están sumiendo a la economía rusa en un estancamiento inevitable.
Por primera vez desde el comienzo de la guerra, la popularidad de Vladimir Putin cayó por debajo del 70%. Por séptima semana consecutiva, su índice de aprobación volvió a bajar, esta vez situándose en el 65,6 %, según la última encuesta del instituto oficial VTsIOM (frente al casi 75% de principios de febrero).

“Paralelamente, la supuesta salvación que ofrece China se está convirtiendo en una dependencia peligrosa, reduciendo a Rusia a una mera colonia de explotación de recursos”, señala Claude Blanchemaison, exembajador francés en Moscú.
Pero ahora la guerra empieza a reflejarse de manera concreta en la vida cotidiana de la población rusa, algo que hasta ahora no había ocurrido con esta intensidad. Desde hace dos meses, los rusos sufren un corte masivo en los servicios digitales que los empuja a formas de vida propias de décadas pasadas.
Ya no se puede pagar con tarjeta en muchos establecimientos, solicitar servicios mediante aplicaciones o abonar el estacionamiento de manera rápida y automatizada. El impacto económico ha sido inmediato para numerosos comercios, tanto en la capital como en el resto del país, golpeados por una disrupción inédita del sistema digital.
“El 88% de las transacciones en el mercado de consumo se realizan con tarjeta bancaria, a menudo mediante conexiones móviles”, explica a L’Express el economista Vladislav Inozemtsev. “Hoy, los rusos están dando un gran paso atrás. ¿Por qué? Simplemente por la voluntad de Putin” agrega.
Es el FSB –sucesor del KGB– quien está al mando de esa operación de censura que afecta el acceso a Internet, a la aplicación de mensajería Telegram –que cuenta con unos 100 millones de usuarios mensuales en Rusia– y los VPN, que permiten eludir las prohibiciones al asegurar la conexión y ocultar la ubicación.
“Los servicios de seguridad quieren crear un gulag digital porque consideran que Internet es una amenaza. Pero esto está generando tensiones enormes en la sociedad”, comenta Alexander Kolyandr, investigador no residente del Centro de Análisis de Políticas Europeas.
Cortes intermitentes
El problema es todavía peor con los cortes intermitentes de la red, que impiden que los habitantes de las zonas fronterizas de Ucrania sean alertados durante los ataques de drones. Por su parte, la prohibición de Telegram afecta directamente a las unidades militares rusas, lo mismo que a todos los organismos oficiales, que la utilizaban como medio de comunicación interna y como su principal herramienta de propaganda. El descontento está creciendo, al punto de que hasta los círculos allegados al poder hacen oír su voz, aún a riesgo de sus propias vidas.
Eso fue lo que le sucedió al bloguero pro-Kremlin Ilya Remeslo, quien terminó internado en un hospital psiquiátrico después de haber pedido la “renuncia” de Putin y criticar una “guerra sin salida” que le está costando miles de millones de rublos a la economía rusa, sin contar con los numerosos funcionarios que, curiosamente, deciden uno tras otro caerse de los balcones.
“Por primera vez desde la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, la élite rusa parece estar al borde de un cisma. Si bien cada crítica tomada individualmente puede parecer insignificante, su conjunto es significativo”, señala la politóloga Tatiana Stanovaya en una nota reciente publicada en el sitio del Centro Carnegie Rusia-Eurasia.

La situación es tan tensa, que esta semana se han multiplicado las informaciones según las cuales Vladimir Putin viviría “bunkerizado” por temor a un golpe de Estado o, incluso, a un atentado contra su vida.
Y las razones para esa indignación popular no son pocas. En el frente, el Ejército se encuentra estancado: desde principios de 2024, ha conquistado menos del 1,5 % del territorio ucraniano, según un análisis del Center for Strategic and International Studies. Las pérdidas rusas se estiman en 1,2 millones de bajas, entre muertos, heridos y desaparecidos.
Para sostener su “operación especial”, el Kremlin ha volcado su economía hacia la producción militar y las arcas del Estado están casi vacías. En el primer trimestre de 2026, el déficit ya había superado las previsiones oficiales para todo el año, alcanzando casi los 61.000 millones de dólares.
En 2023 y 2024, Rusia experimentó un crecimiento artificial, impulsado por el gasto militar. El presupuesto federal pasó de 32,35 billones de rublos en 2023 a 40,2 billones en 2024, lo que supone un aumento del 25%. Sin embargo, este efecto se disipó en 2025. Lo que es peor: ha dejado tras de sí una economía exhausta, dependiente de un sector militar que no genera riqueza ni empleo sostenible. Según el ministro de Defensa, Andrei Belousov, el gasto militar real –incluidos los presupuestos clasificados– alcanzó el 7,3 % del PBI en 2025, una cifra muy superior al 2,9% declarado oficialmente.
¿El problema? Este maná solo beneficia a una ínfima minoría. Las fábricas de armamento, como la de Motovilikha Plants en Perm, funcionan a pleno rendimiento, pero el resto de la industria civil se desmorona. Un directivo de NPN Holding, una empresa manufacturera, declaró a la radio regional de Pskov: “Relanzar la industria rusa es ya imposible. No hay mercado, ni crédito, ni posibilidad de adquirir equipos de alta tecnología”. Incluso China, conocida por su pragmatismo, se niega ahora a vender maquinaria a Rusia por temor a las sanciones occidentales.
Y, como no tiene otra solución, el régimen ha decidido que la población pague la factura con impuestos cada vez más exorbitantes.
“Las cifras que circulan son correctas. En 2025, los ingresos estatales derivados del petróleo y el gas –golpeados por las sanciones occidentales y los ataques ucranianos– representaron solo el 23% del presupuesto, el porcentaje más bajo en 20 años. Para compensar esas pérdidas, el Kremlin amplió la base imponible del IVA.
Después de aumentar del 20% al 22% a principios de año, ese impuesto afecta ahora a muchas más empresas. Hasta ahora, las empresas con un volumen de negocio inferior a 60 millones de rublos (unos 801.000 dólares) estaban exentas del IVA, pero este límite bajará a 20 millones en 2026, y a 10 millones (133.000 dólares) para 2028”, confirma Alexandre Melnik, exdiplomático ruso, profesor del ICN Business School.
Desánimo empresarial
Esa situación ha afectado sensiblemente el ánimo del empresariado ruso. Según un estudio de la Fundación de Opinión Pública de la Escuela Superior de Economía de Moscú, uno de cada tres planeaba cerrar su empresa para el primer trimestre de 2026: una caída de 8 puntos en comparación con el mismo periodo del año pasado.

“Las inversiones orientadas al armamento y al complejo militar-industrial, en realidad, no benefician a nadie y los problemas estructurales se agravan”, observa Tatiana Kastouéva-Jean, directora del Centro Rusia/Eurasia del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI). “El dinero es muy caro, la presión fiscal aumenta... Los empresarios ya no pueden trabajar con normalidad. Están en una gestión de crisis permanente y no ven la salida”, agrega.
Por su parte, las infraestructuras se siguen desmoronando por falta de inversión. Los incidentes en las redes de calefacción, electricidad y agua son innumerables. Y la propia la propia Cámara de Cuentas de Rusia, afirma que lo mismo sucede con el transporte público. La institución estima que cerca del 90% de los proyectos de desarrollo de infraestructuras de transporte presupuestados no se habían completado según lo previsto.
“Incluso en las regiones más pobres de China, los niveles de ingresos superan a los de las regiones más pobres de la Federación de Rusia. La población rusa disminuye en 600.000 personas cada año. El crecimiento anual promedio del PBI durante la última década ha sido del 1,5%. En ese mismo periodo, los precios al consumo han aumentado un 77% [...] Y, por una razón que desconozco, el presidente no exige nada ni castiga a nadie”, denunció Robert Nigmatullin, profesor y académico de la Academia de Ciencias de Rusia, en un discurso a principios de abril durante el Foro Económico de Moscú.
El mismo Vladimir Putin reconoció en directo por televisión que el país estaba ante “una dinámica económica en declive”, exigiendo a sus lugartenientes medidas rápidas para reactivar el crecimiento.

Pero no todas son malas noticias para el Kremlin, quien debería beneficiarse considerablemente de la situación provocada por la guerra de Irán y su consecuencia directa, el aumento del precio del petróleo, de los fertilizantes y los cereales. Sin embargo, según los especialistas, se necesitaría mucho más para sanear la economía.
Porque la indignación crece. En Volgogrado, estallaron manifestaciones espontáneas contra el aumento de los precios. En Pskov, los comerciantes organizaron una huelga fiscal, negándose a pagar el IVA incrementado. En Moscú, jubilados manifestaron ante el Kremlin para exigir un aumento de sus pensiones, congeladas desde 2022.
“El Kremlin responde con represión. Los manifestantes son arrestados, los medios independientes silenciados y las redes sociales censuradas. Pero la indignación está ahí, latente, profunda, y no hará más que aumentar a medida que la crisis se agrave”, advierte Alexandre Melnik.
Desde 2022, más de un millón de rusos han abandonado el país, según estimaciones de la OCDE. Ingenieros, médicos, emprendedores, artistas. Una hemorragia de talento que Rusia no puede permitirse. Para Putin, estas partidas son una traición. Para la economía rusa, son una catástrofe.

Ironía de la historia: mientras Rusia se hunde en la crisis, Ucrania, a pesar de la guerra, proyecta un crecimiento del 2% para 2026. Una cifra modesta, pero simbólica. Simbólica, porque demuestra que incluso bajo las bombas, Ucrania logra mantenerse en pie. Mientras tanto, Rusia se desmorona bajo el peso de sus propias contradicciones.
Así las cosas, las opciones del Kremlin son limitadas.
“Podría intentar una tregua en Ucrania –¿cómo la que acaba de proponer Putin para el 9 de mayo?–, pero eso significaría admitir el fracaso. Podría reducir el gasto militar, pero eso debilitaría su posición frente a la OTAN. Podría buscar un acuerdo con Occidente, pero tras dos años de guerra y represión, ¿quién volvería a confiar en él?”, analiza Serguei Jirnov, exoficial de inteligencia el KGB.
A su juicio, la única salida que le queda a Vladimir Putin es la persistencia: “Continuar la guerra, continuar mintiendo, continuar reprimiendo. Hasta que el sistema colapse bajo su propio peso”.
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