“Siento que me van a olvidar”: el pedido de ayuda de dos niñas colombianas detenidas por el ICE en EE.UU.
En el sur de Texas, el número de menores retenidos bajo custodia de la agencia se multiplicó por seis desde el inicio de la administración Trump
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Un conjunto de dibujos y cartas infantiles llegó a manos de periodistas y abrió una ventana al interior de un centro de detención migratoria en Estados Unidos. Detrás de esas hojas escritas a mano, dos niñas colombianas describieron tristeza, miedo y una sensación constante de abandono mientras esperan un destino incierto lejos de sus hogares.
Cartas desde el encierro: más de 700 familias detenidas con niños
La organización periodística ProPublica recibió a mediados de enero varias cartas elaboradas por menores retenidos junto a sus familias en el Dilley Immigration Processing Center, un establecimiento ubicado en el sur de Texas que funciona bajo custodia del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés).

Según el propio medio, allí permanecían a comienzos de febrero más de 750 familias —casi la mitad con niños— además de cientos de mujeres adultas. Se trata del único centro del país norteamericano destinado específicamente a la detención familiar, y el número de menores retenidos creció seis veces desde el inicio de la administración de Donald Trump.
Las cartas describen una vida cotidiana marcada por la incertidumbre: niños que extrañan a sus compañeros de clase, que sienten que retroceden en sus estudios, que dicen enfermarse con frecuencia o temen lo que vendrá después. En respuesta, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) afirmó que los detenidos reciben atención médica adecuada, alimentos diarios, agua potable, ropa, duchas y material escolar, mientras que la empresa CoreCivic sostuvo que la seguridad y la salud son su prioridad.
“Siento mucha tristeza y depresión de no poder salir”: La declaración de una niña detenida
Gaby M.M., de 14 años, vivía en Houston antes de ser detenida. Llevaba 20 días dentro del centro cuando escribió su carta. En sus palabras, el impacto emocional apareció de inmediato: “Siento mucha tristeza y depresión de no poder salir”.

La adolescente relató que desde su llegada no logra sentirse feliz. Dice que la educación que recibe no es adecuada y que no pudo ver a su familia ni a sus amigos. El aislamiento, según describió, se volvió más duro al escuchar que otros casos son rechazados y que muchas personas son enviadas de regreso a sus países.
También mencionó el trato del personal. Afirmó que los oficiales hablaban de forma agresiva y que los residentes fueron tratados de manera deshumanizante. El aburrimiento constante y la monotonía de las comidas —“casi siempre lo mismo”, señaló— contribuyeron a su malestar.
Gaby contó que entabló amistad con otras personas detenidas que llevaban meses en el lugar, incluso hasta siete. Esa información la impactó: no podía imaginar cómo alguien soporta tanto tiempo en ese estado de tensión y tristeza.
El relato de otra de las niñas colombianas: “Siento que me van a olvidar”
La segunda carta pertenece a María Antonia Guerra Montoya, de 9 años. Su testimonio es más largo en tiempo: llevaba 113 días detenida cuando lo escribió. Y su frase central resume su angustia: “Extraño a mis amigos y siento que me van a olvidar”.

La niña explicó que había viajado de vacaciones durante diez días. Su madre vivía en la ciudad de Nueva York y, según contó, agentes migratorios la interrogaron durante dos horas sin la presencia materna. Afirmó que la utilizaron para localizar a su progenitora, quien no tenía documentos para residir en el país norteamericano.
Desde entonces, relató, vive en una “cárcel”. Dijo que lloró todas las noches al llegar y que por ese entonces dormía mal. También indicó que llegó a pensar que la situación era su culpa: solo quería pasar unas vacaciones como cualquier familia.
La niña describió problemas de salud dentro del centro: aseguró haberse desmayado dos veces y sostuvo que no recibe alimentación acorde a su dieta vegetariana. A esto sumó la falta de educación adecuada y la nostalgia por su abuela, su mejor amiga y su escuela.
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