Guita, mango, biyuya, tarasca: dónde se originan las palabras que usa el lunfardo para nombrar al dinero
En la singular jerga de los argentinos, que nació marginal y hoy es parte de la cultura, existen distintas maneras de referirse a la plata, cada una con una historia distinta
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“El dinero no es todo, ¡pero cómo ayuda!“, dice, con razón, una canción de Los Auténticos decadentes. El llamado ‘vil metal’ mueve al mundo. Quizás por ello es que, a lo largo de los tiempos, este objeto utilizado como bien de cambio ha recibido diversos nombres.
En la Argentina, con nuestros pesos, ocurre lo mismo. Aquí, las múltiples formas en que se han bautizado las monedas y billetes está asociado con ese particular vocabulario criollo conocido como lunfardo. Si bien muchas de estas palabras no forman parte del vocabulario formal o “culto”, ya están instaladas en el lenguaje cotidiano de los argentinos.
El lunfardo nació en los suburbios y en los ámbitos carcelarios porteños al calor de la gran inmigración europea que llegó a nuestras costas a fines del siglo XIX y principios del XX. Marginal en sus comienzos, este argot desarrolló una gran cantidad de términos -unos 5000- para mencionar cosas, objetos o personas. Y el dinero no podía ser la excepción.
Uno de los términos más utilizados popularmente para nombrar este bien tan preciado es guita. “Con guita cualquier gil es vivo”, declamaba Julio Sosa en “Pa’que sepan como soy”, de 1951.
Pero el origen de este vocablo se habría producido mucho antes de este tango. Vendría de vitta palabra en latín para nombrar una cinta o venda. Siguiendo con la etimología textil, en España se llamó guita a una cuerda fina de cáñamo o un cordón.
Resulta que con esta especie de cordel se ataban los fajos de billetes, o bien, se cerraban las bolsas que contenían plata. De ahí, la palabra habría pasado de ser lo que contiene el efectivo al efectivo en sí.
Otros estudiosos del lunfardo deducen cómo fue que el vocablo puede haber pasado del cordel al billete. Se cree que esto se dio cuando alguien pedía al dueño de la bolsa con el dinero: “aflojá la guita”, como para que este tuviera a bien sacar algunos pesos de allí adentro.

Otro de los términos que se utilizan en este país para referirse a la plata es el mango. Ya Tita Merello popularizaba en la década del 60 una ranchera en la que preguntaba: “¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?“. Daba cuenta con esto de que la palabra estaba instalada en el habla popular, sin necesidad de explicación alguna. Es más, esa canción fue estrenada mucho antes, en el año 1933.
Y previamente ya existía el tango “Yira, yira”, del año 1929, escrito por Enrique Santos Discépolo en el que el poeta porteño sentencia: “cuando rajés los tamangos, buscando ese mango que te haga morfar”.

En el caso de mango, que se utiliza para hablar del dinero en general o de la unidad monetaria -“No tengo un mango”-, su origen es un tanto difuso. Algunos autores señalan que es una abreviación de marengo, palabra utilizada para referirse a los pesos en la Buenos Aires de fines del siglo pasado.
El término marengo aparece en Memorias de un vigilante, libro de 1897, cuyo autor es José Sixto Álvarez, más conocido como Fray Mocho, un periodista y escritor que conocía y retrataba muy bien el habla del arrabal. De apocopar esta palabra, nació el mango.
Otra de las teorías señalan que este vocablo surgió por un fenómeno presente en el lunfardo que es el uso metafórico de una palabra o el desplazamiento de su sentido. El mango o asa que tienen ciertos utensilios de cocina pasó, de alguna manera, a designar a los pesos, sin que exista en principio una relación directa entre ambos significados.

Aunque también es verdad que “no tener un mango” puede sugerir que no se tiene ningún lugar de dónde agarrarse. Por eso, hay que aprender a cuidar el mango.
Otra de las maneras de llamar al dinero, posiblemente la más simpática, es biyuya. En el diccionario del lunfardo de José Gobello y Marcelo Olivieri -un clásico de la materia- se dice que es un término de origen piamontés (bigeuia), traído a Buenos Aires por los inmigrantes del norte de Italia.
Otra de las explicaciones indican que el término podría ser una deformación de bijou, vocablo de origen francés para referirse a una joya o una alhaja, algo evidentemente valioso.
Tarasca, otra manera lunfarda de decir dinero, podría venir de un monstruo, mezcla de pez y de oso, que vivía en el sur de Francia y que tenía una boca enorme que llenaba de pavor a los pobladores.

Según la tradición medieval, esta bestia feroz fue domada por Santa Marta de Betania, apenas con una cruz de madera y unas gotas de agua bendita. El nombre de la criatura domesticada, así como su historia, pasaron a España, donde el término tarasca fue utilizado como sinónimo de voraz o codicioso.
Así llegó al Río de la Plata, donde se convirtió en una palabra muy difundida para hablar de la plata. No hace falta traducción para cuando se dice, por ejemplo: “ese tipo tiene toda la tarasca”
Otro vocablo que expresa lo que es el dinero en el lenguaje propio del río de la Plata es mosca. Una explicación popular dice que, tal como ocurre con ese insecto alado, el dinero también se vuela y es difícil de atrapar.

Además de todos los mencionados, se pueden añadir las siguientes palabras para referirse al dinero: teca, vento, papota, morlacos, parné, tela, lana, pasta y cobre.
También el lunfardo encontró la manera de diferenciar a las distintas cantidades de dinero. Una gamba son 100 pesos. Una luca son mil. Y un palo, un millón.
Siguiendo esta lógica, un palo verde hace referencia a un millón de dólares. Porque la moneda estadounidense, esa pasión argentina, tampoco ha escapado a las redes del lunfardo. Verde, lechuga, verdolaga, toda referencia a su color vale a la hora de mencionarlos.
No importa para esto que sean cara grande o cara chica. Lo que importa es que sean crocantes.
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