El peligroso auge de la guerra de decapitación
Eliminar a un líder enemigo es mucho más fácil que lograr un desenlace con estabilidad política
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WASHINGTON.– “Lo agarré antes de que él me agarre a mí”, dijo el presidente norteamericano Donald Trump sobre el ataque aéreo que hace una semana terminó con la vida del líder supremo Ali Khamenei, y explicó que Irán había planeado su magnicidio, “pero yo lo agarré primero”.
Fuera de Irán serán pocos los que lamenten la muerte de Khamenei, que se dedicó durante varias décadas a asesinar norteamericanos, israelíes y a sus propios disidentes. Pero el comentario de Trump deja en evidencia hasta qué punto se han naturalizado en la guerra moderna las “ejecuciones dirigidas”, o dicho sin eufemismos, los magnicidios. De pronto, la jerga carcelaria de “limpiar” o “cargarse” a alguien se volvió un lugar común de la política.
El “descabezamiento” está emergiendo como la forma de librar guerras de Estados Unidos, tras dos frustrantes décadas de fallidos intentos de “construcción nacional” en Irak y Afganistán. A una semana del inicio de la campaña norteamericana-israelí contra Irán, el objetivo de Estados Unidos parece ser la destrucción del régimen y de la infraestructura militar iraní, con la borrosa esperanza de que brote un mejor gobierno entre los escombros.

Es el equivalente estratégico de los misiles llamados “dispara y olvida”. El objetivo es destruir al liderazgo y la estructura represiva del régimen iraní. Construir un nuevo Irán es una idea que viene después. “Capaz tengamos suerte”, me comentó un miembro clave del Congreso norteamericano. Pero según personas con acceso a los informes de inteligencia de Estados Unidos, los analistas norteamericanos consideran que esta campaña tiene pocas probabilidades de dar a luz un gobierno estable y modernizador.
En uno de sus monólogos solipsistas de la semana pasada, Trump explicó las dificultades de su estrategia de descabezamiento, y cuando le preguntaron con quién negociaría Estados Unidos cuando terminara la campaña de bombardeos, respondió: “La mayoría de las personas que teníamos en mente están muertas... Muy pronto ya no conoceremos a nadie”.
Marco Rubio, el secretario de Estado, dijo esta semana ante a los miembros del Congreso que Estados Unidos terminará de demoler el régimen y recién entonces evaluará la perspectiva de una reconstrucción política. Sería el triunfo de la táctica sobre la estrategia: primero demoler y recién después pensar en cómo reconstruir. Y tampoco ayuda que el jueves Trump haya dicho que él debería tener participación en la elección del próximo líder supremo de Irán.
En lugar de arriesgar a las tropas norteamericanas con un despliegue sobre el terreno para ayudar a construir un nuevo Irán, Trump les ofrece apoyo a los grupos de la oposición iraní, incluyendo cobertura aérea para las milicias kurdas. En un abordaje que ha sido considerado por funcionarios estadounidenses e israelíes desde la revolución islámica de 1979, pero fue abandonado porque el riesgo es generar un Irán caótico y fragmentado que profundice la inestabilidad regional.
“El régimen es un entretejido que Trump todavía no terminó de destejer”, advierte uno de los analistas de la CIA más experimentados en Irán. “Si lo que queremos es cambiar el proceso de toma de decisiones en Irán, lo que debemos modificar es el entretejido del régimen”.
El nuevo entusiasmo de Estados Unidos por los magnicidios en el extranjero podría agravar el problema. Así sopesa esos riesgos John Gannon, un agente de la CIA recientemente retirado con amplia experiencia en Irán:
“El magnicidio puede ayudar a eliminar un nodo y a desbaratar una red más amplia. Puede indicar determinación sin necesidad de una movilización militar masiva. Puede ayudar a evitar una guerra mayor mediante el uso de la violencia selectiva y tal vez, con buena suerte, permitir encauzar la sucesión a tu favor”, dice Gannon. “Pero eso entraña riesgos: el “efecto martirio”, una sucesión de línea aún más dura, anomia y pérdida de fuentes de inteligencia, porque los muertos no hablan”.

Hace décadas que Israel utiliza la estrategia del magnicidio y descabezamiento contra sus adversarios en Gaza, Cisjordania, el Líbano, Siria e Irán. “Desde la Segunda Guerra Mundial, Israel ha ejecutado más magnicidios que cualquier otro país de Occidente”, escribe Ronen Bergman en su detallada historia de estas operaciones, Rise and Kill First: The Secret History of Israel’s Targeted Assassinations (“Levántate y mata: la historia secreta de los magnicidios dirigidos de Israel”).
Israel demostró “una impresionante capacidad operativa”, escribe Bergman, “pero pagó un alto precio moral”. Tal vez esas tácticas hayan sido necesarias dada la brutalidad de los enemigos terroristas de Israel, pero es difícil sostener que hayan tenido éxito, dados los recurrentes ciclos de violencia que los funcionarios israelíes llegan a describir como “cortar el pasto”.
Estados Unidos tiene prohibido ordenar magnicidios. El decreto 12333 firmado en 1981 por el entonces presidente Ronald Reagan establece que “Ninguna persona empleada por el gobierno de los Estados Unidos o que actúe en su nombre participará ni conspirará para cometer magnicidios”.
El decreto original —firmado en 1976 por el presidente Gerald Ford tras la investigación sobre el funcionamiento de la CIA que hizo el Comité Church—, prohibía únicamente el “asesinato político” y no se extendía a quienes “actúan en nombre” de Estados Unidos. Sin embargo, la norma fue endurecida por el presidente Jimmy Carter en 1978 y reafirmada más tarde por Reagan.

A pesar de la prohibición de 1981, “Es probable que Reagan y todos sus sucesores hayan violado literalmente ese decreto o manifestaron intenciones de hacerlo”, escribe Stephen Knoepfler en un extenso artículo de una revista jurídica. Los objetivos incluyeron el complejo del coronel Muammar Khadafy en Libia, el palacio presidencial de Sadam Hussein en Bagdad y el campo de entrenamiento de Osama ben Laden en Afganistán.
“Los magnicidios selectivos de la guerra contra el terrorismo fueron la puerta de entrada a lo que estamos viendo ahora”, señala un exalto funcionario de seguridad nacional. Según el libro de Bergman, los magnicidios selectivos de presuntos terroristas ejecutados por Estados Unidos aumentaron de 48 durante la presidencia de George W. Bush a 353 durante la presidencia de Barack Obama.
Los asesinatos selectivos se han vuelto mucho más fáciles gracias a la sofisticada inteligencia que permite localizar a las personas y a las municiones de precisión que permiten terminar con sus vidas. La tecnología es muy seductora: el largo y arduo proceso de la guerra convencional puede parecer una pérdida de tiempo y de vidas cuando se puede vaporizar al líder enemigo con un chasquido de dedos.
Pero pronto esas herramientas también las tendrá el enemigo. Mustafa Suleyman, uno de los pioneros de la inteligencia artificial, habla de la “Hezbollización” de la tecnología en su libro de 2023, La ola que viene: Tecnología, poder y el gran dilema del siglo XXI, donde advierte sobre el advenimiento “de un mundo fragmentado y tribalizado donde todos tienen acceso a la última tecnología”. Gannon, el exoficial de la CIA, se pregunta: “¿Estamos preparados para que nuestros embajadores y otros funcionarios en el extranjero se conviertan blancos cada vez más seguido?”.
El presidente Trump tiene razón al buscar el fin del atroz régimen de Irán, pero tiene que pensar con más detenimiento la forma de dejar un Irán estable cuando termine la guerra. Y todos necesitamos un debate serio sobre cómo evitar que el mundo se convierta en un polígono de tiro, una guerra perpetua entre bandas munidas de alta tecnología.
(Traducción de Jaime Arrambide)
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