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Nació enfermo; lo abandonaron en un basural de Lanús; aconsejaron la eutanasia pero una corazonada cambió su destino

Cuando lo rescató, los médicos advirtieron que nunca podría caminar ni alimentarse por sus medios; pero ella no estaba dispuesta a bajar los brazos y pelearon juntos para salir adelante.

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Apenas movía la cabeza. Estaba sucio, escuálido, lleno de pulgas y garrapatas y una panza inflamada que sobresalía de su pequeño y débil cuerpo y delataba una parasitosis extrema. Hacía poco su madre lo había dado a luz junto a un hermano en una casa humilde, en las zonas aledañas al cementerio de la ciudad de Lanús, cabecera del partido homónimo, dentro del Gran Buenos Aires.

Quizás por ignorancia, por desconocimiento, falta de empatía o simplemente por costumbre, la familia a cargo no quiso hacerse responsable de la “suerte” con la que habían nacido los cachorros. En cuanto la perra los destetó, fue evidente que los animales habían nacido enfermos y prácticamente no podían moverse por sus propios medios. Iba a ser necesario alimentarlos en la boca y ocuparse de una serie de necesidades básicas para que sobrevivieran. Pero no estuvieron dispuestos a hacerlo. Y, así, en esas condiciones, se deshicieron de los animales y los abandonaron en un basural.

Peque Gulli con su amigo el gato Pendenciero.
Peque Gulli con su amigo el gato Pendenciero.

Cuando la muerte espera silenciosa

Mónica Pavesio, una rescatista de la zona, recibió el llamado de alerta y se dirigió sin perder el tiempo al lugar. Sin embargo, cuando llegó ya era tarde para uno de los cachorros. Había dejado de respirar, en tanto que el otro, desesperado por vivir, lloraba y llamaba a su madre.

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“Lo llevé enseguida a la veterinaria y allí empezaron una serie de estudios, análisis de sangre, tomografías, resonancias, ecografías y, para completar el panorama, un anuncio inesperado. El cachorro tenía el cerebro afectado. Una parte del órgano no se había desarrollado y, por el resto de su vida, debería convivir con ciertos movimientos anormales. Tampoco iba a poder controlar esfínteres, pararse, caminar ni comer o tomar agua por sus medios”. Su sobrevida iba a ser definitivamente corta. Por eso varios especialistas consideraron la eutanasia como una salvación a su sufrimiento.

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Pero algo le hizo ruido a la mujer que hace más de 30 años dedica su tiempo, recursos y energía a los animales desfavorecidos. Con años de experiencia en rescates y rehabilitación de animales en situación de calle, sintió que debía confiar en su instinto.

Cuando pregunté si por sufrimiento se referían al malestar físico, los médicos me manifestaron que no. Según ellos, iba a ser un sufrimiento para el cachorro no poder ser como el resto de los perros. Y en ese momento me convencí de que estaban equivocados. Los animales no sufren por ser diferentes. Entre ellos no se marcan con burlas, ironías ni palabras malintencionadas. Así que ese mismo día decidí que con ese pequeño ser enorme de cuatro patas, al que llamé Peque Gulli, íbamos a dar pelea”.

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Un cachorro lleno de ganas de vivir

El cachorro comenzó con una rehabilitación. Visitó a diferentes especialistas, hizo terapia neural y se puso en manos de todo tipo de médicos, tanto alópatas como homeópatas. Hasta que, un buen día, y contra todos los pronósticos, Peque Gulli comenzó a comer y tomar agua solito. Eso no fue todo. Se las ingenió para rodar cada vez que quería moverse, controlar relativamente esfínteres y a demostrar que, para ser feliz, no necesitaba más que un espacio seguro y amigos que lo quisieran.

Pasaron más de cinco años desde que Mónica -que atiende, alimenta, cura, castra y da en adopción a más de 170 perros y gatos rescatados- lo encontró en aquel basural de Lanús, echado a su suerte. Hoy Peque Gulli sigue dando batalla a la vida: cumple con sus limpiezas diarias, se deja aplicar cremas y talcos y baños profesionales cada quince días evita que su piel se escare y se ulcere. “Todos esos cuidados, hacen que lleve una vida feliz a pesar de las diferencias físicas con sus pares. Peque Gulli es el ejemplo vivo y real de que la felicidad va por otro lado. Solo hay que saber encontrarla”.

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Peque Gulli está en adopción responsable y todos los que se involucraron en su recuperación esperan que ese día llegue pronto. Se puede colaborar con la tarea de Mónica Pavesio a través de donaciones de dinero o insumos en este link.

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