Son hijos de dos figuras de peso, se casaron a lo grande y al año ya se habían separado: a 23 años de la boda de Cristian y Gabriela
Él tenía 28 y ella 22; cuando decidieron dar el “sí, quiero”, todo un país se paralizó; hubo más de 100 efectivos de seguridad y un despliegue a lo Hollywood; once meses después estaban tramitando el divorcio
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Fue, sin exageraciones, el casamiento que más celebridades, empresarios poderosos y apellidos influyentes congregó en toda la historia del Paraguay. Asunción se transformó durante un fin de semana en una postal de glamour internacional, con despliegue de seguridad extremo, lujo sin concesiones y un protagonista indiscutido: el amor fulminante entre Cristian Castro y Gabriela Bo. La fecha quedó marcada en el calendario social como un antes y un después. Y no solo por el enlace en “sí, quiero”, sino por todo lo que lo rodeó.

A los 28 años, el cantante mexicano llegaba rendido, convencido y profundamente enamorado. A su lado, Gabriela, de apenas 22, heredera de una de las familias más poderosas del país, lo escuchaba con una sonrisa tímida y una mirada que decía más que cualquier declaración. “La pasión que siento por esta niña es difícil de explicar”, confesó él, lejos de los flashes, en la intimidad de una boda a la que pocos tuvieron acceso. “Es la mujer de mi vida. La quise desde el día en que la vi. O quizá desde antes. Estoy completamente loco de amor”.
Gabriela tenía preparada una sorpresa muy personal para su marido: lencería roja, sensual, con ligas y encajes, pensada especialmente para la noche de bodas. Un gesto íntimo que dejaba en claro que la pasión era recíproca y que esa unión no era solo un acuerdo social, sino un vínculo ardiente.

Los diarios locales no dudaron en bautizarlo como “La Boda del año”. Otros fueron más lejos: coincidieron en que jamás Paraguay había visto reunidos, en una misma celebración, a tantos famosos internacionales, empresarios millonarios y figuras del espectáculo. El acontecimiento selló la unión entre dos mundos: el de la realeza televisiva mexicana y el del poder económico y político guaraní.
Un anillo de 200 mil dólares
Aquel sábado 8 de marzo de 2003, Gabriela lucía feliz de la mano de su padre, Eduardo Bo, influyente empresario paraguayo, referente del Partido Colorado y dueño de bancos, multimedios y empresas tabacaleras. Cristian estaba orgulloso con la presencia de su madre, Verónica Castro, una de las actrices más populares y queridas de América Latina, ícono indiscutido de las telenovelas que marcaron generaciones. Verónica viajó especialmente desde México el viernes previo al enlace para acompañar a su hijo en lo que definió como “la noche más feliz de su vida”.

La ceremonia civil tuvo lugar dicho sábado, pasadas las diez de la noche, en la residencia familiar de los Bo: una verdadera fortaleza urbana. La mansión ocupaba dos manzanas completas en uno de los barrios más exclusivos de Asunción y estaba rodeada por muros de ocho metros de altura. Cerca de 100 hombres integraron el operativo de seguridad, cuidando cada acceso y cada movimiento de un evento pensado hasta el mínimo detalle, con estética de superproducción hollywoodense.
El primer símbolo del lujo fue el anillo: una pieza de oro puro con un diamante incrustado, valuada en 200 mil dólares, elegido personalmente por el novio. El vestido de Gabriela fue un diseño exclusivo, acompañado por zapatos de Lonté, la casa preferida por Susana Giménez. Para el maquillaje, se convocó a Mabby Autino, quien viajó desde Buenos Aires para ocuparse no solo de los novios, sino también de las madrinas. El pedido fue claro y casi premonitorio: productos absolutamente resistentes al agua. “Sabíamos que nadie iba a poder contener las lágrimas”, relataron, cómplices, las madres de los novios. Gabriela lo resumió con sencillez: quería verse linda, pero sobre todo gustarle a Cristian.
Unos 500 invitados participaron de la celebración. Y si hubo una figura que acaparó miradas y ovaciones fue Verónica. Llegó acompañada por José José, a quien Cristian considera una figura paterna; por Socorro, madre de Verónica y abuela del novio; por Michel, el hermano menor de Cristian, que causó sensación entre las invitadas; por la cantante Ana Gabriel y por Juan Pablo Manzanero, hijo del recordado Armando Manzanero. Desde México también viajaron cerca de 50 amigos íntimos del cantante.
Azul como el mar, azul
La fiesta se abrió con “Azul”, uno de los grandes éxitos de Cristian. A medida que avanzaba la noche y aparecían el cotillón y las bebidas, el clima se volvía cada vez más desinhibido. Los amigos del novio no tardaron en lanzarse a conquistar a las amigas de la novia, con resultados celebrados. El champagne Monchenot y el vodka corrieron sin pausa. En una escena que quedó para la anécdota, los invitados mexicanos vaciaban los floreros repletos de orquídeas traídas especialmente desde San Pablo y los reutilizaban como enormes vasos, al estilo yardas. Cuando el sol ya asomaba, alguien gritó entre risas: “¡El último que apague la luz!”.

El flechazo en Punta del Este
Mientras planeaban una luna de miel en Grecia y soñaban con instalarse luego en la mansión que él posee en Miami, Cristian y Gabriela recordaban el inicio de su historia. Se conocieron en enero, en Punta del Este, en la discoteca Tequila. Él pidió el teléfono de la joven paraguaya a una amiga en común. “Al día siguiente me llamó… y mirá cómo terminamos”, contó ella, entre risas, mientras sonaba de fondo una polca paraguaya. “Muy felices, amor. ¿Te parece poco?”, respondió él antes de volver a enfrentar las cámaras.
Cristian reconoció que hasta poco tiempo antes era un soltero empedernido. Pero aseguró que desde el primer día se sintió convencido. “Este amor es para toda la vida”, afirmó sin dudar. Bromeó incluso con que su hermano Michel quedaba ahora como el galán más codiciado de la familia. Sobre Gabriela fue contundente: “Es todo. Le dio luz a mi vida. Canté al amor durante años y finalmente lo encontré”.
Confirmó también que planeaban casarse por Iglesia en México, adelantando la fecha prevista para noviembre, ya que tanto su madre como su suegro cumplían años en octubre. Desmintieron rumores de embarazo, pero coincidieron en que desean tener hijos pronto. “Varios”, aclaró él. Verónica, divertida, sumó su propio deseo: “Yo quiero cinco nietos”.
Gabriela explicó que se enamoró de la dulzura de Cristian, de su romanticismo, de sentir que estaba frente al hombre que siempre había soñado. Y aunque apenas llevaban dos meses de relación, ambos respondieron al unísono cuando se les preguntó si estaban seguros: “Más seguros de lo que cualquiera pudiera imaginar”, coincidieron.
Un banquete sin fronteras
El menú fue tan impactante como la decoración. La entrada incluyó una selección descomunal de quesos —camembert, brie, gouda, fontina, gruyère, pepato—, cremas saborizadas, mousse de roquefort, cerezas, huevos de codorniz y panes artesanales de todo tipo. Como primer plato, los invitados podían elegir entre cóctel de langostinos y camarones, pato al cassis con pimientas, budines de choclo flambeados, pavita a la pimienta, crêpes y legumbres.

El comentario unánime de la noche, además de la belleza de los novios, fue la presencia de langostas traídas especialmente desde Miami, que desbordaban las fuentes en cada mesa. El salmón y el chocolate de Lion d’Or llegaron desde Buenos Aires, el tequila desde México. Los cócteles llevaban nombres propios: Cristian Castro, Gabriela y Verónica. La identidad regional también tuvo su lugar con platos típicos como sopa paraguaya, chipá, mbejú, pastel mandi’o, helado de mburucuyá y té verde. Y no faltaron los sabores mexicanos: enchiladas, nachos y tacos. Una verdadera postal de globalización gastronómica.
La fiesta perfecta: “Gracias por regalarme a Gabriela”
Tras la ceremonia civil —con ocho testigos por parte de Gabriela y diecisiete por parte de Cristian—, la pareja recibió la bendición de un sacerdote. Luego caminaron sobre un manto de pétalos de rosas para saludar a los invitados, distribuidos en seis carpas especialmente montadas. De pie, todos aplaudieron mientras estallaban explosiones que lanzaban aún más pétalos al aire. El humo seco invadió el ambiente y los novios comenzaron a bailar. Cristian, romántico hasta el extremo, le cantó al oído. Gabriela no pudo contener las lágrimas.
Más tarde, él le cantó frente a todos. Interpretó “Mi vida”, algunos temas en inglés y, con “New York, New York”, se animó incluso a imitar a Frank Sinatra. La música continuó con dos orquestas, una paraguaya y otra mexicana. En uno de los momentos más emotivos, Verónica Castro tomó el micrófono y recitó unas palabras que conmovieron a todos: “Siempre quise tener una hija y nunca pude. Gracias, hijo, por regalarme una como Gabriela”.
Verónica deslumbró con un vestido de seda en degradé, en tonos turquesa, azul y negro, firmado por Roberto Cavalli. La madre de la novia, Cristina Amaral —ex esposa del actor Rodolfo Bebán—, lució un diseño rosa de Nina Ricci con cristales. Dolores, hija de Amaral y Bebán, viajó especialmente desde Londres para estar presente.
La emoción volvió a apoderarse del salón cuando cantó José José, quien ofició de padrino junto a Verónica. Cristian fue claro respecto a su historia familiar: su padre biológico, Manuel “El Loco” Valdés, no formó parte de su vida. “Mi único padre es José José, y ahora mi suegro”, afirmó sin titubeos.
Cuando finalmente llegó el momento del baile, nadie se quedó sentado. La pista se llenó, la música siguió hasta el amanecer y Asunción fue, por una noche inolvidable, el centro del glamour latinoamericano.
Un año y adiós: rumores y separación
Sin embargo, la historia de amor que había comenzado con una de las bodas más espectaculares de la década no tuvo un desenlace feliz. El matrimonio entre Cristian Castro y Gabriela Bo no superó el primer año: tras unos once meses de casados, la pareja se distanció y finalmente inició los trámites de divorcio en Miami en marzo de 2004.
Los motivos oficiales que se dieron en su momento hablaron de diferencias personales y de que “la relación no funcionaba como se esperaba”, con versiones desde el entorno de Castro señalando que la pareja simplemente no se comprendía y que él había decidido anticipar la separación tras meses de tensiones.

Pero con el paso de los años, Gabriela Bo ofreció una versión más cruda y personal de lo que vivió junto al cantante. En distintas entrevistas y cartas públicas, acusó a Cristian de maltrato físico y psicológico, describiendo comportamientos “extraños” y episodios de violencia durante su matrimonio. Relató que él tenía miedo a la oscuridad, que le gustaba tomar leche con mamadera –“con biberón”, como él mismo reconoció-, cambios de humor, comportamientos inusuales y que en más de una ocasión sintió temor por su seguridad y bienestar emocional.
La modelo también aseguró que sufrió agresiones y que la relación fue “enfermiza”, con dificultades que implicaron un nivel de abuso psicológico que la impulsó a alejarse y, finalmente, a aceptar la separación incluso cuando Cristian le propuso continuar como pareja sin casarse formalmente, idea que ella rechazó.
Además, hubo rumores y comentarios públicos en Paraguay y México sobre supuestas infidelidades, cuestionamientos de la sexualidad de Castro y críticas abiertas de la familia Bo hacia el trato recibido por su hija, aunque muchos de estos detalles nunca fueron formalmente confirmados por las partes.
Poco después del divorcio, Cristian Castro contrajo matrimonio rápidamente con la abogada argentina Valeria Liberman, apenas 15 días después de finalizar legalmente su relación con Gabriela. Esa boda también terminaría en divorcio varios años más tarde.
Con el tiempo, Gabriela Bo reconstruyó su vida fuera de los reflectores del espectáculo internacional, radicándose en Buenos Aires y más adelante formando nuevas familias, primero con Juan Redini, y posteriormente con Florencio Basavilbaso, nieto de Adolfo Bioy Casares. Con cada uno de ellos tuvo dos hijos, sus amores.

Cristián Castro, por su parte, siguió con su carrera musical, con otros matrimonios y relaciones públicas, pero el episodio con Bo quedó como uno de los capítulos más comentados y conflictivos de su historia personal, en la que muchas veces repitió la frase: “Es la mujer de mi vida”.
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