Venezuela entre la intervención y la transición: un desafío para el sistema interamericano
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses expone la fragilidad de los mecanismos regionales para garantizar estabilidad y democracia
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LONDRES.- La complejidad del escenario venezolano impide prever el futuro de la intervención estadounidense y de la transición del régimen, por lo que conviene tomar distancia y comparar antes de sacar conclusiones.
Estamos empapados de información sobre Venezuela, pero parafraseando al politólogo Seymour Martin Lipset, quien conoce una sola crisis en realidad no conoce ninguna.
Comparar nos permite ver qué elementos del contexto han afectado el desenlace de crisis pasadas. Comparar sistemáticamente exige determinar qué tipo de fenómeno representa la crisis de Venezuela e identificar casos análogos de forma más o menos exhaustiva.
Comparar, en este caso, revela un factor del que se ha hablado poco: la importancia de los instrumentos interamericanos para la resolución de conflictos y la promoción de la democracia, que precisan de una mayor coordinación diplomática tanto latinoamericana como hemisférica, un panorama difícil en un contexto de división y polarización que sumen a nuestra región, una vez más, en la impotencia y la irrelevancia.
Caso de intervención
Una primera manera de analizar Venezuela es como un caso de intervención militar estadounidense en la región. La siguiente lista fue elaborada para un artículo en conjunto con Gary Goertz, Paul Diehl, y Andrew Owsiak, que recoge los episodios en los que fuerzas estadounidenses desembarcaron o desplegaron tropas en América Latina y el Caribe, de forma abierta o encubierta, sin autorización formal del estado intervenido.

Esta lista excluye operaciones de inteligencia sin presencia militar documentada, la diplomacia de cañonera—bloqueos y bombardeos—y las incursiones de filibusteros privados. Se concentra en intervenciones con tropas sobre el terreno—incluyendo aquellas “quirúrgicas” como la operación que capturó a Nicolás Maduro.
Aún con sus limitaciones, la lista permite observar a grandes rasgos el largo patrón intervencionista: desde la protección de nacionales en el siglo XIX, pasando por las invasiones del período del Gran Garrote, la pausa del Buen Vecino y las operaciones encubiertas de la Guerra Fría, hasta intervenciones avaladas por la ONU.
Esta mirada comprensiva a todas las intervenciones revela un punto apremiante: pese a enfrentar a una potencia económica y militarmente muy superior, el activismo latinoamericano, blandiendo la pluma frente a la espada, fue clave para contener a Washington.
La historia, resumida, guarda una posición importante para la Argentina y puede contarse en tres actos liberales.
Primero, la doctrina del jurista argentino Carlos Calvo que estableció la ilegalidad de la intervención para la protección de nacionales y el cobro forzoso de deudas.
Segundo, el activismo del canciller argentino José María Drago—defensor acérrimo de una Venezuela bloqueada en 1902—que resultó en la codificación de algunos de estos principios en la Convención Porter.
Tercero, el genio de otro canciller argentino, Carlos Saavedra Lamas, quien consiguió que el presidente Franklin Delano Roosevelt aceptara el principio de no intervención absoluta, consagrado en su Tratado Antibélico, durante la Convención de Montevideo de 1933.
América Latina ofreció un pacto: no intervención a cambio de orden hemisférico. Roosevelt aceptó y escribió a sus delegados que “firmar el Tratado Antibélico del señor Saavedra Lamas fortalecerá materialmente el aparato de paz estadounidense”.
Estados Unidos suscribió, retirando acto seguido sus últimas tropas de Nicaragua (1933) y Haití (1934) y absteniéndose de intervenir—incluso de forma encubierta—hasta bien entrada la Guerra Fría.
A diferencia de Donald Trump, Saavedra Lamas consiguió el Premio Nobel de la Paz en 1936 por esta hazaña que cimentó la paz en las Américas.
El sistema interamericano de la posguerra heredó este legado de su antecesor panamericano, pero en las últimas décadas no ha sabido estar a la altura.
La parálisis de los instrumentos interamericanos ha resultado en un problema mayor—tanto para la región como para Washington.
La estabilidad del hemisferio requiere de la colaboración para evitar la infiltración de potencias extracontinentales y crisis humanitarias como la de Venezuela.
Las recientes intervenciones abiertas unilaterales (descartemos a Haití por haber sido autorizada por la ONU), como la de la República Dominicana en 1965, Granada en 1983 y Panamá en 1989, demuestran que los canales interamericanos fueron fundamentales también para alcanzar una resolución decorosa de las crisis iniciadas por las intervenciones.
Hoy en día no queda claro que los mecanismos de coordinación latinoamericana y hemisférica puedan cumplir ese rol necesario.
La transición de régimen
El otro fenómeno político que vemos desarrollarse en paralelo es una transición de régimen, con desenlace incierto, como en toda transición, ¿cómo se compara esta crisis con otras del pasado en este sentido?

Comencemos con otra lista exhaustiva que este caso la lista proviene de un artículo que escribimos junto con Scott Mainwaring, uno de los más renombrados académicos de la democracia latinoamericana. La lista presenta el rol de Washington.
Es notable que, desde 1945, no ha habido en la región transiciones exitosas que no contaran con el apoyo de Estados Unidos, en donde el presidente norteamericano no se pronunciara claramente a favor de una democratización.
Además, desde 1978 el activismo diplomático sobre el terreno—mediante contactos y actividades con la oposición en las embajadas, a menudo con el respaldo de los servicios de inteligencia—también ha sido un factor presente de manera constante en las transiciones exitosas. Curiosamente, ambos factores parecen estar ausentes hoy en Venezuela.
Washington no ha sido claro sobre su apoyo a una transición democrática y está ausente en el terreno por haber roto relaciones diplomáticas con Maduro.

El escenario es aún menos promisorio cuando comparamos estos 38 casos exitosos con otros tantos casos en donde Estados Unidos apoyó una transición en ciernes, pero esta fracasó.
Estos fracasos fueron más frecuentes en particular en países de mayor tamaño, durante períodos en que Estados Unidos no fue claro sobre sus intenciones democráticas en general—como bajo Eisenhower, Nixon o Reagan—y cuando el sistema interamericano y los vecinos de la región no acompañaron el esfuerzo de promoción democrática.
Es decir que el apoyo de Washington fue condición necesaria pero no suficiente para las transiciones exitosas.
El patrón va en línea con los hallazgos de Stefano Palestini y Erica Martnelli, quienes también encuentran que el apoyo de Washington ha sido una condición necesaria pero insuficiente para la activación de la carta democrática interamericana: el apoyo de la región es necesario también.
En suma, América Latina tiene el deber de acompañar activamente, aunque la lista ofrezca pocas razones para el optimismo. No escapará al lector que la lista no incluye casos de democratización en este siglo, aunque sí en cambio lo ha habido de autocratización, más notablemente en Nicaragua y Venezuela.
Cambio de régimen impuesto desde el exterior
Otra forma de ver a Venezuela es como un cambio de régimen impuesto desde el exterior (una combinación de intervención y transición). Aquí la comparación se torna más acotada y los cuatro casos análogos no auspician tampoco gran optimismo.
Tras intervenir la Republica Dominicana (1965), aunque la defensa latinoamericana del principio de no-intervención y intervención de la OEA solucionaron el conflicto, el proceso derivó en la dictadura de Joaquín Balaguer y la democratización debió esperar hasta 1978.
En Haití las intervenciones de 1994 y 2004, aun cuando contaron con apoyo interamericano y multilateral, no han logrado encauzar al país en la senda de la democracia.
Los casos de Granada (1983) y Panamá (1989), aunque resultaron en democratizaciones exitosas, son difícilmente comparables en otros aspectos.
Por ejemplo, en Panamá la OEA condenó el intervencionismo, abriendo un espacio necesario para una mediación de los presidentes Oscar Arias de Costa Rica y Carlos Andrés Pérez de Venezuela y la estabilización de Guillermo Endara—el presidente electo que sucedió a Manuel Noriega, equivalente a Edmundo González en Venezuela—quien pudo gobernar por haber tenido la latitud y la astucia de condenar la intervención.
Además, la victoria militar norteamericana fue completa, con presencia militar en el terreno y en un país tradicionalmente bajo su órbita.
El caso de Venezuela se parece más a las intervenciones decimonónicas, sin mecanismos regionales y con un Estados Unidos interesado en el petróleo en lugar de la democracia.
En ese escenario el futuro de la Revolución Bolivariana puede que se parezca al de la Revolución Mexicana, con Estados Unidos interviniendo intermitentemente por años, intentando disciplinar a gobiernos efímeros en procura de objetivos estratégicos pero carente de toda legitimidad y con la única perspectiva de una estabilidad autoritaria.
Para que el futuro de Venezuela después de Maduro no sea el de México después de Madero, es importante que América Latina reaccione y ocupe su lugar en la mesa interamericana y que Estados Unidos haga lo propio.
El autor es profesor asociado de University College London
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