El precio para ser admitido en el mundo de Epstein era el silencio
Hubo múltiples señales de las verdaderas actividades del financista. ¿Por qué nadie dijo nada?
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Cuando Jeffrey Epstein hablaba de “masajes” después de haber estado en la cárcel por abuso de menores, ¿sus amigos y conocidos a qué pensaban que se refería? Epstein había sido condenado en 2008 por un tribunal de Florida y recuperó su libertad en 2009. Su método, tal como lo describió por entonces el diario The New York Times, consistía en reclutar a chicas de incluso apenas 14 años, a las que llevaba a su casa y convencía de desvestirse y hacerle masajes. Después, las obligaba a tener sexo y les pagaba en efectivo.
En 2019 fue acusado nuevamente de delitos sexuales, esta vez por la justicia federal, por tráfico de menores a principios de la década de 2000. Si cometió delitos en los años transcurridos entre 2009 y 2019 —cuando murió en una celda de Manhattan a la espera del segundo juicio—, nunca fue acusado por ellos. Pero ahora los “Archivos Epstein” revelan que durante esa década el financista no solo se dedicó a reconstruir y sanear su vasta red de contactos con la élite de la sociedad, sino que también supervisaba los planos de una nueva sala de masajes en su isla privada, Little St. James y elegía el color del mármol para la sala de masajes de su casa en Nueva York.
Al mismo tiempo, hacía casting de jóvenes de todo el mundo por su atractivo sexual, clasificaba sus atributos, les solicitaba sexo y las reclutaba para su servicio de citas. “Muy linda, muy fresca”, le escribió a Epstein un cazatalentos en 2011 sobre una mujer de 21 años, de aproximadamente 1,72 m de estatura. “Una chica simpática, pero casi nada de inglés”, le escribió el mismo cazatalentos sobre otra mujer de 22 años.
Que Epstein era un delincuente sexual ya estaba registrado en los estados de Nueva York y Florida, y que solía viajar con un séquito de “chicas” —en sus emails también las llama “asistentes” o “estudiantes”— era de dominio público. Richard Branson las llamaba el “harén” de Epstein. “¡Siempre y cuando traigas tu harén!” le Branson escribió en 2013. (Un representante de Branson declaró que se reunió con Epstein solo unas pocas veces, en ambientes de negocios, y que solo lo vio con mujeres adultas. Según el representante Branson considera “aborrecibles” las acciones de Epstein).
Al menos algunos amigos de Epstein sabían a qué se refería cuando hablaba de “masajes”. En 2010, en un correo electrónico a Boris Nikolic, entonces asesor científico de la Fundación Gates, Epstein le comenta que acaban de darle un masaje.
“Con final feliz, espero”, le respondió Nikolic con el agregado de un emoji de guiño. (Nikolic no respondió a una solicitud de comentarios para este artículo).
“Soy demasiado impaciente: fue con feliz comienzo”, le respondió Epstein.
Los correos electrónicos también muestran a Epstein organizando sesiones de “masaje” para amigos y conectando a amigos con mujeres a manera de favor o de regalo. En 2017, cuando Deepak Chopra se queja de haber tenido “un día de locos”, Epstein le responde: “Estoy en Florida, pero me gustaría mandarte a dos chicas”. (“Me entristece profundamente el sufrimiento de las víctimas en este caso”, escribió Chopra en una declaración, a principios de este mes).

Kathryn Ruemmler, exabogada de la Casa Blanca durante la presidencia de Obama, reconoció implícitamente que conocía la diferencia entre un masaje y lo que Epstein hacía, refiriéndose a ello en un correo electrónico como “tu tipo de masaje”. También conocía el historial de Epstein. En algunas oportunidades el financista le solicitó asesoramiento legal, y en 2015 la abogada le señaló claramente que una menor “no puede consentir legalmente en ejercer la prostitución”. Pero en 2017, Epstein acompañó a Ruemmler a buscar departamento.
El 3 de febrero, Ruemmler declaró a través de un representante: “No tenía conocimiento de ninguna conducta delictiva en curso de su parte, y no lo conocía como el monstruo que ahora sabemos que era”. El jueves, Ruemmler renunció a Goldman Sachs, donde era jefa del departamento legal.
Incluso en un mundo donde un presidente puede recibir sexo oral en el Salón Oval de parte de una becaria, mentir al respecto, ser sometido a juicio político y permanecer en el cargo; en un mundo donde se escucha decir a un candidato a la presidencia que puede agarrar a las mujeres de sus partes íntimas sin temor a represalias y luego ser elegido dos veces, el estatus social del que gozaba Epstein es asombroso, y revela hasta qué punto un grupo de personas puede ser cómplice de secretos oscuros si son lo suficientemente ambiguos y les convienen. Por lo menos hubo un amigo que le advirtió a Epstein del posible daño que su comportamiento con las mujeres podía causarle a su reputación. Después de todo, le escribió su amigo, la condena había sido pública y “podría interpretarse —de hecho lo fue— que se trata de un hombre poderoso que se aprovecha de mujeres jóvenes e indefensas”. (El nombre de la persona aparece tachado).
Lo más impactante es que nadie dijo nada. ¿Cómo es posible que “las chicas”, como las llamaba Epstein —su presencia, su procedencia, su rol— no despertaran dudas entre los superpoderosos hombres y mujeres que se sentaban a cenar a su mesa? La lista de nombres destacados que aceptaron con gusto la hospitalidad de Epstein ya nos resulta familiar: Elon Musk, Steve Bannon, Peter Attia. Este tipo de invitados vive dentro de su propia galaxia de asistentes, asesores y parásitos. ¿Es posible que nadie cuestionara el trato de Epstein a las mujeres, más allá de cierta admiración tímida o encubierta por lo que consideraban su gusto extravagante?
“Su estilo de vida es muy diferente y bastante intrigante, aunque no es para mí”, les escribió Bill Gates a sus colegas en 2011, tras visitar a Epstein. (Gates calificó su relación con Epstein como un “gran error” y negó la afirmación de Epstein en un borrador de correo electrónico, donde dice que Gates mantuvo relaciones sexuales extramatrimoniales).
En una entrevista con Die Zeit del 12 de febrero, el científico cognitivo Joscha Bach reconoció que la relación de Epstein con las mujeres de su entorno, especialmente con algunas de sus empleadas, a veces parecía hostil e irrespetuosa. En otro email a The New York Times, Bach agregó que había tenido algunas conversaciones con las asistentes de Epstein, que les había preguntado por su bienestar, y que “Nada de lo que me dijeron ni de lo que observé me hizo pensar que pudiera haber algo coercitivo o ilegal”.
Tessa West, profesora de psicología social de la Universidad de Nueva York, describe el silencio colectivo en torno a Epstein y sus “chicas” como “inacción deliberada”. Por más que los invitados a la mesa de Epstein no se involucraran en comportamientos ilegales o dañinos, algunos debieron haber visto señales de alerta, y “no hicieron nada al respecto, no dijeron nada, no lo instaron a dejar de hacerlo”, señala West. Dado lo que West sabe sobre la dinámica de género en su profesión, el mundo académico, “no me sorprende en absoluto”.
Los psicólogos sociales describen el mundo de Epstein como un “grupo exclusivo y distintivo”. Lo distintivo transmite una idea de exclusividad, y en ese club, Epstein era el patovica de la puerta, el que elegía quienes podían “entrar”. Los invitados a su mesa debían ser interesantes, estar a la moda, ser poderosos o ser lo suficientemente útiles para algún propósito. “Las chicas” eran clasificadas y puntuadas. “Un culo de 10”, dice Epstein de una mujer a la que conectó con Steve Tisch, presidente del club de fútbol americano The New York Giants. (Tisch ha dicho que lamentaba la que según él fue una breve relación con Epstein y aclaró que las mujeres de las que habían hablado eran adultas).
La exclusividad tuvo un efecto multiplicador. Cuanto más exclusiva era la compañía, más personas querían entrar. Y según West, Epstein tenía mucho que ofrecer. “Poder blando, oportunidades, oportunidades económicas, conexiones sociales”, dice West, y sobre todo, en el caso de los profesores y rectores universitarios que llamaban a su puerta, “dinero, mucho dinero, que es lo que los académicos no tienen”. Para algunas de las “chicas”, Epstein también era una oportunidad: las mandaba a cortarse el pelo con Frédéric Fekkai y las enviaba a cirujanos plásticos. “Te va a derivar con su socio, que te saca grasa del culo y te la pone en las tetas”, le escribió a una de ellas. También las mandaba al médico y parece haberles pagado estudios, incluyendo, al parecer, clases de masaje.
Las reuniones, las propiedades, los amenities: todo estaba diseñado para seducir y asombrar. En el complejo de Little St. James, la comida era “mejor que cualquier caso que hayamos probado en el Ritz”, le escribió a un amigo el entonces presidente de la Academia de Ciencias de Nueva York, Ellis Rubenstein, quien fue a la isla con sus hijos. (Rubenstein no respondió a las solicitudes de comentarios).

El director de orquesta francés Frederic Chaslin quedó fascinado tras su visita al rancho de Epstein en Santa Fe, Nuevo México. “Es totalmente voluptuoso todo lo que vi; me sentí embriagado de principio a fin sin tomar una gota de alcohol. Era como estar dentro de una obra de arte”, le escribió a Epstein en un mensaje de agradecimiento.
A principios de este mes, Chaslin emitió un comunicado donde dice que cualquier insinuación de que actuó mal se basa “en frases aisladas, sacadas de contexto y cargadas de una intencionalidad que nunca tuvieron”, y agregó: “Rechazo formalmente esas insinuaciones”.
“Las chicas” estaban disponibles en las cenas y también en el avión. Cuando Epstein viajaba, Lesley Groff, su secretaria ejecutiva, reservaba varias habitaciones de hotel. “En cuanto a la suite de dos dormitorios... ¿las camas son king size?”, le preguntó Groff al asistente de Thomas Pritzker, presidente ejecutivo de la Hyatt Hotels Corporation, quien al parecer ayudó a Epstein con las habitaciones. “¿Dos camas dobles? ¿Cómo es el asunto?”, le preguntó Groff. (El martes, Pritzker renunció como presidente ejecutivo de Hyatt, y reconoció su “pésimo criterio” al mantenerse en contacto con Epstein y Ghislaine Maxwell).
Fue el interés propio el que habría llevado a sus huéspedes y visitantes a mirar para otro lado, señala West. Y el lenguaje codificado y elíptico de Epstein les dio una coartada: a menos que tuvieran “literalmente frente a la cara” pruebas irrefutables de una nueva operación de tráfico sexual, la procedencia de “las chicas” y el rol que cumplían podían limitarse simplemente a una sensación incómoda o a un rumor.
“Si en el comportamiento de una persona hay suficiente ambigüedad, tendemos a verlo del lado que nos beneficia”, apunta West.

Quizás por eso, en su disculpa de principios de este mes, el paleontólogo Jack Horner, ganador de la así llamada “beca para genios” de la Fundación MacArthur, dijo que cuando visitó a Epstein en su rancho de Santa Fe en 2012 y conoció a cuatro “estudiantes universitarias, dos de los cuales afirmaban ser expertas en genética”, no vio “nada extraño, inapropiado ni fuera de lo común”. Y agregó: “Ahora entiendo que las estudiantes pudieron haber sido víctimas de Epstein, y lamento profundamente no haberme dado cuenta de esto”.
En su mensaje de agradecimiento de aquel entonces, Horner escribió: “La pasé genial, en especial el tiempo que pasamos juntos y con las chicas, y la visita a los sedimentos del Cretácico y el antiguo ferrocarril”. Y se despidió con estas palabtas: “Por favor, transmitiles mis mejores deseos a todas las chicas, y también a vos, a quien envidio”.
En 2012, los experimentos del psicólogo social holandés Gerben van Kleef demostraron cómo acumulan poder quienes rompen las normas. Los científicos sociales ya habían demostrado que las personas poderosas son más propensas a violar la ley, como escribió Van Kleef en su artículo: interrumpir a los demás, comer con la boca abierta, hacer trampa, mentir en las negociaciones, infringir las normas de tráfico, carecer de empatía, tratar a los demás como objetos, ignorar el sufrimiento ajeno y acosar sexualmente a mujeres de estatus inferior. Quienes tiran la ceniza del cigarrillo al suelo o ponen los pies sobre el escritorio son percibidos por los demás como personas con poder, porque sus desafiantes acciones parecen indicar que pueden hacer lo que quieren, sin limitaciones.
Van Kleef plantea la hipótesis de que los grupos sociales ceden poder a los transgresores solo cuando la transgresión los beneficia. En sus experimentos, descubrió que alguien que se sirve café sin que lo inviten del termo de un desconocido acumula poder al compartirlo con otros. Si roba el café y no lo comparte, eso no ocurre. Van Kleef explica que los científicos no pueden estudiar violaciones a la ley penal, como la agresión sexual.
Epstein claramente disfrutaba de su rol de transgresor. Le encantaba adoptar posturas extremas e impopulares sobre temas políticos y culturales: argumentaba sobre los roles de género, la belleza física y la inteligencia desde una perspectiva de darwinismo social, haciendo comentarios como “lo feo suele ser insalubre, las deformidades son señal de enfermedad”. Al parecer, para sus amigos eso era sinónimo de honestidad intelectual.

“Sos un genio”, le escribió repetidamente Martin Nowak, matemático de Harvard. (Nowak no respondió a una solicitud de comentarios). En un intercambio de emails con Bach, el científico cognitivo, Epstein reflexiona inescrutablemente sobre la eugenesia —cuestiones como las capacidades innatas de las mujeres y las personas negras— y hasta parece proponer la eutanasia de los ancianos.
“Me fascina tu ‘incorrección política’”, le respondió Bach. “Al principio pensé que era una forma de diferenciarte, pero ahora simplemente creo que tu pensamiento no tiene ningún tipo de restricciones. ¿Cómo te las arreglaste en la juventud?”. (En su entrevista en Die Zeit, a Bach le preguntaron si tuvo dudas sobre Epstein, dados sus delitos previos. Bach respondió que sí, que lo consultó con “un grupo significativo de científicos eminentes”, que “todos con los que hablé insistieron en que después de su condena Epstein había cambiado y ya no infringía ninguna ley. Y que había prestado grandes servicios a la ciencia, a pesar de su irrecuperable reputación pública”).
A otros, la abierta misoginia de Epstein parecía habilitarlos. Los “Archivos Epstein” lo muestran hablando del tamaño y la forma de los senos de las mujeres con Tancredi Marchiolo, gestor de fondos de cobertura radicado en Londres. Después de tener relaciones sexuales con alguien a quien llama “musa de Arizona”, Marchiolo contactó a Epstein para hablar. “Medio vieja, 25 años, con las tetas caídas de una mujer de 70 que se las redujo”, escribió Marchiolo, quien además se queja de que la mujer había tenido un hijo. Cuando una mujer ya ha dado a luz, “se acabó la fiesta”, escribió Marchiolo en italiano. (Marchiolo no respondió a una solicitud de comentarios).
Todas esas conversaciones estaban rodeadas de un total hermetismo, una dinámica que el influencer de la longevidad Peter Attia describe en su reciente disculpa por haberse sumado a las bromas misóginas de Epstein. En 2016, Attia le envió a Epstein un mensaje halagador. “La vida que llevas es totalmente escandalosa y sin embargo no puedo hablarlo con nadie”, escribe Attia, y se pone a bromear diciendo que “la vagina, de hecho, es baja en carbohidratos”. Ahora dice que aquel mensaje fue “infantil” y se defiende argumentando que fue ingenuo y que fue absorbido por un mundo que le parecía extraño y emocionante.
“Vivía en la casa más grande de todo Manhattan, tenía un Boeing 727”, dice Attia en su descargo. “Manejé ese acceso como algo que debía guardarse en secreto y no discutirse abiertamente con otros”.

El hermetismo fue impuesto por el propio Epstein y funcionaba como un pegamento que los dejaba aún más atados a él. En los emails que intercambiaba con sus poderosos amigos, aludía con un tono amenazante a confidencias compartidas y se refería a esos secretos como una “deuda mutua”.
Retaba a las mujeres que dejaban juguetes sexuales a la vista y a sus conocidos por violar su código de decoro. Cuando el experto en marketing global Ian Osborne aparentemente cometió el error de contactarse directamente con la oficina del alcalde Michael Bloomberg para invitarlo a un evento organizado por Epstein, el financista lo reprendió. “A menos que sea necesario, siempre prefiero que cuanta menos gente sepa, mejor, así que el mail que enviaste a su oficina es preocupante”, le escribió. “Si Michael se llega a sentir incómodo por algún motivo, me lo decís”. (“Lamento profundamente haber conocido o tenido relación con Epstein”, manifestó Osborne a principios de este mes).
Los secretos “establecen una frontera entre los que están adentro y los que están afuera” y refuerzan la idea de sentirse elegidos, señala Michael Slepian, psicólogo social de la Universidad de Columbia. Los secretos compartidos, agrega Slepian, tienen un efecto paradojal: “Por un lado, son más difíciles de ocultar, pero al mismo tiempo son más fáciles de aceptar”.
La banalidad de gran parte de esos emails es pasmosa: A la 13 no llegó ¿qué tal 13.30?; al final, no voy a estar en la ciudad; vuelo a París, al Caribe, a Palm Beach; acá están los manifiestos del vuelo, las entradas para Davos, para la proyección, para la gala benéfica; esta es la lista de invitados, el menú; Mort Zuckerman es vegano; Soon-Yi Previn va camino a Pilates; disculpen la cancelación, ¿podemos reprogramar?
Kurt Gray, filósofo de la Universidad Estatal de Ohio, estudió la forma en que las personas pueden terminar siendo cómplices de un daño y un silencio colectivo inimaginables. Por eso, centrarse en detalles banales y cotidianos puede servir para distanciar a las personas de lo que realmente está pasando. Creo que simplemente dicen: “Sí, con un poco de logística, lo voy a lograr. Necesito fondos para mi investigación y puedo conseguirlos saliendo con este tipo divertido que dice cosas interesantes”, señala Grey.
Entonces, la gente se encuentra alrededor de la mesa de Epstein, “y quieren formar parte de este grupo, ser el tipo tranquilo de esa isla. Quieren ser incluidos, no quieren ser rechazados”.
“Y entonces simplemente no piensan en esas mujeres ni en cómo llegaron ahí, ni en su difícil situación, ni en su humanidad”, dice Grey. “Es una especie de miopía”.
(Traducción de Jaime Arrambide)
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