Bernardo Stamateas: “No es verdad que aquel que piensa más, piensa mejor”
El psicólogo afirma que actualmente hay una epidemia de ansiedad, y que esta es el combustible que alimenta el sobrepensamiento; cómo hacer para ignorar la mente
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¿Acostumbrás analizarlo todo? ¿Tenés en tu día a día un bombardeo constante de pensamientos que no te permite tener paz? El sobrepensamiento es mucho más común de lo que creemos. Es decir, darle vueltas a una misma idea, aun sin que seamos conscientes de ello, a lo largo del día o durante la noche.
Veamos algunos conceptos al respecto.
1. Pensar más no nos acerca a la solución
¿Por qué sobrepensamos? Porque buscamos tener el timón de nuestra vida: la sensación de que estamos en control de todo. Pero no es verdad que aquel que piensa más, piensa mejor. Lo único que se genera es un bucle interminable. Y como resultado sobreviene la “parálisis por análisis”. Pensar demasiado nos paraliza.
2. Pensar más es evitación disfrazada
Cuando sobreanalizamos una cuestión, lo que estamos haciendo es evitar sentir y actuar. En lugar de enfrentar el tema, le damos vueltas: “¿Lo compro o no lo compro?... No, mejor no lo compro… Aunque no sería mala idea comprarlo”. El hiperanálisis esconde el hecho de que no queremos decidir.

3. Cuanto más pensamos, menos claridad tenemos
La rumiación oscurece la solución. Y surge más duda, más ruido, más malestar, más angustia.
4. Pensar más potencia la ansiedad
¿Por qué hay tanta gente que come mal o en demasía, que se come las uñas, que fuma mucho e, incluso, que llega a arrancarse cabello? Por ansiedad. Actualmente hay una epidemia de ansiedad, y esta es el combustible que alimenta el sobrepensamiento. Pero, como mencionamos, sobrepensar evita la acción. Solo el pensamiento sano nos conduce a la acción.
5. Pensar más distorsiona la realidad
Cuanto más pensamos sobre una situación, más la distorsionamos. Prestarle atención a algo en lo que no deberíamos enfocarnos hace que se altere su interpretación. Por ejemplo, cuando una persona está todo el tiempo observando su cuerpo, se produce una distorsión del esquema corporal.
¿Cómo logramos detener el sobrepensamiento?
Es fundamental aprender a ignorar la mente. Al igual que el chofer de un colectivo que va manejando con un grupo de jóvenes haciendo ruido en el fondo. Pero se limita a darse vuelta y decirles: “¡Chicos, cállense!”; luego los ignora y continúa su viaje.

Siempre tenemos que creer que nos va a ir bien. Es decir, armar un escenario positivo; pero también planificar qué haremos en caso de un escenario negativo. Esto implica hallar un equilibrio.
Además, debemos distinguir lo posible de lo probable. ¿Es posible que ahora caiga un avión justo donde estamos? Sí, es posible. ¿Es probable? No, no lo es. La mente ansiosa confunde lo posible con lo probable. Por eso, practiquemos el pararnos en los hechos, y no en las suposiciones. Todo es posible, pero no todo es probable.
Cuando la mente no se detenga, movámonos. Al hacerlo, el cuerpo reduce el cortisol y libera dopamina, lo que ayuda a aquietar los pensamientos. No nos quedemos inmóviles: el movimiento interrumpe el ciclo mental.
Y, por último, animémonos a tomar decisiones, aun cuando sean imperfectas. Es decir, con un 60 o 70% de certeza. La certeza absoluta no existe; pero decidir con información suficiente nos permite avanzar con calma, porque desarma la ilusión de un control total.
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