A lo largo de 35 años, ocho remodelaciones acompañaron el crecimiento de la familia y el éxito de sus obras
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“Hicimos la casa en 1991, pero era una mínima parte de lo que es hoy”, nos cuenta la ceramista Ángeles Castro Corbat, desde su taller en Tortuguitas. Es el mismo que tuvo durante casi dos décadas pegado a su casa hasta que compraron el terreno lindero, lo que le permitió seguir estando cerca del trabajo, pero con entrada independiente. Después de 35 años (y de ocho remodelaciones que fue haciendo por su cuenta a medida que crecía la familia), llamó a la arquitecta Mariana Battro para una última actualización: pasar su dormitorio a la planta baja. “Mariana tiene una capacidad para entender por dónde hay que ir que nos dejó encantados”.

Ángeles quedó cautivada por la cerámica desde chica, cuando su madre la mandaba a ella y a sus hermanas a tomar clases los sábados. “Empecé cerámica a los 6 años y me enganchó desde el primer momento. Salvo un año que me llevé todas las materias en la secundaria y no me dejaron ir, no tengo recuerdo de no haber hecho cerámica. Es una pasión que va más allá de mí”. Tanto así que contagió a su familia, que siempre estuvo vinculada a este taller: su hermana Inés trabajó con ella durante décadas; en algún momento pasó por acá su hijo Tobías; ahora está Miguel Pérez Cobo, su marido, y Miranda y Maite, motores de la nueva generación.

“No entiendo la expresión: ‘No voy a poner colores fuertes por si me canso’. Yo me identifico ciento por ciento con el color; siempre me despierta una emoción distinta”.

“Vi esta frase hace mil años en Pinamar. Cuando hicimos la casa, la pinté en esta misma pared y después de cada remodelación la vuelvo a escribir. Por más estilos o cosas que cambie, tengo que encontrarle el lugar: es como el código de entrada a la casa”.

“Como en mi familia somos todos muy del hacer, hay cosas que van apareciendo sin buscarlas. O son heredadas. Nada está hecho con la ansiedad de tener todo perfecto en un día”.

La galería lograda
La ampliación les permitió ganar más de 45m2, que sumaron al jardín y la galería. “Fue un cambio enorme: pasamos de un espacio mínimo a uno gigante con la parrilla bajo techo. Todos los días agradezco tener ese lugar”.





“Adelante, dejamos una sala que usamos como segundo living. Antes, si los varones estaban mirando fútbol, con las chicas nos quedábamos en la cocina; ahora usamos este ambiente más íntimo”.
Escaleras arriba
Arriba quedaron los tres cuartos de los hijos, aunque ya no vivan acá. Hoy visitamos lo que era el cuarto de Maite.


Camino al taller
Entre cerámicas y plantas, lo que hoy es la galería del taller antes era el espacio que utilizaba para dar clases. Por allí ingresan cada semana clientes de diferentes puntos del país que van a visitarla en busca de sus artesanías.


“El proceso creativo con las chicas se da de una forma muy espontánea; es un diálogo muy fácil porque, como yo nunca dejé de trabajar, siempre estuvieron orbitando el taller. En el hacer con el producto, vamos descubriendo nuevas formas y diseños”, comparte, feliz.

“Mis hijos estuvieron vinculados al taller desde siempre: fuera porque eran chiquitos y yo iba y venía, como vendedores los fines de semana o dando clases al grupo de niños”.



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