Stephen Colbert se despide de The Late Show: el final de un histórico ciclo que sacude a la TV de los Estados Unidos
La cadena CBS decidió cancelar el programa a pesar de su alto rating por “cuestiones de presupuesto”
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Cuando The Late Show de CBS muera hoy prematuramente, Stephen Colbert habrá sido conductor de un programa nocturno por más de dos décadas, el tiempo suficiente para que lo que suceda esta noche se sienta como el fin de una era cultural. ¿Pero, qué era exactamente es la que concluye? No me convence enmarcar la cancelación de The Late Night Show with Stephen Colbert como “la muerte de la programación televisiva nocturna”. Ese funeral está ocurriendo desde hace décadas. La monocultura ya hace tiempo no existe, los ratings son cada vez más bajos y las producciones cada vez más caras. Sin embargo, The Late Show nos deja en el mismo lugar en el que estábamos antes de que David Letterman iniciara el ciclo en 1993, sin contar a Jimmy Kimmel y un puñado de programas del cable básico.
Tampoco se puede diagnosticar lo que está sucediendo como un hartazgo de la audiencia con la comedia política. Colbert fue el programa más visto de su franja la mayoría de los años que estuvo en pantalla. Incluso si uno creyera que su despido fue “una decisión meramente financiera” como la explicó CBS -no tengo ningún interés en convencerlos de ese argumento-, su salida recuerda a la de los Smothers Brothers, cuyo programa de comedia política en CBS fue reemplazado en 1969 a pesar de haber sido un éxito. ¿El final de una era? Tal vez fue la era la que precipitó el final.
Mientras duró su marcha, Colbert encabezó una era televisiva en la que la comedia política podía tomar partido y aún así ser exitosa. O, de hecho, fueron dos eras que coincidieron perfectamente con sus dos programas: uno que parodiaba a la política y otro hecho en un tiempo en que la política se volvió una parodia en sí misma.
En 2005 Colbert debutó como el conductor de The Colbert Report con una ceja apuntando hacia arriba como una jabalina y una premisa ya formada. El personaje de “Stephen Colbert,” el comentarista conservador que Colbert había interpretado en el ciclo de comedia de cable The Daily Show, era el reflejo bizarro del Colbert real, un fanfarrón carismático que no sabía nada y lo vociferaba tan alto como podía. Su primer monólogo introdujo el concepto de truthiness, o veracidad aparente, un neologismo que apuntaba a la idea de que la verdad puede ser algo que se siente verdadero y no necesariamente lo sea. Fue una crítica que definió los tiempos que se venían y tal vez su epitafio.
Cuando se estrenó Report no muchos pensaban que la época de George W. Bush estaba terminada. El presidente había sido reelecto por una mayoría y tenía tres años más de gobierno. Culturalmente, las noticias por cable atravesaban todavía la era patriótica post atentado a las Torres Gemelas, un espíritu que el programa parodiaba desde sus créditos con la aparición de un águila a los gritos. Tucker Carlson aún tenía un programa en la cadena MSNBC.
El final de una era suele percibirse solo en retrospectiva. En el otoño de 2005, la guerra de Irak se arrastraba y la respuesta al huracán Katrina resultó ser un desastre. Colbert y sus monólogos llenos de “verdades aparentes”, burlas al presidente Bush y a los medios que lo cubrían, como ocurrió durante la cena de corresponsales en la Casa Blanca, daban cuenta de un cambio cultural.

En 2008, Barack Obama, un presidente mucho más alineado con las opiniones políticas reales del conductor, ganó las elecciones. El país cambió su curso pero gracias al personaje “Colbert”, su programa no tuvo que hacerlo.
La presidencia de Obama impulsó el surgimiento de una catarata de comentaristas conservadores, de Glenn Beck con su pizarra a Sean Hannity riéndose del nuevo presidente porque le ponía mostaza Dijon a su hamburguesa. La gran maquinaria americana de exageraciones y falsas indignaciones aseguró que The Colbert Report siempre tuviera material que parodiar.
Lo que salvó al programa fue que en esencia era sobre todo una sátira de la industria político-mediática que no dependía ni se limitaba a un gobierno. Como The Daily Show, su trabajo era la crítica mediática. Se burlaba del imperativo de defender lo indefendible, de la operación de limitar y silenciar al propio cerebro con consignas que terminaban por arrojarlos desde un precipicio intelectual.
El ciclo también se mantuvo interesante a través de una serie de acciones entre educacionales, cómicas y provocadoras (un modelo que luego continuó Last Week Tonight, disponible en HBO Max). Colbert intentó participar de las elecciones primarias para presidente -con el fin de mostrar lo absurdo que sería que un conductor de TV fuera de la pantalla hasta la Casa Blanca-, e instruyó a sus espectadores a que editaran la página dedicada a los elefantes en Wikipedia para ilustrar la idea de wikiality, un concepto que explicaba que el consenso en creer una mentira podía hacer que se descartaran los hechos comprobados, la realidad concreta. Y, más audazmente, creó un fondo para aportes de campaña y un extendido seminario satírico sobre los mecanismos por los que el dinero controla la política.
En 2014, cuando Colbert fue nombrado como sucesor de Letterman en The Late Show pareció un tipo de cambio en el que un producto de la escena alternativa llega al mainstream. Colbert iba a dejar atrás el cable básico para incorporarse a las grandes ligas convirtiéndose en el conductor “normal” de un programa “normal”. Se anunció que uno de sus primeros invitados sería Jeb Bush, el candidato presidencial republicano que lideraba las encuestas. Pero cuando los comediantes del Late Night hacen planes, Dios se ríe más fuerte que nunca.
La aparición inesperada

Algo curioso sucedió cuando Colbert estaba por hacer el cambio de programa: Donald Trump bajó por la escalera mecánica de la Trump Tower y puso en marcha su toma hostil del discurso público nacional. Toda la década de Colbert en The Late Show coincidió, como el comediante lo describió recientemente, con los “diez años de Donald Trump arrastrándose en su camino hacia nuestros cerebros”.
Cuando debutó en septiembre de 2015, Colbert se resistió a inclinarse por un contenido totalmente volcado a la política. Su primera emisión incluyó chistes sobre Trump pero también un cierre de su rutina en el que se tiraba un paquete de galletitas Oreo encima, una manera de representar que su humor era algo así como comida chatarra, un subidón de azúcar y calorías vacías.
¿Quién podía culparlo? Él había pasado años marinándose en comentarios partidarios para luego satirizarlos. “Para repetir ese comportamiento tenés que consumirlo regularmente”, me dijo en aquel momento. “Se volvió muy difícil ver cualquier tipo de panfleto político”, agregó. Colbert estaba más que listo para mostrar otras partes de sí mismo como artista y como persona. Además, durante décadas las enseñanzas de la TV indicaban que los puntos de vista sobre política podían aniquilar a un programa de comedia en una gran cadena televisiva. El público apreciaba a los comediantes que ofendían a los dos lados del espectro de manera equilibrada pero si alguien tomaba partido se suponía que perdería la mitad de su audiencia, especialmente en un canal como CBS, cuyos espectadores estaban entre la entelequia conocida como estadounidenses medios.
Así, durante su primer año, el Late Show de Colbert pareció no tener timón ni destino claro. No porque su conductor careciera de talento como intérprete y entrevistador. El programa era gracioso y juguetón pero le faltaba foco. El presidente Trump se lo dio. Para principios de 2017, el mandatario era la estrella de los monólogos de todos los programas nocturnos de comedia. Pero había una diferencia entre los chistes de Colbert y los que hacía su competidor Jimmy Fallon en el Tonight Show. Fallon esperaba con desesperación que todos se rieran del peinado del presidente y pasaran a otra cosa. Las bromas de Colbert estaban guiadas por una brújula moral. (Lo que, de paso, ayudó a los espectadores a distinguir a la personal “real” que Colbert había escondido tras su personaje durante años).

Y ahí fue que ocurrió otra cosa curiosa: los ratings de The Late Show superaron por mucho a los de The Tonight Show. La razón detrás del éxito era el talento de Colbert, pero también el cambio ocurrido en el ambiente cultural y mediático. Resultó que la idea de que las opiniones políticas eran veneno para el género era un remanente de otra época, de los tiempos previos a la TV por cable y por Internet. Carson podía hablarle a todos porque había un “todos” al que hablarle.
Donald Trump era polarizante -era su razón de ser-, una figura de una cultura fragmentada a la que le quedan pocos puntos en los que todos pudieran coincidir. Al mismo tiempo era el único tema de conversación común a todos los estadounidenses, la única referencia que todos entendían, más que aquellas relacionadas con el deporte, la música o cualquier área del mundo del entretenimiento. Los talk shows no podían elegir hablar de cultura pop por sobre la política porque la política se había convertido en cultura pop.
Esta vez, la comedia satírica de Colbert venía en un nuevo paquete: enunciada por él mismo, sin comillas. Conducir The Late Show como sí mismo no era una idea innovadora: era el modo convencional de la TV desde sus tiempos en blanco y negro. Pero aunque solo fuera un accidente, resultaba impresionante que Colbert se deshiciera de su máscara justo cuando la retórica política empezó a utilizar memes y las bromas que no son bromas como sus armas preferidas. (Entre las cosas sobre las que el presidente dijo aplicar esa licencia cómica están su invitación a que Rusia hackeara a Hillary Clinton, su propuesta de inyectarse desinfectante para combatir el Covid y sus aspiraciones a una tercera presidencia).
Si The Colbert Report se reía de los expertos que se tomaban a sí mismos demasiado en serio, luego The Late Show fue el vehículo indicado para hacer comedia sobre una realidad política que se dedicaba al troleo y la provocación. Era un talk show a la vieja usanza, con celebridades, invitados musicales y una banda, trabajando en una era cuya retórica era tan extrema y su estética tan llamativa que lo posicionó en un espacio más allá de la parodia. (En la actualidad, las redes sociales de la Casa Blanca postean habitualmente imágenes creadas por IA que hacen que el águila gritona del Colbert Report parezca de buen gusto).
El nuevo ciclo no era tan innovador como The Colbert Report. Tampoco era tan gracioso. La mejor comedia necesita de la sorpresa y los espectadores políticos buscan confirmaciones, no giros inesperados. El programa tuvo un pulso menos urgente durante los años de la presidencia de Joe Biden (para muestra ver las jeringas danzantes celebrando la vacunas para el Covid en 2021). El fervor del público puede interponerse en el camino de la comedia como cuando una foto de JD Vance (“vicepresidente y hámster desdeñoso”) aparecía en la pantalla durante el monólogo de Colbert provocando los abucheos de la platea presente en el estudio y ensuciando el ritmo y el remate del chiste.
Sospecho que este no era el programa que Colbert se imaginó haciendo cuando tomó el puesto en 2015. Pero también es cierto que estos no son los tiempos que muchos de nosotros hayamos imaginado estar viviendo y el conductor se puso a la altura de ellos. No podemos decir que sus palabras no hayan dejado su marca en el “crítico en jefe” quien celebró la cancelación del ciclo desde Truth, su red social: “Amo que Colbert haya sido despedido”.
Como están las cosas, en gran medida el Late Show será definido en relación con su principal antagonista. De hecho, desde que fue anunciada la cancelación, el segundo mandato del presidente Trump le aportó al programa un exceso de material y el tipo de energía de lucha que tenía The Colbert Report en sus inicios, durante los tiempos de Bush.
El gobierno le hizo un regalo de despedida a Colbert, un católico devoto, para sus últimas semanas en el aire: una pelea del presidente estadounidense con el Papa sumada a la imagen de IA difundida por el mandatario que lo representa como Jesús, aunque después Trump haya asegurado que creyó que se trataba de una representación de él como un doctor.

“Si te acabaras de despertar de un coma le pedirías al doctor que te vuelva a poner en coma. No, perdón, se lo pedirías a Jesús”, dijo Colbert. Un chiste gracioso aunque, como muchas de las bromas dirigidas a Trump de los últimos tiempos, estuvo matizada por el cansancio de haber vivido en esta época interesante por demasiado tiempo. Colbert comenzó su Late Show comparando sus chistes sobre Trump con un paquete de galletitas; ahora estamos, como Homero Simpson en el infierno de castigos irónicos, siendo obligados a tragar donas por toda la eternidad.
Colbert, al menos, podrá hacer un proceso de limpieza: su primer proyecto tras el final del programa será escribir el guion de una película derivada de los personajes de El señor de los anillos para Peter Jackson. Un escape apropiado para el autodenominado nerd de Tolkien. Buena suerte para él en la Tierra Media. Y mejor suerte para el resto de nosotros en la Tierra común y corriente, en la que tendremos que sobrevivir, por ahora, con un hechicero cómico menos.
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