Las aventuras del argentino que está dejando su marca en el béisbol norteamericano: “El primer mes nos morimos de frío”
Se convirtió en una figura clave como argentino dirigiendo un equipo de béisbol en Estados Unidos: los Astros de Houston y hoy es un puente para muchos jóvenes locales que obtienen becas de estudio en universidades americanas
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En 1839, en un campo abierto de Cooperstown, Nueva York, un grupo de jóvenes improvisó un juego que parecía mezcla de críquet y rounders. Nadie sospechaba que ese pasatiempo se convertiría en el deporte que mejor reflejaría la paciencia, la estrategia y la obsesión de los Estados Unidos por el detalle. El béisbol nació con la calma de lo eterno: largas pausas, reglas precisas y la certeza de que el triunfo no es instantáneo, sino fruto de la acumulación de intentos. En cada lanzamiento, en cada espera al borde de la base, late una metáfora de la vida misma.
Miles de kilómetros al sur, en el barrio porteño de Versalles, un niño argentino comenzaba a intuir que ese lenguaje extraño también podía ser el suyo. Marcelo Alfonsín creció en una familia que lo abrazaba con cariño y simpleza. Sus padres, Carlos y Viviana, y su hermana menor, Maribel, lo vieron pasar tardes enteras en el polideportivo de Vélez Sarsfield. Siempre fue amante de los deportes. Soñaba con la primera de Racing, pero también, curiosamente, con el béisbol en los New York Yankees. Se dedicó fuerte al deporte en Vélez. “Ahí practiqué básquet, tenis, fútbol, taekwondo y natación -cuenta-. Pero cuando empecé béisbol a los nueve años, me enamoré del juego. La mezcla de estrategia y habilidad me atrapó. También la sensación de estar en un grupo que daba sus primeros pasos. Me sentí parte del inicio de algo”.

“A los 30 me di cuenta de que lo que más me gustaba era estar en el club”
Sus sueños infantiles parecían imposibles, pero la imaginación no conoce límites. “Tenía la fantasía de ser el primer jugador profesional de béisbol y de fútbol al mismo tiempo”, asevera. Esa ambición lo acompañó en una adolescencia convulsionada. El cambio a un colegio lejos de casa le dificultaba llegar a tiempo a los entrenamientos, y la falta de práctica minaba su rendimiento. “Sentía que no estaba a la altura de mis compañeros -reconoce-. Me terminé distanciando del deporte hasta que lo retomé cuando terminé la universidad”.
El regreso fue con un compromiso inusual. A los 25 años tomó la dirección de la categoría U18 de Vélez, de manera voluntaria y en su tiempo libre. Mientras tanto trabajaba en una empresa de telecomunicaciones norteamericana, que le daba estabilidad, pero no alegría. “A los 30 me di cuenta de que lo que más me gustaba era estar en el club, ayudar a los jugadores a cumplir sus objetivos, competir. Renuncié, Vélez me contrató como profesor y me dediqué tiempo completo a lo que amaba” dice. Su pasión pronto lo llevó a colaborar en los seleccionados metropolitanos y luego en la Selección Nacional, primero en juveniles y finalmente en la Mayor. Era el trampolín a su primera oportunidad internacional.

La pandemia irrumpió como un corte abrupto. Marcelo, aislado en un departamento en mal estado cuyo dueño se negaba a reparar, sentía que el futuro se desmoronaba. “No podía entrenar a mis jugadores -recuerda-, entonces armaba rutinas para que trabajaran en sus casas. Organizaba zooms y reuniones, mientras yo mismo me capacitaba. Pero la incertidumbre era total”. En medio de esa niebla, apareció una pregunta que cambiaría su destino. Kyle Boddy, director de pitcheo de los Cincinnati Reds, le ofreció postularse a un cargo en República Dominicana. No quedó seleccionado, pero la puerta ya estaba abierta. “Entendí que tal vez otro equipo pudiera contratarme -reconoce-. Apliqué a varios y me contrataron los Astros de Houston”.
El juego largo de la vida
La primera escala fue en República Dominicana. Allí vivió tres años, primero solo, después acompañado por su esposa y sus dos perros. “El primer año lo pasé en el complejo del equipo -relata-. Después nos instalamos en Juan Dolio, un lugar con playas tranquilas y restaurantes increíbles. La mayoría de los entrenadores extranjeros elige ese sitio por la paz y la cercanía al mar”. Sin embargo, no todo era idílico. El idioma y los modismos le jugaban malas pasadas. “Tenía que repetir todo tres veces porque no se me entendía -cuenta-. Tuve que dejar de decir ‘vos’ y usar ‘tú’, o cambiar la forma de pronunciar palabras simples como pollo. También el tránsito era un caos. Manejar en Dominicana exige una concentración extrema”.

En Estados Unidos, la adaptación tomó otros matices. Su primer destino fue Carolina del Norte, donde trabajó con los Carolina Mudcats. “Me gustó mucho -explica-. Tiene parques, bosques, ciudades lindas para visitar. Con mi esposa recorrimos Charleston, entre otros lugares. Sentí que era un entorno sano”. Luego llegó Appleton, Wisconsin, donde la temperatura los sorprendió de inmediato. “El primer mes nos morimos de frío -afirma-, había nieve cuando llegamos. Pero también descubrimos la naturaleza en su máxima expresión. Ver ciervos o patos en una caminata era sorprendente para alguien que creció en Capital Federal”.
Su presente en Houston es tan exigente como estimulante. “Durante la temporada jugamos 130 partidos en cinco meses -añade-. Los lunes son los únicos días libres. Los partidos empiezan a las siete de la tarde, pero antes del mediodía ya estoy en el estadio trabajando. El día se divide entre el desarrollo de los jugadores y la preparación precompetitiva. En las instancias menores la prioridad es que los chicos lleguen a Grandes Ligas. Practicamos todos los días con ese objetivo”. El desafío es doble: formar talentos y, al mismo tiempo, ganar partidos para una hinchada que paga su entrada con expectativas de gloria.
“No hay día que no extrañe algo de Argentina”
La rutina intensa se mezcla con la fragilidad del trabajo deportivo. “En este ambiente lo que mandan son los resultados -reflexiona-. Los contratos son anuales y nadie te garantiza la continuidad. Además, cada temporada podés terminar en otro estado, en otra ciudad, en otro clima. Esa falta de estabilidad por momentos es difícil”.

La familia y los afectos en Argentina pesan en el corazón. Sus hijos viven y estudian en Buenos Aires, el mismo sitio donde está su club y sus amigos. “No hay día que no extrañe algo de Argentina -reconoce-. Generalmente es la gente, los afectos, la comida. Lo ideal sería tener estas oportunidades allá, pero entiendo que es muy difícil”.
La vida lejos del país también le dio aprendizajes que hoy comparte con quienes sueñan con emigrar. “Lo primero es llegar con un trabajo -recomienda-. El visado es mucho más simple si un empleador presenta los papeles. Después hay que investigar bien a dónde vivir. Estados Unidos es enorme y cada ciudad es distinta. Y, por supuesto, hay que saber inglés. Sin idioma es muy difícil integrarse. La buena noticia es que casi todas las bibliotecas públicas ofrecen cursos gratuitos”.
Cuando lo visitan, Marcelo recomienda dejar de lado los circuitos tradicionales. Prefiere mostrar parques nacionales, cervecerías locales, ferias de fin de semana y los estadios de Grandes Ligas, que considera “el alma de cada ciudad”. Cada uno tiene identidad propia y explica algo esencial de su comunidad.
Mirando hacia adelante, Marcelo no planifica demasiado. Prefiere dejar que el juego largo se desarrolle. “Cuando renuncié a mi trabajo -indica-, mi objetivo era dedicarme a lo que me gustaba, y una cosa llevó a la otra. Ojalá el futuro me encuentre con más responsabilidades, pero mientras tanto trato de salir todos los días a ayudar a mis jugadores a cumplir su sueño”. En lo personal, confiesa un deseo profundo: “sueño con volver a vestir la celeste y blanca -añora-. Ojalá Argentina tenga otra chance de clasificar al Clásico Mundial de Béisbol y me toque estar presente cuando eso pase”.

Como aquel grupo que en 1839 improvisó un partido en un campo de Nueva York, Marcelo Alfonsín demuestra que los comienzos sencillos pueden transformarse en destinos insospechados. Desde un polideportivo de Versalles hasta los Astros de Houston, su historia es la prueba de que el béisbol también puede escribirse en castellano. “Cada vez que miro un partido pienso que este es mi lugar -concluye-. Lo soñé así y ahora lo estoy viviendo”.
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