La firmó Donald Trump: la nueva y controversial regla para todos los edificios del gobierno de EE.UU.
El presidente rubricó una orden ejecutiva que establece cómo debe ser el diseño arquitectónico de estos establecimientos; puso el estilo clásico como estándar
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Donald Trump dejó su sello en el debate sobre el rumbo estético y funcional de la arquitectura de los edificios del gobierno de Estados Unidos. Con la firma de la orden ejecutiva titulada “Making Federal Architecture Beautiful Again”, el presidente republicano estableció una normativa que cambia de raíz la manera en que se diseñarán y renovarán las edificaciones federales del país norteamericano.
La orden ejecutiva de Donald Trump que impacta en el diseño de los edificios federales de EE.UU.
En el texto de la orden ejecutiva, Trump recordó que los padres fundadores de la nación, como George Washington y Thomas Jefferson, vieron en la arquitectura una herramienta para inspirar a la sociedad y reforzar el vínculo entre ciudadanía e instituciones. En ese sentido, el Capitolio y la Casa Blanca fueron concebidos en el marco de concursos vigilados por ellos mismos, en donde se tomó como referencia a la antigua Atenas y Roma.

La intención de esa estética clásica fue transmitir grandeza, estabilidad y permanencia, atributos que se replicaron durante casi 150 años en los principales edificios federales. Sin embargo, a partir de la década de 1960, el gobierno federal giró hacia el modernismo y el brutalismo, estilos que privilegiaron el hormigón expuesto, las formas geométricas rígidas y una imagen considerada “fría” por buena parte de la población, según explica la orden.
Ese cambio generó un rechazo progresivo. La propia Administración de Servicios Generales (GSA, por sus siglas en inglés), organismo responsable de las construcciones públicas, reconoció que muchos de esos proyectos resultaron poco atractivos para la ciudadanía.
El fracaso del programa Design Excellence en EE.UU.
En 1994, la GSA lanzó el programa Design Excellence (Excelencia en el diseño) con el objetivo de dar prestigio a la arquitectura federal. Según la agencia, buscaba “dar testimonio visual de la dignidad y estabilidad del gobierno estadounidense”. Sin embargo, la evaluación oficial de la nueva orden afirma que ese esquema fracasó.
La crítica central es que el programa priorizó arquitectos de renombre internacional sin tomar en cuenta las preferencias regionales ni la opinión local. Esto provocó edificios imponentes desde la perspectiva académica, pero alejados de la identidad cultural de las comunidades en las que se instalaron. “Muchos de esos proyectos ni siquiera se distinguen como edificios cívicos”, señala la orden ejecutiva.
Qué establece la nueva política de arquitectura federal de Donald Trump
La disposición firmada por Trump fija lineamientos que obligan a un cambio inmediato en la planificación de construcciones públicas:
- Estilo preferido: en todo Estados Unidos, pero especialmente en Washington D.C., el diseño clásico o tradicional será el estándar para nuevas edificaciones. Se permiten excepciones solo en circunstancias extraordinarias.
- Identidad cívica: los edificios deberán ser fácilmente reconocibles como instituciones públicas y no confundirse con oficinas privadas o instalaciones industriales.
- Respeto por la tradición local: los proyectos tendrán que considerar los estilos históricos de cada región, desde el neoclásico hasta el colonial español o el renacimiento Pueblo.
- Renovaciones: en el caso de edificios ya existentes, se evaluará la posibilidad de rediseñarlos con estética clásica si el costo lo permite.
- Competencias transparentes: se promoverán concursos de diseño donde los arquitectos especializados en estilos tradicionales tengan prioridad.

Qué se entiende como “arquitectura clásica” y qué estilos quedan relegados
El documento dedica varios apartados a definir con precisión los conceptos. La “arquitectura clásica” incluye las corrientes inspiradas en Grecia y Roma, así como sus adaptaciones en el neoclásico, el federal, el art decó o el estilo Beaux-Arts. También se valoran tradiciones como el gótico, el románico, el Segundo Imperio o las variantes coloniales de influencia española.
En contraste, la orden marca como indeseados los estilos brutalista y deconstructivista. El primero, surgido en el siglo XX, se caracteriza por bloques masivos y concreto a la vista. El segundo, que emergió en los años 80, apuesta por la fragmentación, las líneas irregulares y la sensación de inestabilidad.
Ambos fueron señalados como ejemplos de una estética que no transmite dignidad ni solidez al ciudadano común.
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