
Juan Manuel Fangio, el mejor de todos
Su nombre sigue tan vigente como siempre. Para muchos, fue el mayor deportista argentino. y se hizo desde abajo.
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No hay lugar para las dudas. Ni siquiera para las vacilaciones. El tampoco vacilaba. Ni cuando tomaba una curva a 300 por hora ni cuando decidía terminar su carrera porque era hora de volver a ver a su madre. Antes de que su madre muriera, sin volver a verlo... Fue de no esquivar ninguno de los cursos del conocimiento. Intuitivamente elegía las materias del sacrificio y la obstinación para apoyarse. Arrancaba por el taller de campo ocupándose desde barrer el piso de tierra con la impasible escoba de paja hasta lavar las piezas en el abollado tacho de nafta que se añejaba para siempre. Y sus manos se hacían amigas de las frías herramientas que de a poco le contarían sus secretos.
Las llaves, los filtros, las tuercas y tornillos, el chicleaur... Todo pasaba por su mirada azul, desentrañando los secretos de cada sistema. Memorizaba los funcionamientos de a poco. Cultivaría su oído, aprendiendo a diferenciar los problemas por sus ruidos, hasta que aquellos fierros y sus líquidos le fueran confidentes. Y cuando la tarde del domingo se algodonaba perezosa, a sus anchas en el solitario taller disfrutaba del sublime momento para poner en marcha el automóvil que pudiera dormir bajo techo. Lo hacía rodar marcha atrás. Un camino de dos, tres metros, apenas. Y vuelta a colocarlo como antes. Así, una vez y otra. Y otra más.
Ya muchacho, cuando sus amigos sin necesidad de acordarlo lo sentían corredor, llegaban las primeras febriles convocatorias con un taxímetro hecho coche de carrera para las ansias temblorosas de gusto, porque se sentían capaces de competir.
A su alrededor, un plácido discurrir de la vida en aquella ciudad de Balcarce que no se atropellaba nunca aunque fuera tumultuoso su crecimiento.
Los sucesivos episodios se ordenarían con idéntico esmero. Con solidaridad de los amigos, la colecta. El primer auto propio, que era ajeno porque lo debía a las voluntades de quienes lo intuían grande y quisieron que lo corriera. Guardaba aquella lista de socorro con el mayor cuidado. Todo lo iría marcando en el reloj de su tiempo, una disciplina que enriquecía con fervor y entrega. Y sería protagonista desde el arranque, sin mostrar impaciencia. Primero, lo veían los caminos entreteniendo sus esperas de distancias inacabables, cuando con el pretexto de correr, aquellos hombres colonizaban el país, impartiendo una constante lección en la que se alineaban historia y geografía con el valor agregado de la conducta. Detrás de cada piloto alentaba una peña, un pueblo, una ciudad.

El estrechaba filas con los hermanos Gálvez, los pitucos de Palermo , acoplándose con la exactitud de la mejor junta, a la seriedad ejemplar del indio rubio de Zapala , Kruuse; la dignidad custodiada desde Junín por Marcilla; la simpleza cuyana aportada por la sonrisa buena de Yarza; la intuitiva universidad técnica de Supicci Sedes y hasta los pulmones agrietados del barcelonés Mingo Marimón, de Campana por comodidad y ciudadano ejemplar de la apacible Cosquín junto a la inalcanzable velocidad del disparador Risatti. Y muchos más. Muchísimos.
Generaciones con hambre de camino. Con sangre de cien octanos urgida por una adrenalina impaciente que perseguía otros horizontes. Es que aun siendo grande la patria, no alcanzaba para la dimensión de estos gigantes buenos de mamelucos almidonados por la tierra, la grasa y el aceite, que unirían las tres Américas. Una argamasa sólida para una historia nueva que apenas tiene medio siglo de joven, todavía.
Fangio creía que se podía hacer más. Siempre pensaba en más. En alguna temporada internacional que la Argentina sabía hacer, construyendo en un par de meses lo que a la vieja Europa le costaba un año, se sentaba en una máquina especial. Un sangre pura de carrera. Entonces emparentaría su paisano acento con la roja Maserati. Después se atrevería con la fatigada Alfetta, rescatada de viejos graneros de campo, y pretendía ser piloto de la noble casa Alfa Romeo.
Y seguía creciendo. Seducía a la exquisita mecánica de Mercedes, mostrándole al mundo que Alemania recuperaba el plano de la confiabilidad técnica para emparentar más adelante su genio con el genio del mítico Ferrari hasta volver a ser escudero de Maserati. Y le brindaba al mundo la mejor carrera de todos los tiempos conduciendo como un alienado por las 182 curvas del viejo Nürburgring que se le entregaba como nunca antes. Como a nadie después...
Un luminoso domingo de julio de 1958 -después velado por la muerte indiferente que mecía a la campiña francesa- abandonaría aquel mundo voraz al que había llegado diez años antes con la esperanza de ganar una carrera, al menos. Tenía cinco títulos del mundo en el bolsillo.
Unicamente cosechaba amigos en todas las lenguas, como antes lo había hecho en el país. Distribuiría conducta, despertando respeto. Sin alejarse jamás del automóvil, al que besaba siempre agradecido, pasaba a ser un ciudadano ejemplar de la comunidad hasta que otro hermoso día les devolvía a las gentes del primer auto mucho más de lo que había recibido. Lo hacía inaugurando en Balcarce, la casa grande que se orienta hacia el noroeste de sus campos de chico, a sólo nueve cuadras de la casa paterna. Un museo en el que depositaba todo lo que había ganado y más, porque agregaba cuanto se le seguía regalando. Que nunca quiso nada para sí.
En eso estaba cuando, distraído, cerraba los ojos para siempre. Una paradoja: los abría definitivamente a la gloria de la eternidad.
Si todo se limitara a ganar, la cosa hubiera sido mucho más que simple. Pero no. Ganar no le resultaba muy difícil porque lo hacía tan seguido que transformaba la victoria en una deliciosa costumbre que, a 50 años de instalada en las estadísticas, conmueve... Es, desde entonces, un timbre de honor. Una guía. Un ejemplo.

Es un sello de distinción que sigue siendo perseguido -como meta- por todos los hombres del mundo que corren. Es hasta un objeto de peregrinación para los muchachos y los chicos que lo reconocen en sus trofeos, sus autos y sus copas y que lo buscan con desenfadado respeto. Porque ellos quieren saberlo todo de ese hombre que agotó los adjetivos de los críticos especializados de las últimas generaciones; un ser privilegiado que dominó al tiempo entrando a la leyenda en vida como si tal cosa. Es el ejemplo de mayor humildad, conducta y perseverancia que nos enorgullece porque supo demostrar que la condición humana es una virtud que no se comercia ni se envilece cuando la sostienen la convicción, el amor propio y la serenidad.
Y ahí está. Sonriendo suavemente. Como sin advertir que es el mejor de todos, el maestro.
En el deporte. En la vida. Penetrará en el siglo nuevo con su paso medido, su palabra campesina, aquella mano derecha cálida extendida a la altura de su frente despejada, mirándolo todo con sus ojos azules iguales a los de su padre. Su orgullo. Y se lo seguirá admirando.
Es que recordándolo, él continuará enseñando siempre.
Texto: Alfredo Parga Fotos: AP
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