El ataque a Irán desata una ola de pánico mundial: qué impacto puede tener en el mundo
Nada asegura que el ataque coordinado contra Teherán, que revive fantasmas de pasadas intervenciones fallidas norteamericanas, signifique el fin del régimen islámico
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PARÍS.– Una vez más, como tantas veces en el pasado reciente, el mundo es testigo del caos. El ataque combinado de Estados Unidos e Israel en Irán preanuncia muerte de civiles, éxodos de población, chicos huérfanos y familias fracturadas.
La represalia iraní –que ya comenzó y seguramente estará respaldada por sus aliados– desatará una intensa agitación regional y el pánico internacional por el precio del petróleo. Se sembrarán nuevos odios, se cultivarán vendettas terroristas y los enemigos de Occidente se regocijarán. Sin embargo, es probable que casi nada de valor duradero se logre, como sucedió con las intervenciones fallidas lideradas por Estados Unidos en Afganistán y en Irak. Aun cuando, como sucedió en ese último país, los iraníes se regocijaran ante la perspectiva de verse liberados del régimen sanguinario de los ayatollahs.
Según las declaraciones oficiales, Estados Unidos e Israel lanzaron la operación “Furia Épica” contra Irán para poner fin permanente del programa de enriquecimiento de uranio del país. También para terminar con el desarrollo de misiles balísticos y con el cese del apoyo de Teherán a grupos proxy en Medio Oriente, incluidos Hamas, Hezbollah y los hutíes. En una alocución transmitida por las redes sociales, el presidente norteamericano agregó antenoche un objetivo: la eliminación del régimen de los ayatollahs.
¿Acción precipitada?
En todo caso, la intervención no era un misterio para nadie. Durante semanas, Washington movilizó su gigantesca armada hacia la región, aun cuando negociaciones oficiales seguían desarrollándose en Mascate.
Pero la diplomacia no es la actividad preferida de Donald Trump, y mucho menos del primer ministro israelí, Benjamin Netanyhau.
“Justamente eso es lo más inquietante para Estados Unidos en la región: que Trump dio la impresión de haber actuado subordinado a los intereses de Israel y en particular del primer ministro Benjamin Netanyahu”, analiza el especialista Gilles Keppel.
“Por la forma y el fondo de su comportamiento, la Casa Blanca no parece estar ejerciendo en esta secuencia la capacidad de iniciativa, de decisión y de autonomía, propias de una superpotencia mundial. Por el contrario, muestra un comportamiento errático y precipitado que responde más bien a los intereses de Israel que a las necesidades estratégicas de Estados Unidos”, ratifica el geopolitólogo Frédéric Encel.
Por lo pronto, las vacilaciones y el calendario que precedieron la preparación de la intervención se asemejan a una precipitación: Washington necesitó cinco meses y medio –entre agosto de 1990 y el 17 de enero de 1991– para construir la coalición política y diplomática que le permitió recuperar Kuwait, ocupado por Saddam Hussein. En el caso de Irak, la preparación política y militar exigió nueve meses –de mediados de 2002 hasta marzo de 2003–; con Irán, en cambio, desde hace años mantiene una permanente escalada de tensión, sanciones, negociaciones diplomáticas y amenazas recíprocas. Pero, la fase de bombardeos de junio de 2025 se desarrolló, sobre todo, a partir del trabajo de inteligencia realizado por Israel. Ahora, en cambio, los inciertos desplazamientos de dos portaviones con sus respectivas escuadras estuvieron, en apariencia, subordinados a otros intereses, sin consultas ni respaldo diplomático y –mucho menos– con un plan que permita “justificar” su acción en un terreno tan explosivo como Medio Oriente.
Muchos expertos consideran que esa aparente precipitación responde a situaciones personales tanto del presidente norteamericano, como del primer ministro israelí.
“Donald Trump busca distraer la atención de la opinión pública norteamericana, concentrada en el escándalo Epstein, y recuperar la popularidad perdida por la gestión de su primer año de gobierno. Apenas pudo respirar después de la prolongada secuencia de guerras con Hamas en Gaza y el Hezbollah en Líbano y el primer bombardeo de las instalaciones nucleares de Irán en alianza con Estados Unidos. Netanyahu necesita intensificar su estrategia de permanente tensión para mantenerse en el poder”, asegura Encel.
Por un lado, el premier israelí enfrenta la amenaza de una elección legislativa –a más tardar en octubre próximo– y, por otra parte, tiene tres procesos por corrupción, un litigio con la Suprema Corte, una investigación política y administrativa por su responsabilidad en los ataques terroristas del 22 de octubre de 2023, y un pedido de captura de la Corte Internacional de Justicia para juzgarlo por crímenes de guerra en Gaza.
La sorpresa internacional
En sus primeras reacciones públicas, los países influyentes no ocultaron su estupor frente a la manipulación política de la crisis de Irán por parte de ambos dirigentes.
“La escalada es peligrosa para todos. Debe cesar”, advirtió este viernes el presidente francés Emmanuel Macron al inicio de un Consejo de Seguridad convocado en urgencia. Como él, ningún líder europeo fue prevenido del inicio de las operaciones militares. Todos lanzaron llamados este sábado a “volver cuanto antes a la mesa de negociaciones”.
Pero los especialistas en política de seguridad y proliferación de la región manifiestan una profunda preocupación ante esta escalada, que ha llevado a la totalidad de Medio Oriente, a decretar el estado de emergencia y, blanco de los bombardeos iraníes, al borde de la deflagración. Y más aun…
“La actual intervención militar estadounidense e israelí podría tener consecuencias no deseadas generalizadas más adelante. Y eso incluye el potencial de una proliferación nuclear global acelerada, independientemente de si el gobierno iraní logra sobrevivir a su actual momento de crisis”, analiza Keppel.
A su juicio, la caída de la República Islámica está lejos de ser segura. Irán no es un estado frágil susceptible a un colapso rápido. Con una población de 93 millones y una capacidad estatal sustancial, cuenta con un aparato coercitivo estratificado e instituciones de seguridad diseñadas para sobrevivir a crisis. Se estima comúnmente que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, el ala militar del régimen, tiene cientos de miles de miembros, y controla o puede movilizar fuerzas auxiliares.
Después de 47 años de gobierno, las instituciones de la República Islámica están profundamente arraigadas en la sociedad iraní. Además, cualquier cambio en el liderazgo probablemente no produciría un borrón y cuenta nueva. El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, reconoció esto al decir a los legisladores el 28 de enero que no había “una respuesta simple” sobre lo que ocurriría si el gobierno cayera.
“Nadie sabe quién tomaría el control”, dice. La oposición exiliada está fragmentada, desconectada de las realidades internas y carece de la capacidad organizativa para gobernar un país tan grande y dividido.
En esa incertidumbre radica el peligro. Irán es un “Estado umbral”: un país con la capacidad técnica para producir armas nucleares pero que no ha cruzado la línea final de producción.

Un “Estado umbral” desestabilizado plantea tres riesgos: pérdida del control centralizado sobre material nuclear y científicos, incentivos para que facciones moneticen o exporten su experiencia, y una lógica de aceleración: actores que compiten para asegurar la disuasión antes del colapso.
La historia ofrece advertencias. El colapso de la Unión Soviética a principios de los años 1990 produjo accidentes y preocupación sobre el paradero de material nuclear desaparecido. Mientras tanto, las actividades de la red de A.Q. Khan, centrada en el llamado padre del programa atómico de Pakistán, demostraron que la experiencia viaja, en el caso de Khan hacia Corea del Norte, Libia e Irán.
Antecedentes norteamericanos
Por otra parte, y aunque hay ciertas diferencias, las similitudes entre el asedio de Trump a Irán y la desastrosa invasión de Irak de George W. Bush en 2003 son sorprendentes. Ambas crisis encajan en un patrón más amplio de intervencionismo estadounidense costoso y finalmente infructuoso que se remonta a Vietnam y al golpe de Estado en Irán liderado por la CIA en 1953.
“Trump prometió evitar aventuras extranjeras. Mintió. Quien crea que ha cambiado radicalmente la forma en que Estados Unidos se relaciona con el mundo debería revisar esta sórdida saga de arrogancia imperial posterior a 1945. En esto, no es diferente de sus predecesores”, afirma el general e historiador Nicolas Richoux.

Más allá del peligro de deflagración regional, las cancillerías occidentales tropiezan con dificultades para saber si, en caso de derrocamiento del régimen, Washington piensa en confiar el poder a Reza Pahlevi –el hijo del sha derrocado–, a un líder de la oposición interna o un administrador norteamericano, como en el caso poco feliz de Irak.
“¿Van a repetir la experiencia venezolana? ¿Qué van a hacer con las instalaciones nucleares existentes? Y, lo más importante, ¿Qué va a ocurrir con las reservas y las exportaciones de petróleo?”, prosigue Richoux.
El petróleo iraní
Algunas grandes empresas sospechan que ese tesoro puede constituir la principal explicación de la intervención norteamericana: el subsuelo de Irán cobija las terceras reservas mundiales de petróleo, estimadas en 208.000 millones de barriles, cifra colosal que representa aproximadamente 11,8% del total probado, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Por el total de esas exportaciones, el Banco Central de Irán (CBI) recaudó el récord de 67.000 millones de dólares en ingresos durante el ejercicio que terminó el 20 de marzo de 2025. Los principales importadores son China, dos países de la región (Emiratos Arabes y Omán), que actúan como traders.
Y las consecuencias sobre el petróleo comenzaron a hacerse sentir este sábado, cuando los Guardianes de la Revolución iraníes advirtieron a todos los buques mercantes que navegan por la zona de abandonar de inmediato el estrecho de Ormuz.

Irán controla, de hecho, la ribera norte de ese paso de unos 50 kilómetros de ancho que constituye la única vía marítima para el transporte del petróleo crudo y gas del golfo Pérsico hacia el resto del mundo. La Agencia Estadounidense de Información sobre la Energía considera ese estrecho como un “punto de paso petrolero crítico” donde cerca de 20 millones de barriles de petróleo crudo transitan cada día, lo que equivale al 20% del consumo mundial de petróleo líquido.
El estrecho también es crucial para el mercado del gas natural licuado (GNL), ya que una quinta parte del suministro mundial transitó por allí el año pasado, según la agencia de noticias Bloomberg.
Si el bloqueo del estrecho fuera total, los precios del Brent, referencia internacional, podrían dispararse hasta 120 o incluso 150 dólares el barril (frente a los 73 dólares actuales), estimó la agencia.
La medida, sin embargo, sería sobre todo perjudicial para Teherán, cuya economía depende en gran medida de los ingresos del petróleo. Luego, porque el régimen correría el riesgo de enemistarse con China. De hecho, Pekín es el principal cliente de Irán, que exporta más del 80% de su petróleo a China.
Al bloquear el estrecho de Ormuz, Irán correría además el riesgo de aislarse aún más en la región, mientras que esta vía es igualmente crucial para sus vecinos (Irak, Kuwait, Qatar...). “Solo Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos disponen de infraestructuras de desvío significativas”, explica Ole Hansen, analista en Saxo Bank.

Por último, si bien Teherán posee baterías de misiles antibuque y la capacidad de minar el estrecho de Ormuz, los medios de su marina son limitados.
“La capacidad de hostigamiento es alta, pueden hacer lo que hacen los hutíes en Yemen alrededor del estrecho de Bab el–Mandeb sin problema y durante mucho tiempo”, analiza Pierre Razoux, director de estudios de la Fundación Mediterránea de Estudios Estratégicos (FMES). Sin embargo, considera “baja” su capacidad para “prohibir de forma duradera” el tráfico marítimo en Ormuz.
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